Buscar
Opinión

Lectura 4:00 min

IFE: el prestigio que se perdió

Hubo un tiempo, hace 15 años, en que el Instituto Federal Electoral (IFE) tuvo un altísimo y bien ganado prestigio.

En aquellos buenos tiempos, cuando -dicen algunos- no había democracia en México, había estadistas. Ernesto Zedillo, el último Presidente de origen priísta, supo usar la fuerza de su partido para crear un instituto electoral conformado por prestigiados ciudadanos, libres de compromisos vergonzosos con las entidades a las que debían regular y sancionar.

El PRI de Zedillo, con altura de miras, aprobó las reformas políticas que los ciudadanos demandábamos.

Seguramente, algunos lo hicieron a regañadientes pero el estadista se impuso, aun sabiendo que el bien de la nación iba en contra de los intereses de su partido.

Hoy la historia es diametralmente distinta. No hay nación que esté por encima de la codicia de los partidos. Los que hemos padecido el abismo entre los intereses partidistas y las urgencias de la ciudadanía no podemos menos que recordar al IFE de José Woldenberg. Hoy, a la distancia, esos hombres parecen gigantes ante los miserables lacayos de intereses coyunturales que hoy cobran como consejeros ciudadanos pero que, en realidad, representan los intereses de las cúpulas de los partidos que les regalaron su huesito.

A diferencia del PRI en aquel 1996, el PAN y el PRD del 2011, con la mezquindad de los advenedizos y a través de sus consejeros a sueldo, han trabajado conjuntamente para defraudar la reforma constitucional pomposamente aprobada por ellos mismos en el 2007 y que, entre otras cosas, prohíbe las campañas de desprestigio, la guerra sucia.

Sabedores de la amplia ventaja del PRI en la carrera presidencial del 2012 y de su envidiable organización política a nivel local, pretenden recuperar lo perdido a través de spots en radio y televisión que denigren la imagen de los candidatos priístas.

Es tanta la ventaja entre el PRI y el resto de los partidos, que sólo con una guerra de lodo al más puro estilo de Antonio Solá podrían aspirar a no hacer el ridículo.

He indicado ya en este espacio que la reforma al Reglamento de Acceso a Radio y Televisión en Materia Electoral aprobada por el IFE, que fue impugnado por toda la industria de la radio y la televisión del país, no tiene otro objetivo más que el de abrir una rendija para la guerra sucia.

El reglamento obliga a los concesionarios de radio y televisión a subir al aire cualquier spot de los partidos en dos días, aunque en muchos casos esto sea técnica y materialmente imposible. Sin embargo, el IFE tarda cuando menos tres días en bajar del aire un spot contrario a la ley, entiéndase, de desprestigio. Es decir, un día más que el plazo que tiene el partido agresor para subir un nuevo spot al aire.

Así, antes de que el IFE pueda sacar del aire un spot lleno de lodo, el PAN, el PRD, el PT y Convergencia –ahora sí, muy amiguitos– ya habrán tenido la oportunidad de recetarnos otra ración de lodo.

Los partidos, de esta manera, siempre irán un día adelante del IFE en su guerra sucia y fue el propio Instituto quien aprobó este fraude a la Constitución. Aquel que debía regular y sancionar a los partidos políticos les pone en bandeja de plata las herramientas para la guerra sucia que viene. El IFE sabe que lo que exige a los concesionarios de radio y televisión –subir al aire cualquier spot, en cualquier lugar del país, en dos días– es materialmente imposible pero no importa. La razón puede soslayarse cuando se trata de mantener privilegios. Ya oiremos a algún afligido Consejero Electoral enumerar las hazañas que tuvo que realizar para que un spot ilegal salga del aire en tres días o más: que atravesó la sierra, se extravió en pantanos desmesurados, remontó ríos tormentosos y estuvo a punto de perecer bajo el azote de las fieras, la desesperación y la peste, antes de conseguir una ruta de enlace con las mulas del correo [1].

La democracia es cara y cansa. La democracia sin sentido cansa aún más. El IFE está repitiendo los errores de la República de Weimar que dio lugar al nazismo. Señores, la partidocracia sin programa, sin propuesta, sin rumbo, desemboca siempre en la dictadura.

Hitler y Chávez son un claro ejemplo, ambos usaron la democracia para destruirla desde dentro.

[1] Cien años de soledad. Gabriel García Márquez. Madrid, Alfaguara, 2007.

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí

Últimas noticias

Noticias Recomendadas