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¿Bancarrota de agua?
En la discusión sobran los diagnósticos tremendistas pero escasean análisis y propuestas de política pública
Gabriel Quadri de la Torre | Verde en serio
En días recientes la ONU publicó un reporte declarando la “Bancarrota Hídrica” en el planeta, en otra admonición apocalíptica. Despilfarramos los “ingresos”, o escurrimientos de ríos y precipitaciones, y agotamos los activos almacenados durante miles de años en acuíferos subterráneos. México es un trágico botón de muestra. Los lagos se encogen (Pátzcuaro, Chapala) y se azolvan (Cuitzeo). Lagunas con biodiversidad única son desecadas (Mayrán, Cuatro Ciénegas). Hay una intrusión salina del agua de mar por sobreexplotación de acuíferos (Ensenada, Valle de Guadalupe, Mexicali, Hermosillo, Yucatán). Ecosistemas riparios y manglares se destruyen (Tabasco, granjas camaroneras de Sinaloa, Quintana Roo). Las cuencas se deforestan. Los cauces de los ríos se convierten en pestilentes cloacas saturadas de basura (Lerma, Atoyac). Más de 115 acuíferos subterráneos en México están sobrexplotados; el agua se extrae cada vez a mayor profundidad consumiéndose más energía eléctrica, y se envenena con arsénico presente en las rocas del subsuelo. La agricultura de riego consume más del 75% del total del agua utilizada en México, y se ve amenazada, o severamente restringida por escasez de agua superficial y agotamiento de acuíferos. Muchas ciudades sufren penurias de agua, mientras se desperdicia un volumen de escándalo en la agricultura, y en redes de distribución. Se contaminan los cuerpos de agua por ausencia de sistemas eficientes de tratamiento de aguas residuales, lo que los inutiliza. Muchas especies y ecosistemas desaparecen por contaminación o falta de suministro de agua, o son eliminados expresamente para actividades agrícolas o infraestructura. El norte del país sufre de una sequía secular.
Casi todas estas tragedias, sin embargo, no son inevitables, son autoinfligidas. Es curioso que en la discusión nacional e internacional sobre el agua sobren los diagnósticos tremendistas, como este, de la ONU, pero escaseen, igual que el agua misma, análisis y propuestas de política pública. No se debe hablar del “agua” en general y en abstracto como catástrofe inapelable, sino por sectores económicos, ciudades y regiones. Un recurso escaso y valioso que no se cobra, por definición, se deteriora y agota. Las crisis del agua tienen casi todas soluciones económicas, institucionales y tecnológicas. El agua en su estado natural es un bien público por excelencia, mientras que los sistemas de captación, distribución y tratamiento son monopolios naturales. Bienes públicos y monopolios naturales se gestionan con regulación del Estado, derechos de propiedad, inversión pública, alianzas público-privadas, precios y tarifas que reflejen costos marginales, subsidios transparentes y focalizados (en su caso), aplicación de la ley y vigilancia, información, y desarrollo tecnológico (ahí está el éxito palmario de Israel). El riego no puede seguir siendo con agua rodada y por inundación. Tanto el agua superficial como subterránea debe cobrarse por metro cúbico a agricultores, y aplicarse una ambiciosa política de tecnificación del riego. Deben permitirse y fomentarse los mercados de agua y el intercambio entre concesionarios y entre sectores, por ejemplo, transfiriendo agua de la agricultura a la industria o al uso urbano. El agua como recurso escaso, debe ser asignada a las actividades de mayor valor económico y social, incluyendo usos ecológicos en ecosistemas acuáticos. En las ciudades debe cobrarse cubriendo los costos de inversión, operación y mantenimiento, incluyendo abastecimiento de agua en bloque, potabilización, distribución, drenaje y tratamiento de aguas residuales. Debe desalarse el agua de mar o tratarse el agua residual urbana para el riego de cultivos de alto valor (viñedos, hortalizas, frutales, soya, sorgo, trigo). Los pobres deben ser subsidiados de manera transparente, focalizada y directa.
En casos extremos debe desarrollarse infraestructura de trasvase entre cuencas, y desalación a gran escala de agua de mar por ósmosis inversa, así como acueductos a grandes distancias con participación de inversión privada. La electricidad para desalación y bombeo debe generarse con fuentes limpias y energía nuclear. Es preciso eliminar los perversos subsidios para electricidad consumida en bombeo agrícola de aguas subterráneas, y establecerse un sistema de monitoreo remoto de extracciones, vigilancia y cumplimiento de la ley. Es indispensable fijar topes estrictos a la extracción de acuíferos subterráneos para asegurar su conservación, y crearse un sistema de mercado para su asignación (Cap and Trade). Los agricultores que no puedan pagar el agua o tecnificarse deben cambiar de cultivos, dedicarse a otra cosa, o emigrar. Es irracional subsidiar o permitir el derroche del agua sólo para mantener una agricultura improductiva e insostenible. Deben limitarse severamente concesiones y asignaciones en función de la capacidad de cada cuenca, y darse certeza jurídica con incentivos al ahorro, y con base en un registro moderno y universal de derechos y transacciones y bancos de agua. Debe regularse estrictamente a los organismos operadores municipales, en materia de tarifas, eficiencia física y operativa, recuperación de costos, administración, planes a mediano y largo plazo, cobertura, y tratamiento y reuso de aguas residuales. Deben ser sancionados los municipios que no cumplan. Y, es necesario “importar” agua a través de productos agrícolas cuyo cultivo en México resulte hídricamente inviable. Por aquí va el camino, aunque políticamente pueda parecer impracticable.