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¿Está muerta la “paz a través del comercio”?
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La globalización seguirá desarrollándose en direcciones nuevas e inesperadas, pero no es razón para rechazar la idea de que la interdependencia genera paz y prosperidad. Si bien la guerra en Ucrania ha sido devastadora, el hecho de que haya sido respondida con embargos financieros y energéticos, en lugar de una escalada nuclear, es un triunfo para la humanidad
BERLÍN – Desde la invasión rusa a Ucrania, los políticos alemanes han estado realizando una gira para disculparse por la dependencia de su país de los hidrocarburos rusos y defender la integración energética entre la UE y Rusia. El canciller alemán Olaf Scholz respondió a la agresión rusa declarando un Zeitenwende (punto de inflexión) y finalmente cerrando el oleoducto Nord Stream 2. Sin embargo, muchos todavía ven ese proyecto como una mancha en el honor de Alemania y su astucia política.
Un año y medio después, los líderes alemanes todavía están lidiando con los errores políticos del pasado y luchando por extraer lecciones claras de ellos. Dado que la economía alemana impulsada por las exportaciones sigue dependiendo profundamente del mercado chino, su enfoque hacia China es muy conflictivo y ambivalente.
Por lo tanto, a finales de junio, mientras el presidente estadounidense Joe Biden se negaba a disculparse por describir al presidente chino Xi Jinping como un “dictador”, el primer ministro chino Li Qiang realizó una cordial visita a Alemania, donde él y Scholz celebraron el papel de las empresas chino-alemanas, el cual podría enmarcar las relaciones para equilibrar la cada vez más tensa rivalidad chino-estadounidense. Pero luego, en septiembre, la ministra de Asuntos Exteriores alemana, Annalena Baerbock, repitió la burla de “dictador” de Biden, justo cuando el comisario de Comercio de la UE, Valdis Dombrovskis, aclaraba que “la UE no tiene intención de desvincularse de China”.
¿Los alemanes, y los europeos en general, se disculpan demasiado y piensan poco? Los críticos de la política alemana –que ahora es frecuentemente ridiculizada como “mercantilismo”, en honor a la excanciller Angela Merkel– dirían que sí. Sin embargo, el principio de que la economía puede moldear la política de manera beneficiosa merece más respeto del que ha estado recibiendo. Este fue el principio básico detrás de la “equivocada” Ostpolitik (Política Oriental) de Alemania, que veía la normalización de las relaciones económicas como un medio para asegurar la paz tanto durante como después de la Guerra Fría. Es también la idea básica detrás de la globalización moderna.
Algunos críticos sostienen que la Ostpolitik siempre se vio arrastrada por los defectos de ciertos individuos –como la incesante búsqueda de dinero del canciller alemán Gerhard Schröder, que lo convirtió en un títere voluntario de Gazprom; o la excesiva cautela de Merkel, quizás debido a su educación en Alemania del Este. Pero otros ven el enfoque alemán como un fracaso mayor nacido de la ingenuidad. Como dijo Robert Kagan hace 20 años, los cariñosos europeos son de Venus, mientras que los duros estadounidenses (y presumiblemente rusos y chinos) son de Marte.
En cualquier caso, la actual generación de líderes de Alemania pertenece a una larga tradición que también incluye a los cancilleres Konrad Adenauer (1949-63), Helmut Schmidt (1974-82) y Helmut Kohl (1982-98). El proceso de construcción de oleoductos para mejorar las relaciones con Rusia (o la Unión Soviética) comenzó a finales de la década de 1950 y desde entonces ha sido recibido con escepticismo por parte de Estados Unidos. Pero la cooperación económica que surgió de tales proyectos también sentó las bases para la apertura de la Unión Soviética bajo Mikhail Gorbachev.
La idea de que el comercio se presta a la paz, y viceversa, es aún más antigua. A mediados del siglo XIX, muchos alemanes consideraban deseable la unidad nacional, principalmente por los beneficios económicos que traería. Como explicó en su momento August Ludwig von Rochau -el hombre que acuñó el término Realpolitik- la unificación alemana no fue “una cuestión del corazón; para los alemanes se trata fundamentalmente de un negocio puramente comercial”.
Un siglo después, la misma filosofía creó la Europa moderna. El proyecto de la Unión Europea comenzó a principios de la década de 1950 como una “comunidad” para unir el carbón alemán y el mineral de hierro francés. La integración económica fue el primer paso para desactivar una antigua enemistad que había llevado a tres conflictos catastróficos entre 1870 y 1945.
Dado que ese proyecto funcionó, no es de extrañar que la misma idea sirviera de base para la respuesta de Europa al colapso de la Unión Soviética y la caída del comunismo. Un desafío geopolítico de tal magnitud requería un gesto igualmente amplio por parte de Europa. La coordinación de la defensa era una opción (cuyos beneficios se han vuelto obvios, en retrospectiva), pero los políticos europeos eligieron el dinero y la moneda única –el euro– para demostrar su compromiso mutuo. Dado que este proyecto económico logró integrar a Europa y preservar la paz entre sus miembros, es comprensible que muchos europeos intenten aplicar el mismo modelo a una escala global aún mayor.
La propia fe de Alemania en las interconexiones económicas refleja su posición geográfica. Históricamente, el famoso Mittellage del norte de Europa, con su falta de montañas impenetrables y otras fronteras naturales obvias, produjo una fragilidad desconocida para potencias oceánicas aisladas como el Reino Unido o los Estados Unidos. Es tan fácil para los ejércitos avanzar a través de una llanura abierta como para los comerciantes utilizar rutas litorales y terrestres para conectar a las personas. Por tanto, los alemanes siempre se han visto arrastrados entre Marte, el dios de la guerra, y Mercurio, el dios del comercio. Este marco de una u otra implica que si la guerra se vuelve impensable (como sucedió después de la Segunda Guerra Mundial), todo dependerá de la economía. Pero lo contrario también es cierto: si la historia del desarrollo económico falla, se vuelve más probable un retorno al conflicto.
Si bien la guerra en Ucrania ha sido devastadora, el hecho de que haya sido respondida con embargos financieros y energéticos, en lugar de una escalada nuclear, es un triunfo para la humanidad. Hasta ahora, la destrucción física sin sentido se ha limitado a un sólo país. Por lo tanto, la guerra ofrece lecciones importantes para pensar cómo Europa –y Estados Unidos, en realidad– deberían responder a China. ¿Debería el miedo a repetir los errores cometidos con el presidente ruso Vladimir Putin informar la estrategia para tratar con Xi, o continuar colaborando con China ofrece la mejor oportunidad de frenar a Rusia? Dado que la respuesta dista mucho de ser obvia, los europeos no deberían disculparse por hacer tales cálculos estratégicos.
A principios de este año, cuando los principales políticos y formadores de opinión alemanes celebraron el centenario de Henry Kissinger, subrayaron el hecho de que Kissinger –y su realismo característico– era un producto conjunto germano-estadounidense que había contribuido decisivamente a la formación de una Alemania democrática estable. Hicieron bien en hacerlo. Kissinger formuló un modelo que puede producir resultados poderosos y beneficiosos, incluso si siempre conlleva el potencial de fracasar.
La anterior política alemana y europea “equivocada” fue una apuesta a la globalización, y la globalización siempre está cambiando. Aunque sin duda seguirá desarrollándose en direcciones nuevas e inesperadas, esa no es razón para rechazar la idea de que la interdependencia a menudo respalda la paz y la prosperidad.
El autor
Profesor de Historia y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton, es el autor de The War of Words: A Glossary of Globalization.
Copyright: Project Syndicate, 2023