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Opinión

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Para entender el conflicto egipcio

¿Cómo interpretar lo que ha pasado en Egipto? ¿Es un golpe de estado clásico? ¿Cuáles son las claves para entender lo que ahí sucede?

Con agudeza, los editores de The Economist afirman en un documento titulado "Mayoritarianismo: la democracia zombie", que los (verdaderos) demócratas tienen una comprensión fundamental de que la minoría que no votó por ellos es tan ciudadana como la mayoría que sí lo hizo .

Refiriéndose a la grave situación que recientemente cimbró a Turquía (y al decir grave me refiero obviamente a la actitud del primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, de desoír las protestas de la mitad del electorado que no votó por él), esos atinados editores británicos agregan algo que también resulta crucial: "un amplio apoyo no califica automáticamente a un líder como demócrata, ni la fuerte oposición lo descalifica como tal .

Esta discusión es más que pertinente en el mundo actual, en el que las insurrecciones populares en diversas partes del mundo han sorprendido a propios y extraños. Y lo han hecho porque, a diferencia de movimientos pasados, las protestas de 2013 en países como Brasil, Turquía, Chile, Suecia o el Reino Unido, se dan en entornos democráticos y en muchos casos incluso en economías boyantes, de las que las clases medias y bajas han salido altamente favorecidas.

Estas protestas serán motivo de análisis más profundo en este espacio, pero por lo pronto nos podemos concentrar en la nueva revolución que está sucediendo en Egipto, en donde, al igual que en Turquía, la población se divide en dos facciones prácticamente iguales en tamaño.

En Turquía Recep Tayyip Erdogan ya ha ganado tres veces en las urnas como primer ministro, y la última vez lo hizo con poco más del 50% de los votos, por lo que tiene una legitimidad innegable. Lo que sucede es que el país está francamente dividido entre una ligera mayoría tradicionalista, regida por la religión islámica y que vive preferentemente en las provincias de Anatolia, por una parte, y por otra la población de ciudades cosmopolitas como Estambul o Ankara, con valores occidentales liberales y laicos, y que valoran el legado secular del padre de la partia, Ataturk (aunque sin caer en los excesos del militarismo).

Así, como muchos otros países (como Estados Unidos, por ejemplo), Turquía está enferma de polarización y dividida en dos corrientes irreconciliables. En Egipto pasa algo prácticamente igual, con la diferencia de que aquí se ha llegado a la violencia y al golpe de estado.

Recordemos que el país emblemático de la primavera árabe de 2011 es precisamente Egipto (aunque técnicamente ésta empezó en Túnez), cuando cientos de miles de ciudadanos se rebelaron contra el dictador Hosni Mubarak. Desde entonces algunos analistas advertían de los peligros de que el proceso democratizador se diera demasiado rápido, y en sociedades altamente divididas en posiciones irreconciliables.

Hosni Mubarak gobernó con mano de hierro e impuso la tiranía del ejército. Con ello mantuvo a raya a los radicales islámicos, aunque los partidos islamistas moderados resultaron también perjudicados. Cuando los jóvenes egipcios saltaron a las calles y a la ya mítica plaza Tahrir a protestar contra Mubarak y el ejército, la mayoría buscaba un gobierno electo en las urnas y de tendencia liberal democrática. Pero la Hermandad Musulmana, largamente proscrita en el país, estaba hombro con hombro con esos jóvenes que se comunicaban por las redes sociales para organizar su movimiento. Ambos bandos tenían un enemigo en común, que era el dictador. Pero cayendo éste, y después de las elecciones de junio de 2012, quien resultó ganador no fue el representante de los liberales democráticos, sino el de los hermanos musulmanes, Mohamed Morsi, quien se llevó la elección en segunda vuelta apenas por un 51%. Una vez más, un país dividido casi en dos partes iguales, entre una población tradicional y religiosa, y una moderna, urbana, tecnológica y joven, que busca vivir bajo estándares laicos.

El ejemplo más claro de esta división es la constitución de Morsi y la Hermandad, que fue votada en referéndum apenas por un 33% de los electores y aprobada por un 63% de síes, aunque, en El Cairo, donde reside la población moderada del país, el 60% dijo que no.

Esa constitución, ahora suprimida por los militares, decía nada menos, que la sharia, o ley islámica, es la principal fuente de la legislación . Eso encendió obviamente los focos rojos de los muy amplios sectores que veían en ello una luz verde para instaurar una teocracia.

No ayudaron los desplantes de un Morsi que se mostró errático e inseguro en el poder, y que por esa misma inseguridad acudió a medidas autoritarias que más bien recordaban a Mubarak. Tampoco ayudó la grave crisis económica que se vive en Egipto. En 2012 el PIB creció sólo 1.8%, mientras la deuda pública avanza a pasos preocupantes, ya en rangos de 85%. Las arcas están vacías, la inflación no deja de crecer y el desempleo se disparó hasta 11%.

Volviendo a la cita de The Economist, ¿tenía Morsi la legitimidad suficiente para gobernar sólo para la parte que lo eligió, el 51%, que quiere ver impuestos los valores mahometanos en el país? Un hombre de estado debe gobernar para todos sus ciudadanos, y en el momento en que es electo el partidismo debe ceder. Pero, por otro lado, y retomando la segunda cita que hemos referido del semanario británico, el innegable apoyo que tenía no lo calificaba automáticamente para hacer y deshacer, sin consultar a la también amplísima oposición.

Complicando aún más la ecuación, también es cierto que una fuerte oposición no le restaba la legitimidad con la que llegó al poder. Por eso es que sí se puede calificar de golpe de estado lo que sucedió, aunque los militares hayan respondido a una oposición que iba creciendo cada vez más, y que ya abarcaba incluso a los salafistas, el otro grupo musulmán radical egipcio. Finalmente, Morsi había vencido en las urnas.

Así las cosas, Egipto era la tormenta perfecta, y por ello salieron hasta 17 millones de personas a protestar, incluso más gente que en la primavera árabe. Sólo que esta vez a quien tenían enfrente no era a un dictador secular que aplastaba a los islamistas, sino a un islamista que representaba a la mitad de la población que no está dispuesta a moverse ni un milímetro de sus exigencias.

En esas circunstancias, Morsi hubiera hecho bien al formar un gobierno de coalición. Pero, incapaz de atender las voces disidentes, se enclaustró en su credo y fiel a ese credo apeló al martirio. Cualquier cosa antes que compartir el poder. Ahora falta ver que sus seguidores no se enfrasquen en hechos violentos con los manifestantes y con los militares, y que estos últimos cumplan su palabra de dejar el poder en manos de la Corte Constitucional, convocando lo antes posible a nuevas elecciones. La salida deseable es que, tras esos comicios, se forme un gobierno de unidad nacional en el que finalmente se atiendan las reivindicaciones tanto de los moderados y laicos, como de los religiosos. La tentación que deben de evitar los hoy vencedores es volver a un laicismo a ultranza, sin respetar los derechos políticos de quienes buscan una agenda islámica, dentro de las reglas de la democracia.

Sabíamos que en Egipto no sería fácil salir de la dictadura, ni en Túnez, ni en Libia, ni en ningún otro país tocado por la primavera árabe. Y sabemos que los países divididos en dos bandos irreconciliables incuban potencialmente el huevo de la serpiente de la discordia y el encono, si no se atienen al estado de derecho y a las reglas de la democracia. Hagamos votos para que en Egipto prive la racionalidad antes que ninguna forma de la violencia.

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