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Opinión

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La momia de fray Servando

Fray Servando Teresa de Mier. Imagen: Especial

Sin saber que le esperaba una vida de correrías, celdas y prisiones, y que la Historia lo recordaría como “el fraile insurgente”, hace más de 250 años, el 18 de octubre de 1763, llegó al mundo José Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra.

Nacido en el actual Monterrey, llamado por aquel entonces Nuevo Reino de León, Servando creció rodeado de hermanos y comodidades, convencido de ser descendiente de la realeza azteca y los primeros conquistadores. Hizo los primeros estudios en su tierra natal, pero en 1770, su padre lo envió a la capital, con los frailes dominicos para completar su formación. Con ciertas dudas, tomó el hábito dominico, estudió filosofía y teología en el Colegio de Porta Coeli y en 1787 pasó al convento grande de Santo Domingo como maestro regente de estudios. Después, se ordenó sacerdote en el convento de la Piedad. Se cuenta que cuando recibió el grado de Doctor en Teología se distinguió entre todos sus colegas dominicos por su vivacidad, inteligencia y ciertos conceptos libertarios subidos de tono en su discurso. Sin embargo, su afición a la lectura, la escritura y sus dotes para la oratoria, le hicieron fama de gran predicador. Como premio a su habilidad retórica, fue designado para predicar en el aniversario fúnebre de Hernán Cortés y después para elaborar el sermón que el 12 de diciembre de 1794 se pronunciaría en la Colegiata de Guadalupe. Un honor que, según la antigua costumbre eclesiástica mexicana, sólo obtenían los más notables hombres de la iglesia. Tal mérito le cambiaría la vida para siempre.

En su sermón, dividido en 4 partes, fray Servando negó la aparición de la Virgen de Guadalupe como sostenía la tradición. Agregó que, si acaso, la visión de la Virgen se había manifestado en la capa de Santo Tomás y no en la tilma de Juan Diego. El escándalo fue tal que al día siguiente se le abrió proceso, se le retiraron las licencias para confesar y predicar, lo despojaron de su grado de doctor y lo encerraron en una celda del convento de Santo Domingo. La sentencia definitiva lo condenó al exilio y a pasar 10 años de reclusión en el muy helado y austero convento de nuestra señora de las Caldas en España. Antes de embarcarlo fue conducido prisionero al castillo de San Juan de Ulúa. Después, conducido hacia Cádiz, donde permaneció algunos meses encerrado, para después pasar a su prisión en las Caldas, pero nomás llegando, se dio a la fuga. Fue la primera vez y por supuesto fue aprehendido.

Sin embargo, no dejaba de insistir en que revisaran su proceso, escribiendo cartas e informes a las altas autoridades de la iglesia, mientras se buscaba persecuciones, arrastraba sus libros y perfeccionaba su habilidad para escaparse. Todo ello sin silenciar sus ideas libertarias, su larguísima lengua y sus explosivos discursos. Mucho tiempo pasó entre pueblo y pueblo, de país en país, escribiendo, declarando y torciendo caminos. Y así, su vida se convirtió en una serie de aventuras legendarias. Atestigüe usted, lector querido: con ayuda de un clérigo contrabandista francés se fue a París donde conoció a Simón Rodríguez, el maestro de Simón Bolívar. Decidió dejar los hábitos y huyó a Roma para obtener la secularización que le fue otorgada por el Papa, volvió a España y se enroló en un batallón voluntario para combatir la invasión francesa, estuvo en Cádiz, cuando las Cortes sesionaban, se unió a la logia masónica de los Caballeros Racionales, conoció a José de San Martín y otros caballeros que tenían como objetivo “mirar por el bien de la América” y estuvo en  Londres para propagar la idea de la Independencia, publicó “Cartas de un Americano” y escribió su obra más notable: “Historia de la Revolución de la Nueva España, antiguamente Anáhuac”. Se sabe que con Francisco Xavier Mina regresó a México y que nada más desembarcando, fue aprehendido otra vez pero volvió a escaparse. Estuvo en Filadelfia y una vez consumada la independencia volvió a México, protegido por Guadalupe Victoria. Enemigo de Iturbide, Servando fue otra vez encarcelado en el convento de Santo Domingo, donde se dio a la fuga, por séptima y última vez.

Ya muy enfermo, pero reconocido como héroe de la insurgencia, en noviembre de 1827, Servando invitó personalmente a varios amigos para asistir a la administración de sus santos óleos. A la ceremonia llegó una multitud y cuentan que todavía le dio tiempo de leer su discurso “Las profecías”. Murió algunos días después, el 3 de diciembre de 1827, pero su historia todavía no había terminado.

El cuerpo de fray Servando fue exhumado en 1842 y su cadáver se encontró perfectamente momificado. Permaneció exhibido en el osario de Santo Domingo, junto con otros 12 difuntos convertidos en momia, hasta que, en 1861, se dispuso que todas fueran vendidas al propietario de un circo. Se cuenta que éste las llevó primero a Buenos Aires y después a Europa y que fue en Bélgica donde, por última vez –para admiración de todos y con la lengua intacta– apareció la momia de fray Servando.

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