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Opinión

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Movimientos contra el desperdicio de comida

Hoy, los tiempos exigen que la capacidad de gestionar las sobras y el desperdicio de alimentos agregue valor a la presencia de conciencia social.

El desperdicio de comida es un grave problema mundial que representa pérdidas económicas millonarias. No sólo es una cuestión moral de lo que representa desperdiciar comida en un mundo donde no se ha erradicado el hambre, sino que también representa un grave problema por el impacto ecológico que la producción de esos alimentos genera en el medio ambiente.

Con las pasadas cenas de Acción de Gracias en el país vecino del norte, algunos de los chefs celebridades volvieron al ataque en sus campañas contra el desperdicio. Se estima que en estas festividades de fin de año, la cantidad de alimentos en perfecto estado para su consumo puede llegar a duplicarse sólo en Estados Unidos, de acuerdo con el promedio mensual de lo que comúnmente se desperdicia. Chefs como el multigalardonado Massimo Bottura, Jamie Oliver y Anthony Bourdain han emprendido iniciativas contra el desperdicio. Bottura abrió incluso un comedor de asistencia social que funciona gracias a las sobras de alimento; Oliver ha emprendido una campaña con la socialización de recetas que utilizan como ingredientes las sobras más comunes de los hogares británicos y Bourdain presentó este año un documental acerca del desperdicio de comida. Dice Bourdain que “no hay que subestimar el valor de la vergüenza”, y ahí es precisamente donde radica uno de los puntos a analizar: ¿la vergüenza hacia no tener conciencia social o la vergüenza a parecer “muerto de hambre”?

En algunas circunstancias en nuestro país está tan poco incorporada la poca prevención del desperdicio de comida que resulta incluso una muestra de ostentación ridícula. Algunos de los propietarios de restaurantes de alto renombre señalaron en una investigación que realicé que rara vez los clientes piden que las sobras de comida sean empacadas para llevar. Incluso el nombre en inglés de este itacate es doggy bag o comida para el supuesto perro en casa, dado que socialmente era condenado que alguien pudiera osar llevar a su casa lo que no se acabó en el restaurante. Al interior de la casa la lógica en muchas ocasiones era invertida, puesto que cada cultura culinaria cuenta con platillos que vieron su origen en la necesidad de aprovechar al máximo los productos que fueran comestibles, pero también, en la gestión de las sobras, como es el caso del budín con el pan duro, de los arroces, de los risottos, o incluso de los romeritos con las sobras del mole. Al sentido de necesidad se opone, pues, un sentido de ostentación.

En tiempos en los que la producción de alimentos se ha vuelto un asunto de preocupación internacional, no sólo por la forma de abastecer a una población que cada vez vive más años en promedio, sino por la forma de explotar los recursos naturales para la producción agroindustrial, es necesaria la implementación de políticas y estrategias a nivel de producción, distribución y consumo de alimentos para gestionar mejor las sobras y el desperdicio.

Mientras que en algún tiempo la ostentación sobre la capacidad de alimentarse fue una moda, los tiempos exigen que la capacidad de gestionar las sobras y el desperdicio de alimentos agregue valor a la presencia de conciencia social. Si la conciencia social es una moda o una pose, al final las acciones que se realicen para gestionar y prevenir el desperdicio de comida ponen un grano de arena sobre los impactos negativos que esto genera.

Twitter: @Lillie_ML

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Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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