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Opinión

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La rumba de los inquebrantables

La formación como filósofo enseña a cambiar de opinión según las razones que se presenten a favor y en contra de un punto de vista, siempre que sea susceptible a razones. No toda opinión merece razones que la respalden: si les digo que me gusta el helado de pistache y  preguntan por qué, basta que conteste: «porque sí». Hay asuntos de la vida humana donde la arbitrariedad es absolutamente aceptable. Pero hay otros donde necesitamos discutir las razones que apoyan una opinión o juicio, para ver si se sostiene. Así es la filosofía moral y así debería ser la democracia.  

Cualquiera que haya visto un debate presidencial estadounidense habrá notado esto: una de las acusaciones más comunes y graves que se hacen entre sí los candidatos es la de cambiar de opinión. Conducta que parecería implicar carácter o principios débiles. Esto no quiere decir que los electores gringos vean siempre con malos ojos la transformación en el pensamiento: Bill Clinton y el propio Joe Biden cambiaron radicalmente su postura en asuntos de seguridad pública: mientras en 1994 aprobaron una ley contra el crimen que tuvo efectos nocivos e injustos contra las minorías, en la campaña de Hillary Clinton a la presidencia, en 2016, la criticaron. En parte lo hicieron para acercarse al electorado furioso con la violencia policiaca contra negros e hispanos, producto de dicha ley. Supongo que si salieron avante con su cambio de postura fue porque aceptaron su error, y dieron explicaciones. Bill Clinton reconoció que la ley que promulgó durante su mandato solo empeoró el problema que pretendía resolver, y que ya era momento de que Estados Unidos intentara una nueva aproximación al asunto. Un mea culpa hecho y derecho. 

En México parece que cambiar de postura y las razones para hacerlo no le importan a nadie. Ahí está la intención del presidente López Obrador de acomodar la Guardia Nacional bajo el gobierno del ejército. Me gustaría decir que sorprende el hecho de que López Obrador, quien habla varias horas cada mañana, no se haya tomado unas cuantas para reconocer que quizá Peña Nieto tenía razón, y que la militarización era y sigue siendo la única vía posible para intentar frenar la violencia criminal, por estos motivos y por estos otros (supongo que habrá razones de peso detrás del golpe de timón).

Pero no sorprende, porque el presidente nunca explica nada, solo pide confianza en su persona y sus principios «inquebrantables» (parece que la honestidad no se desmorona a falsedades). El problema es que en democracia no debería apelarse al dogma de fe. 

Y es notorio el cambio de postura de sus acólitos, quienes en 2017 pusieron el grito en el cielo cuando Peña Nieto intentó algo similar a lo que intenta López Obrador. ¿Quién no recuerda la foto de Mario Delgado sosteniendo un cartel en contra de la militarización del país? Hoy, claro, defiende lo contrario.

Y la cosa no está mejor del otro lado: ¿si en 2017 defendían la militarización, por qué cambiaron de opinión en 2022? Deberían darnos sus razones para trocar de parecer. Nuestro políticos hacen ver sencillo algo que es bien complicado: cambiar de opinión. Sobran experimentos y explicaciones psicológicas que muestran cómo tomamos el ataque a nuestras ideas cual ataque a nuestra persona. Esto dispara en el cerebro la reacción de la defensa, que nos conduce a aferramos a una idea, porque sentimos que se nos va la vida si la dejamos desmoronarse. Otra posibilidad es que, en realidad, nuestros políticos se ponen las opiniones más rentables en cada contexto, de cualquier color, para así lograr lo que siempre han querido: llegar al poder, aunque sea vestidos de carnaval. 

Twitter@munozoliveira

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L.M. Oliveira es escritor. Autor de "El mismo polvo" y "El oficio de la venganza". Es Titular A en el Centro de Investigaciones sobre América Latina y El Caribe.

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