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Amado Nervo: poeta sin aeropuerto
Amado Nervo, grabado de la artista nayarita Aidé Partida
Han pasado más de 150 años de su aniversario y a pesar de que juraba no lo convencían los “versos brillantes ni las ideas nuevas”, que él “como los pueblos venturosos y las mujeres honradas” no tenía historia, de haber sido llamado el Poeta mexicano por antonomasia, enfrenta hoy un gravísimo desaire.
Metódico hombre de letras, uno de los más inspirados creadores de la literatura hispanoamericana, responsable de reconstruir nuestro vocabulario desde el siglo que nació la patria y de cincelar el lenguaje hasta alcanzar su propio estilo, Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo y Ordaz, mejor conocido como Amado Nervo, emprendió el vuelo de su vida sirviéndose de pluma y papel hasta alcanzar alturas increíbles.
Para comprender su origen y dimensión en la Historia de la Literatura, lector querido, basta consultar alguna de sus dos autobiografías. En una de ellas escribe:
"Nací en Tepic, pequeña ciudad de la costa del Pacífico, el 27 de agosto de 1870. Mi apellido es Ruiz de Nervo; mi padre lo modificó, encogiéndolo. Se llamaba Amado y tomé su nombre. Resulté, pues, Amado Nervo, y, esto que parecía seudónimo – así lo creyeron muchos en América –, y que en todo caso era raro, me valió quizá no poco para mi fortuna literaria. ¡Quién sabe cuál habría sido mi suerte con el Ruiz de Nervo ancestral, o si me hubiera llamado Pérez y Pérez!".
En la otra, nos regala más detalle:
"Soy descendiente de una vieja familia española que se estableció en San Blas a principios del siglo pasado. Hice mi instrucción primaria en las modestas escuelas de mi ciudad natal; muerto mi padre cuando yo tenía nueve años, mi madre me envió a un Colegio de padres romanos, al de Jacona, en Michoacán, que entonces gozaba de cierta fama. En este colegio y después en el seminario de Zamora, hice mis estudios preparatorios, empezando, naturalmente, por el latín. Quise seguir la carrera de abogado y estudié dos años. Después, buscando mejor destino, marché a Mazatlán, donde escribí en el Correo de la Tarde mis primeros artículos. Más tarde me dirigí a la capital (en 1894) y ahí con los esfuerzos y penalidades consiguientes, logré abrirme camino".
Las penalidades terminaron pronto. Nervo, siguió ejerciendo el periodismo, departiendo con colegas como Rubén Darío, publicando en la Revista Azul, fundando la Revista Moderna y practicando, no sólo a componer versos sino también ensayos y obras en prosa.
Durante su estancia en París, enviado como corresponsal de El Mundo, en el señero año de 1900, Nervo comenzó a empaparse de la otredad, las propuestas de las vanguardias que transitaban de un siglo a otro y a construir por escrito una historia conjetural de los tiempos modernos. Con espíritu agorero decretó la desaparición del automóvil porque “el pésimo estado de nuestros caminos” – y la contaminación que causan – “jamás iban a cambiar”, Vaticinó la aparición del fax en su crónica titulada “El teléfono–telégrafo”, publicó el primer texto mexicano de ciencia ficción titulado “La última guerra” e imaginó a muchachas conversando placenteramente de los muchachos y la moda desde sus aviones.
Nervo resistió los embates de quienes reaccionaron a su éxito. Citándolo lo acusaron de sentimental (Si no te quieren como tú quieres que te quieran, ¿qué importa que te quieran?), de cursi (Ama como puedas, ama a quien puedas, ama todo lo que puedas. No te preocupes de la finalidad de tu amor), de amante de la victimización (Cómo quieres que tan pronto/ olvide el mal que me has hecho, /si cuando me toco el pecho/ la herida me duele más!; de rencoroso (Entre el perdón y el olvido /hay una distancia inmensa; / yo perdonaré la ofensa;/ pero olvidarla.... ¡jamás!) y de haber permanecido toda su vida atormentado por el fatal recuerdo de su amada inmóvil, título de una de sus obras más célebres.
Tras muchos libros publicados, en 1905 ingresó en el servicio diplomático, adscrito a la Legación de México en Madrid. Ejercía como ministro plenipotenciario de México en Argentina y Uruguay en 1919, cuando lo alcanzó la muerte. Una larga, dolorosa y continental travesía de homenaje ocupará las primeras planas de todos los periódicos hasta llegar al último destino: la Rotonda de las Personas Ilustres en la Ciudad de México.
Apenas nos reponíamos de no haber celebrado el 156 aniversario del natalicio del poeta, cuando nos enteramos de que su nombre había sido removido del Aeropuerto Internacional Amado Nervo de Tepic y sustituido – simple y estúpidamente– por el de Aeropuerto Internacional Riviera Nayarit. Decenas de firmantes, encabezados por la directora del Festival Letras de Nayarit, Lorena Elizabeth Hernández, mostraron su indignación y desacuerdo y hoy solicitan a través de una firma en change.org que el nombre de Amado Nervo sea restituido al aeropuerto. Únase usted, le sugiero.
Ya sabemos, lector querido, que nadie elige a qué región volar por el nombre de su aeropuerto. También que la grandeza de Amado Nervo no descansa en empresas, edificios o monumentos. Mucho menos depende de los favores que nos concedan o la cultura que tengan quienes deciden. Es una cuestión de respeto, desagravio y preservar la memoria de un escritor que es patrimonio de nuestras letras.
Y al que muy poco le importaría que le dijeran poeta sin aeropuerto.