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¿Qué hace adictivas las redes sociales?
Jorge Bravo | En comunicación
Demostrar la adicción a las redes sociales es tan sencillo como difícil. Fácil, porque sobran los indicios en la vida diaria. Complejo, porque la adicción no nace de una pantalla. Surge de una mezcla de contexto, hábitos, malestar emocional, presión social y diseño persuasivo.
Culpar a las plataformas es lo más cómodo y sencillo. En su libro “Irresistible”, Adam Alter define las adicciones del comportamiento como conductas que una persona no logra frenar, aunque le den alivio o placer a corto plazo y le provoquen daño a la larga. No es un gusto intenso ni una costumbre. Los adictos no son personas débiles. Se trata de pérdida de control y consecuencias adversas.
Para Alter las tecnologías más absorbentes no es un accidente. Se construyen con seis ingredientes que explotan la psicología humana: objetivos, feedback, progreso, intensificación, suspenso e interacción social. No hace falta mucho esfuerzo para identificar todos esos ingredientes en una red social o videojuego.
“Objetivo” se refiere a conseguir la siguiente reacción. El “feedback” es el like, el comentario, la vista. El “progreso” es la cuenta que crece y el perfil que se vuelve más visible. La “intensificación” ocurre cuando cada vez se necesita más tiempo, más estímulo, más contacto. El “suspenso” vive a la espera de la notificación. La “interacción social” completa el circuito porque nadie quiere quedarse fuera del grupo.
Ahí radica la trampa. La red conecta; también captura. Con el paso del tiempo las redes sociales han afinado sus productos para retener atención, reducir fricción y volver más probable el regreso. Esas estrategias no son negativas en sí mismas, porque muchas industrias (como los bancos) las implementan.
Alter observa que una experiencia digital puede pasar de entretenida a adictiva cuando se diseña para tocar resortes profundos de recompensa y pertenencia. No se trata de moralizar el smartphone, más bien entender que la arquitectura del producto puede empujar a conductas compulsivas.
Pero sería un error convertir toda conducta excesiva en una patología individual. La adicción del comportamiento no florece en el vacío. El contexto importa y mucho. Alter recuerda el caso de los veteranos de la guerra de Vietnam que dejaron atrás su adicción a la heroína cuando abandonaron el entorno que sostenía el consumo. El cambio de escenario rompió el vínculo con la conducta. La memoria de la adicción seguía, pero el detonante desapareció.
Esa lección incomoda a quienes quieren resolver el problema sólo con prohibiciones. A veces la abstinencia funciona. Otras veces el problema regresa con otro rostro si no se modifica el contexto que lo alimenta. Prohibir las redes sociales a los menores es una salida fácil. A menudo la política pública toma ese atajo. Australia fue pionera en exigir a las plataformas a tomar medidas para impedir que menores de 16 años creen o mantengan cuentas. El gobierno aclara que no es una prohibición penal para el menor, sino una restricción sobre el servicio. No ha funcionado.
La Comisión Europea ya tiene listo un enfoque de verificación de edad para proteger a menores en línea, con una app que preserva la identidad. Reino Unido abrió una consulta sobre posibles límites de edad, toques de queda digitales y restricciones a rasgos adictivos como el scroll infinito. En Francia, la Asamblea Nacional respaldó una ley para prohibir el acceso a redes a menores de 15 años. Grecia anunció una medida similar a partir de 2027. España también se ha sumado por limitar el acceso de menores. En América Latina, Costa Rica levantó la mano y propuso el límite en 14 años.
La adicción surge de un malestar real. El Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) documentó que los adolescentes que usan redes sociales más de siete horas al día reportan un bienestar mucho menor que quienes las usan menos de una hora.
Un jurado en Los Ángeles emitió un veredicto contra Meta y Google por diseñar plataformas adictivas y no advertir los riesgos. El caso, centrado en una joven identificada como Kaley, terminó con una condena por negligencia y una indemnización. No se discutió si las redes entretienen. Se debatió si dañan y si ese daño era previsible.
Aun así, conviene no confundir corresponsabilidad con causalidad única. Las plataformas son empresas de su época. Operan en una cultura de acceso temprano a Internet, el smartphone, hiperconexión, ansiedad, fatiga y soledad juvenil. Un adolescente aislado, un padre ausente, un hogar sin reglas, una escuela sin contrapesos y un diseño hecho para no terminar nunca, forman un cóctel peligroso.
La tecnología amplifica, no inventa desde cero. Una política seria no puede limitarse a levantar muros. Tiene que fortalecer espacios, rutinas, horarios, sueño, acompañamiento adulto y alfabetización digital.
La discusión no es redes sí, redes no. Si una plataforma usa los ingredientes de objetivos, feedback, progreso, intensificación, suspenso e interacción social para retener a un usuario, el debate no es sólo tecnológico o regulatorio, también es sanitario y educativo. Las adicciones del comportamiento son el resultado de sistemas que saben dónde tocar en el contexto preciso.
El esfuerzo de la política pública debería dirigirse a reducir el poder del estímulo, cambiar el contexto y devolver margen de decisión a la persona. Las redes sociales no nos obligan, pero el contexto sí empuja. La respuesta pública no tiene por qué ser binaria y maniquea.
Se puede exigir verificación de edad, limitar funciones persuasivas, frenar el diseño que premia la permanencia infinita y reforzar el deber de cuidado. También se debe reconocer que ninguna regulación sustituye la presencia y vigilancia adulta. La mejor política contra una adicción nunca es sólo prohibir. Lo hemos visto con el alcohol, las drogas, el tabaco, el azúcar o la pornografía. Entre más se las prohíbe y sanciona, más se las desea. Lo mismo sucede con los smartphones y las redes sociales.
X: @beltmondi