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Opinión

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Impuestos en contra ?de la obesidad

Este tipo de intervención gubernamental es un atentado a la libertad individual; el propósito es recaudar más recursos y hacer al gobierno todavía más obeso.

No cabe duda de que México experimenta un grave problema de obesidad y de diabetes y que los costos económicos de ésta última son muy altos, tanto por una menor productividad en el trabajo como por los costos directos del tratamiento médico, recayendo, en una proporción relativamente elevada, sobre el sistema de salud pública. Esto último es un caso de externalidad negativa, en donde los actos individuales (ingerir alimentos que generan obesidad), imponen un costo sobre el resto de la sociedad, en este caso sobre quienes pagan impuestos, así como quienes contribuyen directamente al sistema de salud pública.

Este argumento, el de la externalidad negativa, es el justificante para haber aprobado en la Cámara de Diputados dos impuestos: 1 peso por litro de bebidas azucaradas (refrescos, jugos, leches de sabores, etcétera), así como un IEPS de 5% sobre alimentos con un alto contenido calórico (pastelitos, chocolates, frituras, etcétera). Al respecto, hay tres comentarios generales.

Primero, aunque es cierto que la elevada ingestión de este tipo de productos contribuye a la gordura y en casos extremos a la obesidad, cabría preguntarse si éste es el principal elemento. Es un hecho de que la dieta del mexicano medio es mala: la mayor parte de los alimentos son fritos, con una notable reutilización del aceite (lo cual es mortal), y poco consumo de frutas y verduras y de agua. Y es éste el principal causante del problema de salud pública. Es un problema de patrones culturales de comportamiento, un fenómeno idiosincrático, que sólo puede ser modificado paulatinamente con la educación.

Segundo, los precios relativos importan, de forma tal que un incremento en el precio relativo de bebidas azucaradas y de alimento con un alto contenido calórico deberían, en principio, inducir a los consumidores a una sustitución de los bienes consumidos. Aquí hay dos cuestiones: 1) qué tan inelástica es la demanda de estos bienes y 2) qué tantos sustitutos existen y qué tan alto es el grado de sustitución. Respecto del primero, uno de los principales determinantes de la elasticidad de la demanda es la intensidad con la cual un bien satisface una necesidad. Dado que este tipo de bienes satisfacen la necesidad de una rápida ingesta de calorías, es de esperar que la demanda sea relativamente inelástica, por lo que el incremento en su precio derivado del impuesto tendría un efecto relativamente pequeño sobre la cantidad demandada. La segunda, aunque sí hay sustitutos para satisfacer la necesidad de ingesta de calorías, estos, además de imperfectos, no son muchos, lo que refuerza el efecto de que la demanda sea muy inelástica.

Así, por ejemplo, en el seminario especial del Grupo Huatusco de economistas, celebrado el sábado pasado, el Dr. Arturo Fernández afirmó que el impuesto de 1 peso por litro a los refrescos sólo reduciría la ingesta de calorías en poco menos de 4 por ciento. Dada la inelasticidad de la demanda, es claro que el impacto sobre la obesidad de este tipo de impuestos es insignificante. Concluye que el propósito detrás de estos impuestos es recaudar más recursos y hacer al gobierno más obeso.

Y tercero, este tipo de intervención gubernamental es un atentado en contra de la libertad individual, no sólo porque el gobierno se meta en las decisiones individuales sobre qué bienes consumir, sino por el puro hecho de que le extrae a los agentes privados mayores recursos.

¿Por qué, con el mismo argumento, no le pusieron un impuesto a las tortas de tamal, al aceite y al azúcar?

ikatz@eleconomista.com.mx

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