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La Cultura de la Paz, Odio creciente
Foto: Reuters
Nadie nace odiando a otra persona.
Nelson Mandela
El concepto odio, es opuesto a la cultura de la paz. Es nuestro deber abordar tan delicado tema e insistir en el peligro que implica propiciarlo y en la necesidad de mitigarlo. Sobre todo, en esta época de fin de año que invita a la reflexión.
Como hemos comentado en varias oportunidades, la polarización institucionalizada desde el discurso oficial propicia la discordia que, teniendo en cuenta la situación económica y sanitaria que a todos afecta, se traduce en un caldo de cultivo para la violencia y para el odio.
Un reciente ejemplo del brote de ese odio, sembrado por el Presidente, principalmente, es el mensaje de Gibrán Ramírez Reyes, uno de los voceros de la 4T, quien dijo ante las cámaras de Canal Once, “ya que no se puede fusilar a los expresidentes, por lo menos habría que meterlos en la cárcel, sin hacer consulta.” Parece que, además de su criminal deseo, desconoce el esfuerzo del Presidente por imponer la referida consulta y que la justicia no requiere de consultas ni encuestas para aplicarse.
Se sabe que nadie nace odiando, que el odio se aprende, por eso insistimos en disipar la creciente discordia con diálogo. El cotidiano monólogo burocrático debe transformarse en diálogo que premie la verdad, que revele la realidad y que permita transformarla para bien o corregirla.
Si ello se hace posible, podremos arribar a un acuerdo social que sea justo, equitativo, duradero y estable. Eso es lo más deseable y recomendable en beneficio de todos.
La temporada de las fiestas de fin de año, que en México tradicionalmente inician el doce de diciembre y culminan el seis de enero, es conocida coloquialmente como el “Puente Guadalupe Reyes”.
Este año atípico, que dista mucho de parecerse a todos los anteriores, en vez de disfrutar del paso de un puente festivo estamos padeciendo algo que podríamos denominar “Túnel Guadalupe Reyes”. En efecto, parece que estamos en un túnel obscuro y hostil por el que transitamos desde marzo de este año y que parece no tener fin.
Nuestro accidentado recorrido por ese túnel ha significado un sinnúmero de calamidades que incluyen, según cifras oficiales, a cerca de 115 mil muertos por la pandemia, sobre todo por su deficiente y errático manejo por las autoridades, que se ha traducido en el más alto índice de letalidad a nivel mundial, también más de 30 mil personas asesinadas. Esas defunciones llenan de luto a miles de familias, luto aderezado con otras vicisitudes que no es posible ignorar, derivadas de la devastación de la economía que ensombrece nuestro destino desde antes de la pandemia y gravita en contra de todos.
Estamos inmersos en una debacle que incluye, además de lo ya expuesto, un constante golpeteo a las instituciones que nos hemos dado los mexicanos a lo largo de décadas y el debilitamiento del Estado de Derecho con contrarreformas y ocurrencias legislativas carentes de análisis de especialistas, como la que podría vulnerar al Banco de México. No es aceptable que el estado social y democrático de derecho que hemos construido y consolidado en las constituciones que nos hemos dado, se deteriore y menos que se desmantele.
Esta situación nos coloca en una situación de mayor debilidad, se traduce en una sociedad civil desorganizada, amenazada y agredida que pone en juego la concordia y nuestro porvenir.
Es preocupante el desprecio a la armonía, a la ciencia y a la cultura que se evidencian en medidas y acciones cotidianas desde Palacio.
No debe soslayarse que el progreso es posible gracias a la doble acción de la ciencia y de la técnica, aplicadas en todos los campos y a la utilización sustentable de los recursos naturales que son finitos, un día se acabarán. Debemos detener el daño -tal vez irreparable- al medio ambiente, limitando y cancelando, en lo posible, el uso de combustibles fósiles, así como retomando y consolidando el uso de energías limpias. No es conveniente ni será posible aislar a México del esfuerzo mundial de detener el calentamiento global. El propio T-MEC prevé respuestas y acciones de nuestro gobierno de protección del medio ambiente, severas normas ambientales y mecanismos para vigilar su cumplimiento.
Como comentamos recientemente, es sorprendente que desde Palacio se haya expedido la denominada “Guía Ética para la Transformación de México” y se hagan pronunciamientos de fe que propician una nueva tensión y controversias, pues el gobierno carece de competencia para pronunciarse en torno a ideas, prácticas y creencias de las personas. Debe evitarse cualquier intento de que las personas sean poseídas nuevamente por las antiguas o nuevas furias religiosas y por los fanatismos nacionalistas. Por ello resulta de utilidad el recordar que en las Leyes de Reforma se planteó la separación de la Iglesia y el Estado y que, en la actualidad, nuestros absolutos -religiosos o filosóficos, éticos o estéticos– ya no son colectivos sino privados.
La realidad que impone la nueva normalidad exige que todos propiciemos una convivencia en armonía, en una cultura de la paz. Es responsabilidad de todos evitar que la creciente discordia se trasforme en odio que pueda salirse de control. La solidaridad entre todos puede ser un muro de contención contra la violencia y para evitar los contagios del Covid 19.
Recordemos que todo conflicto o controversia merece ser gestionado, prevenido o resuelto para que no escale y se transforme en un conflicto grande o ruidoso, en una crisis social que detone violencia. La violencia intrapersonal, interpersonal y grupal se manifiesta de distintas maneras y nos coloca en riesgo de auto destruirnos, de destruir al otro y a la vida social.
Entre más unidos estemos, seremos más fuertes, entre más divididos, más débiles.
*El autor es abogado y mediador profesional.
Twitter: @Phmergoldd