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Una política fiscal agotada
La hacienda pública contiene tres componentes: gasto de gobierno, deuda pública e impuestos. Entender exclusivamente que las finanzas públicas son sólo impuestos para entregarle dinero a los gobiernos, ha sido un error histórico en nuestro país. La clase política funciona dentro de la dinámica que tratar de obtener la mayor cantidad de recursos de los ciudadanos en la formalidad, sin retribuirles lo mínimo indispensable en términos de seguridad, salud y educación. Lo anterior nos ha llevado a la preocupante realidad de un gasto público creciente e ineficiente, la interminable escalada de programas sociales, el decaimiento de la infraestructura al tiempo que crece la deuda y sólo el 40% de la economía contribuye con impuestos.
En las últimas décadas, los cambios fiscales han sido impulsados únicamente cuando los gobiernos se ven apretados de recursos omitiendo que, por un lado, existe el lado presupuestal en donde se pueden lograr importantes ahorros y, por el otro lado, existe una cantidad considerable de agentes económicos que no aportan a las finanzas públicas que bien pudieran fiscalizarse, acorde a su capacidad. Al final finanzas públicas son un tema político, en ellas juegan los partidos políticos, la agenda electoral y los equilibrios de fuerzas políticas más que el balance contable o el impacto de sus medidas en la economía real. En este contexto podemos deducir que, la política fiscal sugiere el ingresar recursos de parte de unos cuantos, con un gasto público orientado a los intereses político—electorales y una deuda cada vez más abultada. Esta realidad no se ajustó en este gobierno, viene arrastrándose
La caída en la producción de petróleo nos ha llevado de 3 millones de barriles diarios a 1.6 en menos de 20 años lo que ha provocado que los últimos tres gobiernos busquen ingresos por dónde puedan, siempre dejando intocable a la informalidad. Lo anterior se ha hecho más evidente con la desmedida carrera por crear programas sociales en donde los nuevos gobiernos se encargan de aumentar los gastos sociales del anterior. Así, hemos alcanzado un país cuya economía se viene deshidratando bajo la constante lucha entre el Estado y una parte del sector privado que busca una tajada del presupuesto, desplazando a millones de empresarios que sólo quieren tener paz para generar empleos y, una clase media cada vez más agobiada por tener que soportar financieramente al estado.
Las grandes empresas pagan menos de lo que deben; por su condición, clases bajas impedidas a contribuir y, profesionistas y pequeñas empresas, sosteniendo a sus gobiernos cada vez más necesitados de dinero. No obstante, hay que entender que el dinero público no es de los gobernantes sino de los contribuyentes. Hoy día nos encontramos con intereses de la deuda que suman el 16% del presupuesto cuando en el resto de los países de la OCDE es del 4 por ciento. Es claro que con el sistema fiscal que tenemos no estamos en condiciones para hacer frente a los retos en seguridad, salud y educación que ya nos alcanzaron.