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Opinión

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México ante la CEDAW II

Además de referirse a serios problemas como la violencia, el acceso de las mujeres a la justicia, a la salud y la educación, el Comité de la CEDAW apuntó entre sus principales motivos de preocupación la persistencia de estereotipos en la sociedad. Su reproducción en los medios, tema expuesto en un informe sombra de comunicadoras y académicas, mereció recomendaciones puntuales, relevantes para la sociedad.

La referencia del Comité a los estereotipos corresponde en términos generales al objetivo principal de la Convención de eliminar la discriminación. Es lógico, pues, que, tras su examen a México, los señale varias veces como un obstáculo para las mujeres y las niñas, sobre todo para las que son también discriminadas por su pertenencia étnica, su identidad de género o su orientación sexual, como las mujeres indígenas, afrodescendientes, lesbianas, bisexuales, transexuales y transgénero.

Imágenes rígidas y a menudo tradicionales acerca de lo que es ser hombre y mujer enraizadas en el imaginario social, los estereotipos inciden en la percepción de la realidad, del valor de las “otras” y los “otros”, de lo que deben o pueden ser. Así, en un país tan desigual como el nuestro, los estereotipos de género, clase, etnia... contribuyen a perpetuar sesgos y estigmas que naturalizan o justifican diversas formas de exclusión.

Aunque estas imágenes se manifiestan en el lenguaje, en la forma de ver y tratar a personas y grupos, su reproducción en los medios es por demás grave ya que éstos las normalizan y hasta justifican, a menudo a través de narrativas estigmatizantes. Como señala el Comité, en los medios mexicanos, se reproducen imágenes sexistas y “estereotipos discriminatorios acerca de los roles de hombres y mujeres en la familia y en la sociedad”; se normaliza la violencia y la discriminación contra las mujeres, y se difunden “imágenes negativas de mujeres indígenas, afrodescendientes, migrantes, refugiadas y que buscan asilo”.

Las telenovelas, las canciones, la publicidad son tal vez las vías que de manera más brutal contribuyen a la estigmatización, cosificación y devaluación. La desigual representación de las mujeres en las noticias y programas de opinión, la sexualización de las presentadoras del clima, la cosificación publicitaria, los comentarios y chistes de locutores, contribuyen también al menosprecio de las mujeres y niñas, de lo femenino o lo feminizado.

¿Quién no ha oído expresiones degradantes en programas de radio o preguntas fuera de lugar en entrevistas a mujeres que participan en el espacio público? Por no hablar de telenovelas que justifican la violación y fomentan el apego a roles masculinos y femeninos tradicionales, a veces hasta obsoletos.

Para enfrentar este problema, el Comité recomienda que “se adopte una estrategia integral para superar el machismo y los estereotipos discriminatorios, fomentar que los medios “promuevan imágenes positivas de mujeres indígenas, afrodescendientes, migrantes, refugiadas y peticionarias de asilo”. Debe desarrollarse también “una estrategia educativa para los y las profesionales de los medios, con lineamientos y monitoreo para eliminar los estereotipos, y promover coberturas sensibles al género”, y favorecer una representación igualitaria de mujeres y hombres en ellos.

Tal vez por conocer bien la negligencia con que el Estado aplica las leyes y normas, el Comité lo insta además a asegurar el cumplimiento del Acuerdo por la Igualdad de Género y para combatir la violencia contra las mujeres en los medios (2016), con “sanciones adecuadas” y una respuesta efectiva de las autoridades encargadas de hacerlo cumplir.

Además de las claras recomendaciones de CEDAW, el Estado cuenta, cabe recordarlo, con la ley para prevenir la discriminación (2003) y con la LGAMVLV (2007), que explicita que los medios no deben promover la violencia contra mujeres y niñas. Tiene pues instrumentos suficientes para abandonar su negligencia e impulsar un cambio real.

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Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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