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Reflexiones en la búsqueda
Una más y otra… y cinco más que aparecieron “por casualidad” mientras las autoridades “intentaban localizar” a Debanhi. Los cuerpos mutilados de las víctimas de feminicidio que aparecen a diario en el Estado de México, Veracruz, Hidalgo, Monterrey o en cualquier ciudad o poblado del país, son testigos de una impunidad que neutraliza clamores y denuncias.
¿Es que no hay marcha ni grito que alcance para detener la inercia de muerte que está acabando con nuestras esperanzas? ¿Hasta cuándo va a parar? Y lo peor: ¿cual es el futuro de una nación que descuida a sus mujeres al grado de no garantizarles su movilidad y una vida segura?
Estas cuestiones surgen igual en una disertación académica que en las pláticas entre amigas o entre hombres jóvenes, reticentes al machismo de sus antecesores. También en el lamento de los familiares de las víctimas.
¿Cómo le hace un país para tener más de once mujeres muertas en un día? ¿debemos dejar de ir a fiestas, al trabajo, a la universidad y a la primaria para seguir vivas?, arremetía mi hija, ya mayor de edad, en una conversación cercana y dolorosa. La plática se daba justo cuando nos enterábamos del hallazgo del cuerpo de la joven en el fondo de una cisterna, en medio de una carretera solitaria en Nuevo León. Las preguntas y lo ríspido de la noticia me sabían a hiel; nunca había vivido una impotencia similar, me resultaba dramático aceptar el fin del mundo seguro en el que crecí.
Medité la respuesta un poco más de veinticuatro horas para concluir que México adolece de una condición desgarradora: la del desprecio por la vida humana y, por lo tanto, de la integridad y la vida de las mujeres.
Quizá los datos recién expuestos nos sirvan de algo para entender y explicar el feminicidio como una faceta más de la desatención que ha originado la impunidad y que ha devenido en una flagrante ausencia de Estado de Derecho que, según el Secretario general de la ONU, se define como «un principio de gobernanza en el que todas las personas, instituciones y entidades, públicas y privadas, incluido el propio Estado, están sometidas a leyes que se promulgan públicamente, se hacen cumplir por igual y se aplican con independencia, además de ser compatibles con las normas y los principios internacionales de derechos humanos [...]».
La historia confirma que la desaparición del Estado de Derecho vulnera a los más débiles y propicia el retraso de las naciones. Es por esta razón que las mexicanas del siglo XXI nos oponemos a volver a las épocas en que nuestro lugar se entretejía en la invisibilidad, en tanto que una parte significativa de nuestra búsqueda estriba en manifestarnos con equidad y justicia -y esto incluye trabajar, escribir, gobernar, dirigir, educar, crear y todo aquello que se inserte en el quehacer universal-. En este sentido, es urgente que las mujeres que ya acceden a cualquier tipo de poder -que son varias-, respondan por sus iguales.
La lucha por el sufragio de fines del siglo XIX y los logros que determinaron las construcciones feministas del XX nos liberaron del confinamiento físico e intelectual, llevándonos a cuestionar estatutos tan anquilosados como el honor y la familia.
Lo curioso es que los cambios, por más dramáticos que hayan sido y logren ser, no nos relevan del rol de madres, si no todo lo contrario: lo maximizan en un entorno de productividad y en muchos casos, independencia. ¿Será eso lo que causa tanto enojo?
Es muy posible que la impaciencia y el odio que atizan el crimen, obdezcan a la avasalladora posibilidad del éxito femenino. Lo desdichado de este escenario es lo vertiginoso de su avance. En 2015, eran entre 6 y 7 las víctimas de feminicidio cada día. En 2022 el número de muertes ha aumentado en proporciones fatales: actualmente son más de 11.3 al día, las hijas, nietas, sobrinas, madres, abuelas, tías y primas que mueren asesinadas por el sólo hecho de ser mujeres. Y eso que México no está en guerra.
En este contexto tan terrorífico como indigno, las incogruencias seguirán quitándonos el sueño:
¿Por qué se habría de desestimar la existencia de las mujeres, si son ellas quienes dan vida y mantienen de pie el concepto de la familia tradicional, situada en el primer lugar del podio del deber ser machista?
La pregunta quedará abierta hasta que México se convierta en una nación libre de feminicidio. Ni una más.