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Nacionalización y eufemismo
La adusta y molesta cara de Manuel Bartlet lo decía todo. Tendría que administrar y operar el 80% de los bienes de quién ha fungido como arquetipo del desfalco a la CFE: Iberdrola. Lo hace sin tener la propiedad y con las plantas más viejas de dicha empresa operando en México. Iberdrola recibe 6,000 millones de dólares que invertirá en un lugar dónde haya certezas jurídicas y de la propiedad.
Adolfo López Mateos llamó nacionalización a una compra de activos de diversas empresas que surtían electricidad en México. Lo hizo por razones políticas y prácticas. Las razones políticas tenían que ver con el discurso nacionalista prevaleciente, enarbolado por el entonces partido dominante: el PRI. Por compararse con uno de sus antecesores, Lázaro Cárdenas, y por imprimirle a su decisión un halo de decisión histórica que beneficiaría a los mexicanos de alguna manera.
Las razones prácticas son variadas, pero inexcusables. Entre las proveedoras del servicio, existían divergencias de diversa índole. Algunas expedían la luz a 120 voltios otras a distinta voltaje. Los ciclos eran distintos también. Alguna a 50 Hertz otras a 60. De niño recuerdo, a principios de los años sesenta, que en las casas muchos aparatos serían inservibles derivado del cambio Hertziano en la transmisión de la luz. No es extraño que el nombre de la compañía aglutinadora no fuera Electricidad de México, sino Comisión Federal de Electricidad. Es decir, una empresa que impusiera estándares y condiciones iguales a todas las empresas proveedoras y que, además, estuviera en línea con nuestros vecinos del norte. A eso se sumó la independencia de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, primera empresa inglesa que surtía el servicio al centro del país, incluida la ciudad de México. Igual por razones políticas y prácticas se le dejó como una empresa aparte de la CFE, pero convenía en esos momentos.
Esta semana pasada AMLO quiso endilgarse una compra a la empresa española, a través de un fondo de inversión privado y un fideicomiso de hacienda, que pedirá prestado para cubrir la inversión, como una segunda nacionalización. La verdad es que además de desconocer cómo funciona la industria eléctrica, también desconoce o a eso juega, el más puro y plano español. Lo que profirió fue un eufemismo, es decir, uso una palabra para querer describir otra cosa.
En primer lugar, le compra a Iberdrola toda su capacidad de producción en electricidad con el uso de combustibles fósiles. Empresas de ciclo combinado que desde los años 80 eran una solución eficiente, pero que no son limpias. Además, son más onerosas que usar la energía eólica (el viento) o la fotovoltaica (el sol). Le compra, solamente, un parque eólico que significa alrededor del 8% de la producción que tenía esa empresa y les hace un gran favor, pues 6000 millones de dólares, servirán para invertir en otros países con una posición desahogada financieramente y la empresa puede presumir de producir con energía limpia en todo el mundo.
La compra se hace con un fondo de infraestructura que lo que hace es esconder la deuda que los mexicanos vamos a tener que pagar por vía doble, con nuestros impuestos y en el pago de la luz, pues ahora CFE se vuelve dominante con el 55% de la producción total de electricidad que se consume en el país. Seguidamente, un fondo de inversionistas de México se incorpora a la compra, en las que el capital norteamericano lleva la mano mayoritaria. En conclusión, derivado de la ignorancia del presidente en materia económica y financiera, se compran activos en camino de la obsolescencia y nos meten en una deuda más. CFE va a administrar algo que no va a ser de ellos, ni de nosotros, ni de la Nación. ¿Nacionalización? Un eufemismo, más bien. Nada más, pero nada menos también.