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Opinión

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Peña, el impopular

Los niveles de impopularidad de Peña Nieto son inusitados. Eso, a pesar de un enorme gasto en publicidad que en algunos años superó los 9,000 millones de pesos. La explicación más evidente es la corrupción. El escándalo de la Casa Blanca, los señalamientos en áreas como la de comunicaciones o la de desarrollo social, así como los recursos que se entregaron sin control a los gobernadores, para que fueran despilfarrados, son las explicaciones más obvias. Sin embargo, existen otras. Una importante es que compró, defendió y gastó su capital político en reformas de corte económico liberal, que prometían generar un sólido crecimiento económico. Hace seis años, la iniciativa preferente que envió al Congreso el presidente saliente, Calderón, a petición del entrante, Peña, fue una para liberalizar el mercado laboral. Luego, convenció a todos los partidos para realizar las reformas que traerían al país la riqueza prometida. Gracias a ese acuerdo Peña contagió su descrédito a todos los partidos.

Es sorprendente la ingenuidad con la que se esperó que las reformas del pacto tuvieran frutos inmediatos y que alcanzaran la aclamación popular. Los años de estancamiento económico debieron haber sido alerta suficiente para moderar las expectativas. De hecho, los propios mercados, que aceptaron el incremento de la deuda en los primeros años del sexenio de Peña, cuando se hicieron las reformas, después obligaron al ajuste fiscal, cuando era evidente que el crecimiento no llegaría. Al mismo tiempo, el gobierno de Peña rechazó tomar medidas más heterodoxas, como el incremento del salario mínimo, aun cuando el propio sector empresarial apoyaba la medida. Eso le hubiera ganado apoyo social y detonado el mercado interno, sin mayores riesgos para la estabilidad macroeconómica. Las reformas no se acompañaron de un paquete de inversión en infraestructura que ayudara a detonar el crecimiento.

En suma, Peña nunca entendió que las claves del crecimiento y de la gobernabilidad de las sociedades actuales son distintas a las que se consideraban como un consenso, que no se discutía, en los años 90. Pensó que con las reformas de mercado bastaba, que otras agendas, como la de la desigualdad o la de los derechos humanos no importaban. Lo único verdaderamente relevante era completar los procesos de liberalización comercial y de mercado iniciados en los años 80, pero sin que se incorporaran nuevos elementos, que podrían ayudar a que México superara la crisis de crecimiento y lograra mayor equidad, como invertir en infraestructura, incrementar el contenido nacional, desarrollar y absorber tecnología, democratizar el sistema financiero, utilizar la banca de desarrollo o diversificar el comercio. Es decir, una de las explicaciones de la impopularidad de Peña es lo limitado de su agenda; nunca se propuso resolver alguno de los grandes problemas nacionales, nunca defendió una visión de país amplia, se limitó a cambiar las reglas de un puñado de sectores de la economía y a tratarnos de convencernos de sus infinitas bondades por medio de anuncios en la televisión. Peña es impopular, entre otras razones, por la debilidad de su proyecto.

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York

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