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Opinión

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Entre la palabra y León Portilla

Miguel León Portilla. Foto: Cuartoscuro

No vino al mundo con pretensión de fama o fortuna alguna. Todo fue sucediendo poco a poco y de vez en vez. Aunque en alguna ocasión dijera que ya desde el vientre de su madre se preveía lo que iba a ser y eso era justamente lo que le había pasado. Nacido en la ciudad de México, el 22 de febrero de 1926, a Miguel León Portilla, le tocaría develar y explicarnos el arte y el pensamiento de la civilización náhuatl, pero también rescatar la lengua, la literatura y el lenguaje de los pueblos originarios mexicanos.

Autor de obras tan importantes como “La Visión de los Vencidos” (1959) y “Los Antiguos Mexicanos a través de sus Crónicas y Cantares” (1961), León Portilla situaba sus orígenes como investigador en los paseos que de niño realizaba con su tío Manuel Gamio a explorar Teotihuacán. Y de sus principios como escritor hablaba del “periodiquito” que hacía circular entre familiares y amigos a los 12 años, confeccionado y escrito por él mismo.

“La historia me atrajo desde los años de mi infancia'', escribió. "Leía cuanto libro caía en mis manos, sobre todo los referentes al pasado indígena y colonial. Desde entonces admiré, entre otros, a Bernal Díaz del Castillo y Francisco Xavier Clavijero, cuyas obras encontré en la casa en que vivía, situada por cierto en la calle de Joaquín García Icazbalceta 93. Concluida la secundaria, estudié en el Colegio de los jesuitas en Guadalajara. Allí se acrecentó mi interés por la historia, aunque me sentí desde entonces atrapado por preocupaciones de índole filosófica. Para mí la filosofía no era asunto de interés meramente académico. Me atraía como camino para encontrar respuesta a preguntas que consideraba ‑y sigo teniendo‑ como de requerida respuesta. Después de la preparatoria estudié varios años en Loyola University en Los Ángeles, California, de nuevo con los jesuitas. Aprendí varias lenguas; leí los clásicos griegos, latinos, españoles, franceses, ingleses, alemanes y otros más. Historia y Filosofía siguieron siendo mis ocupaciones y preocupaciones primordiales. Fue entonces cuando leí algunas de las traducciones que el padre Ángel María Garibay K. había publicado, de poemas, cantares, discursos y otros textos de la tradición náhuatl prehispánica. Su belleza y profundidad me cautivaron y decidí acercarme a cuanta obra ‑crónica, historia o texto- me permitiera ahondar en lo que fue el pasado indígena en el que se habían producido esas expresiones.”

Y así lo hizo.

Aquel momento crucial - hito en la historia de su vida y de la nuestra- lo llevó establecer una relación académica y personal tan importante  con el padre Garibay que  lo acercó  a códices y fuentes primarias y se convirtió en la llave que abriría la puerta de una nueva concepción de nuestro origen. El examen de doctorado de Miguel León Portilla, con la tesis “La Filosofía Náhuatl estudiada en sus fuentes” se convirtió en texto fundamental para el estudio de la historia precolombina. Siempre trabajando, en la edición revisada de tal libro, de 1959, León Portilla escribe:

“Como todo lo que en alguna forma es portador de vida, también los libros vuelven a vivir cuando su significación se actualiza en la conciencia de quienes los leen. Además, desde un punto de vista diferente, los libros se mantienen vivos cuando, al ser reeditados, sus autores a su vez los reactualizan enmendando posibles deficiencias y añadiendo lo que consideran necesario. En la presente edición he hecho una y otra cosa: enmendado carencias y la he adicionado con un texto que intitulo: "¿Nos hemos acercado a la antigua palabra?”

Y así, otra habilidad de Miguel León Portilla nos fue revelada: además de establecer los conceptos fundamentales del pensamiento de los antiguos mexicanos, colocó en un sitio de honor  a la palabra -no por una definición a base de género o de diferencia lingüística- , sino afirmando que iluminaba la realidad como "una gruesa tea que no ahuma”.

Y la conexión que estableció, entre los rasgos más significativos de las lenguas originarias, la raigambre de cada pueblo y la importancia de conservar escritos y decires se convirtió en conocimiento, urgencia, verdad y el más apreciable de los regalos. También es motivo de festejo.

 Antes de Miguel León Portilla las manifestaciones de arte y cultura en los grandes centros del Renacimiento nahua como Texcoco y Tenochtitlan eran casi puro asombro. Deleite de propios y extraños, como lo atestiguan desde las Cartas de Relación de Cortés y las historias de Bernal Díaz del Castillo, hasta los asombrosos informes de Humboldt. A veces exquisitas memorias de viaje como los exquisitos diarios de Madame Calderón de la Barca o colecciones casi turísticas de las cartas de los viajantes extranjeros tratando de contar cómo era México. Sin embargo, en aquellos tiempos nadie sabía nada de la palabra original, de la poesía, de cómo expresaba el hombre indígena la visión de su propia existencia y su relación con el universo. Mucho menos de la filosofía. Y es que ninguno había leído a Miguel León Portilla.

(Tampoco conocían su poema favorito: Cuando muere una lengua/ Para siempre se cierran/ A todos los pueblos del mundo/ Una ventana, una puerta, / Un asomarse/ De modo distinto/ A cuanto es ser y vida en la tierra.)

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