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Opinión

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La paz, la catedral y la medida del alma

Foto EE: Cortesía

Muy noble y leal fue llamada la ciudad de México, desde que su nombre se escribió en castizo y en lengua de Cervantes fue presumida en archivos, notas cartas y referencias que se enviaban a ultramar y la describían como la más linda joya de la colonia española. Urbe de cien palacios con edificios nuevos y construcciones que se planearon y diseñaron asombrosamente rápido. Cada esquina en su lugar y toda su traza perfecta pero lo esencial faltaba: una casa para Dios, una catedral, un gran recinto que sustituyera al templo salpicado de profana sangre. Y era una urgencia. Quizá por ello tomó tanto tiempo.

El proceso de construirla, hasta llegar a llamarla por su nombre completo: Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María a los Cielos de Ciudad de México fue muy largo.  Su versión definitiva comenzaría en 1573 y terminaría en 1813 pero su verdadera una historia no terminaría nunca, (no ha concluido aún lector querido ya viene Semana Santa), y tendría una especie de hermana menor, una suerte de prueba, un ensayo de lo que vendría.

La primitiva catedral de México, según el sabio Joaquín García Icazbalceta fue edificada en 1525, “entre la plaza mayor y la placeta del Marqués, y fue así llamada por estar frente a las casas de Hernán de Cortés, hoy Monte Piedad. Estaba orientada de este a oeste, con la puerta principal llamada del Perdón como la catedral nueva, hacia el occidente. Venía pues a dividir la gran plaza, que hoy es una sola con el recodo del Empedradillo. Se sabía además, que dicho templo había sido levantado en el sitio que ocupaba el gran teocalli de México, y que las piedras sagradas de los indios habían servido de cimientos a la iglesia católica y hasta de pedestales a sus columnas”. Para mayores señas Artemio de Valle Arizpe escribe: “Todo el mundo ha visto en un ángulo del jardín que rodea el templo mayor, rodeando el busto del último emperador azteca, unas enormes piedras labradas en forma de bases de columnas y que por su parte inferior presentan extraños relieves, pues bien, en ese sitio se levanta la primera catedral y ese sitio formaba parte de ella”.

Sin embargo, aquella iglesia pequeña y pobre fue vilipendiada por todos los cronistas que la juzgaban indigna de una tan grande y famosa ciudad”, pero prestó sus servicios durante largos años. La modesta iglesia tenía de largo poco más que el ancho de la catedral actual y sus tres naves no alcanzaban los 30 metros de ancho. Las vigas fueron pintadas de amarillo jalde “por los pintores indios de Tlateloco y Texcoco” y las ventanas, en vez de vidrios, llevaban encerados con pinturas. El techo era de madera y arriba de la puerta, a los dos lados, había dos vidrieras redondas con encerados de San Pedro y de San Pablo, -ambas obras del artista Nicolás de Texeda. En el centro, otra imagen pintada de Nuestra Señora, que dicen fue mandada quitar por el obispo por “ser indecencia que estuviese ahí”.

Fue el arquitecto Martín de Sepúlveda el primer encargado de hacer una gran catedral, entre 1524 y 1532; Juan de Zumárraga, el primer obispo de la sede episcopal en el Nuevo Mundo- y las reparaciones y remodelaciones muchas. Siempre intentando construir algo más grande y digno, recomenzando todo el tiempo, las crónicas hablaron de derroches, bendiciones y tragedias: la caída del Mayordomo desde un andamio -que provocó su muerte instantánea-, los 264 pesos oro que había cobrado el aparejador, el estupor de los vivos por si acaso, trabajando el suelo, hallaban algunos muertos bajo tierra, la preocupación por ampliar la Puerta del Perdón, que era demasiado estrecha y el hecho de que si un alma se medía por las dimensiones de sus deseos y una catedral por la altura de sus campanarios, la cosa era grave porque nadie había pensado en las campanas.

Se sucedieron inundaciones, incendios y hundimientos. Pasaron siglos completos hasta convertirse en la catedral más grande de América Latina, elevar sus torres hasta 67 metros e inspirar otras palabras, rezos y descripciones. Manuel Toussaint, en su libro La catedral de México, de 1973, le dedica estas palabras: “Encontramos en la catedral la expresión máxima de la paz. Porque el magno monumento se abre, para recibirnos siempre con un espíritu de bondad, de misericordia hacia nuestras flaquezas, de reconciliación con los principios del bien. La catedral, santuario máximo de Dios, no puede albergar sino la paz. Y estas ideas surgen por la armonía, principio fundamental de toda arquitectura, así sea en las obras más arcaicas y primitivas, como en las más modernas y audaces. La armonía de la catedral se encuentra en su plano sobriamente trazado, en forma de cruz inscrita en un rectángulo y limitado por capillas en la periferia. En sus dos grandes torres que son como atalayas que vigilan los contornos del edificio y en la nave central parece destinada a los escogidos. En las naves procesionales los fieles se acurrucan en muchedumbre y encuentran la paz que están buscando”.

 

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