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Opinión

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Le llamaban reforma hacendaria

La gran depresión Por: Enrique Campos Suárez

Hace casi dos años, el 20 de junio del 2007, el gobierno del presidente Felipe Calderón presentó al Congreso de la Unión una serie de modificaciones en materia fiscal.

La Secretaría de Hacienda llamó al paquete, erróneamente, reforma integral de la hacienda pública.

O sea, prometía ser un gran cambio que no sólo tocaba la parte de ingresos, sino también la forma de gastar.

Y, la verdad, ni una ni otra. El resultado final fue un engendro de impuesto indirecto, propuesto como CETU y aprobado como IETU. Un gravamen que no se atrevió a acabar con el ISR, pero que sí complicó la contabilidad de los cautivos.

Hacienda propuso un maravilloso impuesto contra la informalidad , que terminó en el exitoso, pero marginal, impuesto a los depósitos en efectivo. Y ya, ahí se acabó la gran reforma fiscal.

En la parte del gasto, los títulos no tienen desperdicio: Nuevo Federalismo Fiscal, Calidad de Gasto y Rendición de Cuentas. Y mi apartado favorito de la súper propuesta del 2007: Gastar Mejor .

A pesar de los nombres tan sugerentes y rimbombantes, la propuesta era bastante mediocre. Es más: miedosa.

La creación del IETU fue una fantástica idea recaudatoria ante la evidencia de los boquetes evasores creados al Impuesto Sobre la Renta. Sólo que cuando recetaron la medicina olvidaron extirpar el tumor.

La complejidad del pago de impuestos dejó en calidad de burla otro de los apartados de la propuesta hacendaria de hacer más sencillo el pago de las contribuciones.

Siempre se ha dicho que los primeros años de una administración son los más adecuados para hacer cambios profundos, porque el gobierno entrante goza de aceptación tras las elecciones, no ha cometido muchos errores y refresca las acciones del mandato anterior.

Sin embargo, el caso de Felipe Calderón fue diferente. Entró con serios cuestionamientos de los que perdieron las elecciones, que elevaron irresponsablemente la tensión social del país.

Además, la administración de Vicente Fox, del mismo partido que Calderón, había fracasado en su intento de homologar el IVA. Pero no sólo eso, su impericia logró que el tema se inscribiera en las consignas favoritas de los opositores. En fin, una desventaja importante para los actuales administradores que tuvieron que intentar una reforma mediocre de origen.

Tuvo que llegar la crisis global para demostrar que su gran reforma integral de la hacienda pública estaba buena para un catarrito, pero no para una crisis de este tamaño.

La debilidad de las finanzas públicas está al descubierto. Se ha derrumbado el mito del blindaje financiero mexicano y hay que hacer una reforma de verdad. Una fiscal, una hacendaria que sean valientes, que no le haga temblar las rodillas al Presidente al momento de presentarla ante el Congreso.

Una reforma, que posiblemente no tenga un nombre tan bonito como el anterior, pero que sí tenga buenos resultados.

La primera piedra

La impunidad al margen del sello del escudo nacional.

El comercio ilegal en la vía pública es uno de los grandes cánceres para un país que quiere aspirar a respetar las leyes. Entre sus vertientes más peligrosas está el comercio de artículos pirata, robados y el comercio de alimentos.

La comida callejera es ese foco de contagio que se mantuvo intocable durante los días de contingencia en la ciudad de México.

El ambulantaje es fuente de votos y riqueza para muchos y sus tentáculos parecen alcanzarlo todo.

En el inaudito de que la juez Tercero de Distrito en materia Administrativa del Distrito Federal, María Alejandra de León González, ordenó a las autoridades de la delegación Benito Juárez quitar una jardinera de la vía pública para reinstalar un puesto metálico de comida callejera.

Sí, una jueza que se supone debe respetar y hacer respetar la ley ordena violarla. Todo, claro, al margen de nuestro abusado escudo nacional.

Lo peor es que no parece que haya alguna autoridad, del GDF o judicial, que se indigne o haga algo ante tanta impunidad.

¿Cómo dicen los abogados? Ah sí: lo que no suena lógico, suena metálico.

La gran depresión

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