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Opinión

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López Obrador y el “amor al pueblo”

De manera recurrente el Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, se jacta de su profundo e indeclinable “amor al pueblo”. Resulta evidente que en el marco de su narrativa populista y demagógica el “pueblo” no es un concepto equivalente a “los ciudadanos mexicanos”. En el discurso de López Obrador el “pueblo” es un concepto que se identifica de manera exclusiva con los mexicanos que él define como “pobres” o, para expresarlo de manera más precisa, como víctimas históricas del neoliberalismo, es decir, como víctimas históricas del régimen político-económico que inauguró Salinas de Gortari y que se prolongó hasta el sexenio de Peña Nieto. Entendiendo por neoliberalismo o por neoporfirismo un régimen político-económico que incluyó no solamente a tecnócratas de derecha surgidos del PRI, sino también a políticos conservadores surgidos del Partido Acción Nacional. 

Un análisis crítico del concepto de pueblo esgrimido por López Obrador pone de manifiesto una serie de cuestiones fundamentales. En primer lugar su concepto de “pueblo” es incompatible con la teoría general del Estado de derecho que, en su carácter de perspectiva liberal y democrática sobre el origen, legitimidad y ejercicio del poder político considera al Estado como una totalidad orgánica surgida a partir de la integración histórica y territorial entre un pueblo y un gobierno.

Para que esta teoría resulte congruente con el carácter universal y abstracto del derecho moderno, el concepto de pueblo debe abarcar a la totalidad de los ciudadanos con independencia de su estatus socio-económico o de su nivel cultural y educativo. Es precisamente esta condición de igualdad fundamental entre todas las personas lo que hizo posible conceptualizar al pueblo como la fuente de una forma de soberanía estatal liberal y democrática que, a diferencia de la soberanía propia del Estado monárquico absolutista diseñada para preservar el carácter estamental y corporativo del “Ancien Régime”, se centró precisamente en la imperiosa necesidad de abolir toda forma de privilegio sustentada en formas despóticas de ejercicio del poder político.

Algo semejante a lo ocurrido con el Estado absolutista tuvo lugar en el marco histórico del siglo XX con el surgimiento de sistemas políticos totalitarios sustentados en discursos ideológicos de carácter dogmático. Tanto en el marco del nacional-socialismo alemán como en el marco del comunismo soviético, el carácter universal inherente a los conceptos de “pueblo” y “soberanía popular” emanados de la proyección discursiva del  marco ideológico “democrático-liberal”, fue radicalmente negado en el marco de narrativas que identificaron al pueblo con los ciudadanos alemanes de “origen ario” o con el “proletariado”. Los conceptos de “arische rasse”, “deutsche volk” y “dictadura del proletariado” reflejan con toda claridad el carácter abiertamente sectario y excluyente de la narrativa esgrimida tanto por el partido nazi en el seno del Tercer Reich como por el partido comunista al interior del Estado soviético. Fue precisamente como resultado de este rechazo frontal a los fundamentos ideológicos del liberalismo y a su noción esencial de “igualdad universal” que todos los regímenes totalitarios han basado su dominación en procesos de adoctrinamiento radical destinados a lograr transformar las conciencias mediante la asimilación de marcos ideológicos dogmáticos, es decir, incompatibles con toda suerte de análisis crítico. A diferencia del nacional-socialismo y del comunismo soviético el liberalismo es una ideología abierta que históricamente ha sido capaz de evolucionar a partir de la integración dialéctica de discursos críticos. Es precisamente esta plasticidad lo que le ha permitido constituirse y preservarse como la narrativa ideológica más importante e influyente del mundo moderno.

Dentro de esta lógica, identificar al “pueblo” con los “pobres” constituye una clara expresión no solamente de populismo demagógico, sino también, y de manera altamente preocupante, de una ideología política con tendencias no solamente autoritarias, sino potencialmente totalitarias. Lo anterior es particularmente claro cuando el concepto de “pobres” se identifica en el marco del discurso presidencial con aquellos sectores de población que apoyan incondicionalmente al actual gobierno. Si analizamos detenidamente el discurso de López Obrador queda claramente de manifiesto que entre los “pobres” a los que dice amar de manera incondicional no se encuentran aquellos sectores de población de clase media e incluso de clase popular o trabajadora que no comparten su estrategia de gobierno o que manifiestan abiertamente su desencanto con un  gobierno que no ha sido capaz de enfrentar de manera satisfactoria la terrible situación que en materia de seguridad pública y estancamiento económico enfrenta el país.

De hecho, el propio Presidente en una de sus conferencias mañaneras se atrevió a decir que el apoyo a su gobierno y al movimiento que le llevó al poder se relaciona de manera inversamente proporcional al nivel cultural y educativo de la población. O sea que el “pueblo” al que se debe López Obrador, el “pueblo” para el cual trabaja de manera incesante, no solamente es pobre sino también ignorante. Llama entonces profundamente la atención el hecho de que el propio Presidente afirme de manera recurrente que el pueblo de México, el pueblo que apoya el proyecto de la cuarta transformación que su movimiento lidera, es no solamente intrínsecamente bueno sino también “políticamente sabio”. O sea que para López Obrador un pueblo ignorante y proclive al fanatismo es “políticamente sabio”, mientras que un pueblo educado y crítico es potencialmente reaccionario. Entre semejante percepción de la realidad y la idea, esgrimida de manera particularmente cruda y brutal por el Khmer Rojo de Pol-Pot en Camboya o por Mao-Zedong y los líderes comunistas que impulsaron la ominosa “revolución cultural” en China, de conformidad con la cual el hecho de haber leído muchos libros “burgueses” convierte a los seres humanos en reaccionarios, no existe gran diferencia.

En esencia para López Obrador el concepto de “pueblo” solamente incluye a aquellos sectores de población que apoyan la cuarta transformación en virtud de que no han sido corrompidos intelectualmente por los poderes mediáticos y por los aparatos ideológicos de la oligarquía neoliberal. Para López Obrador ser bueno implica ser pobre y ser sabio implica aceptar plenamente el proyecto de la cuarta transformación. Dentro de esta lógica primitiva y maniquea, quedan fuera del concepto de pueblo “bueno y sabio” los empresarios “aspiracionistas” cuya ambición personal les ha llevado a generar riqueza y fuentes de empleo; los ambientalistas y las comunidades que cuestionan la construcción del tren maya; los movimientos y grupos sociales que critican la política de seguridad del gobierno y que incluyen, entre otros, a feministas y periodistas; los académicos e intelectuales tanto de centro derecha como de centro izquierda que critican las políticas públicas y las reformas legislativas promovidas por el poder ejecutivo federal, así como todos aquellos líderes de opinión que se han atrevido a cuestionar la veracidad de las afirmaciones y de las cifras con que el gobierno de López Obrador pretende evidenciar sus logros, incluyendo la grotesca y cotidiana aseveración de que los asesinatos imputables a la delincuencia organizada van en descenso cuando todos los días los mexicanos nos despertamos escuchando noticias que dan cuenta de la terrible y aparentemente incontenible espiral de violencia en que nos encontramos inmersos.

La demagogia es sinónimo de mentira y de engaño. La verdad de las cosas es que López Obrador no se debe al pueblo de México, López Obrador se debe a sí mismo y al grupo político que lidera y que, junto con su caudillo, pretende perpetuarse en el poder. El concepto “amor al pueblo bueno y sabio” es parte de una engañosa, fraudulenta y terriblemente peligrosa narrativa ideológica. Es un concepto que busca adormecer conciencias apelando a emociones básicas. Un concepto que perfectamente podría quedar enmarcado dentro de un amplio género de construcciones discursivas que, como acertadamente denunció Carlos Marx, operan como una suerte de opio que neutraliza la capacidad de los seres humanos para criticar la forma en que se organiza y funciona el Estado del cual forman parte. 

 

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