Buscar
Opinión

Lectura 4:00 min

El deporte y la política internacional

Tradicionalmente, como sugiere el concepto “atleta de Estado”, se ha pensado al deporte profesional como una herramienta política disponible para que los países avancen sus objetivos en el exterior. Sin embargo, un sistema global complejo, compuesto también por actores no estatales, permite a otras figuras utilizar al deporte como un medio para impulsar agendas, visibilizar símbolos y hacer política. Podemos señalar entonces cuatro grandes maneras en que el deporte sirve como herramienta de política internacional, tanto al Estado como al resto de actores internacionales.

Primero, está la proyección de poder suave, entendido como la capacidad de un país para influir -sin recurrir a la coerción- en otros actores, gracias a la percepción que se tiene de él. Los Estados utilizan el deporte para incrementar esta capacidad, pues saben que un país caracterizado por ganar competencias deportivas es un país respetado y admirado, un país más influyente.

El ejemplo más notable de esta estrategia es el medallero de los juegos olímpicos: las grandes potencias invierten en la formación de atletas, con el fin de aparecer en los primeros puestos de la tabla. Otra manera de ganar prestigio internacional es organizar eventos deportivos que sirvan de ventana al mundo, a fin de poder exponer las fortalezas nacionales. Mundiales de futbol, juegos olímpicos o torneos regionales son muestras de ello.

Segundo. El deporte funciona como medio para canalizar los conflictos. Si los equipos deportivos pueden representar identidades, entonces también pueden representar los conflictos entre ellas y buscar una resolución simbólica. En 1972, en plena Guerra Fría, el neoyorkino Robert J. Fisher arrebató al soviético Boris Spassky el título mundial de ajedrez; un duelo que incluso Henry Kissinger vigiló personalmente y ayudó a difundir en el hemisferio capitalista, debido a la enorme carga política que implicaba.

Un tercer aspecto del deporte es la protesta. Este es quizá el rubro más idóneo para la participación de actores no estatales, principalmente individuos y grupos que tienen la posibilidad de lanzar mensajes contundentes a todo el mundo y conseguir apoyos favorables a una causa específica. Tommie Smith y John Carlos protestando con sus puños, en los juegos olímpicos de México 68; los tenistas Alex Metreveli, de Rusia, e Istvan Gulyas, de Hungría, manifestándose en Wimbledon contra el apartheid; o la futbolista brasileña Marta alzando la voz contra el acoso sexual. La protesta convierte al deportista en actor político y convierte a su palestra en un espacio muy potente de expresión.

Finalmente, el deporte facilita la visibilidad de agendas internacionales. Las organizaciones globales, como la FIFA o el Comité Olímpico Internacional (COI), desempeñan, aunque no exentas de polémica, un papel importante. Por ejemplo, el COI decidió, desde 2016, incorporar a la justa olímpica de verano un “equipo de atletas refugiados”, que recuerda al mundo la realidad de más de 80 millones de personas a nivel mundial. Por otra parte, la FIFA, así como la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA) han impulsado la lucha contra la discriminación y el racismo, llegando incluso a sancionar manifestaciones xenófobas.

Asimismo, las organizaciones intergubernamentales, como la ONU, aprovechan la popularidad de grandes atletas para promover agendas relacionadas con su trabajo. Serena Williams y Roger Federer, por ejemplo, son embajadores de buena voluntad del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y el futbolista Didier Drogba promovió la paz tras el conflicto en su natal Costa de Marfil.

Los recientes juegos de Tokio, así como la suspensión imprevista del partido de futbol entre Argentina y Brasil de hace unas semanas, por parte de las autoridades sanitarias del país amazónico, nos recuerdan la inevitable dimensión política de la práctica deportiva. Ya sea para incrementar la influencia nacional, para canalizar los conflictos o para visibilizar agravios y agendas. El deporte se ha ganado un muy digno lugar entre las líneas de investigación de las relaciones internacionales y el análisis de política exterior, que vale la pena expandir y profundizar. 

*Mauricio Rodríguez Lara es internacionalista por El Colegio de México, actualmente estudia el posgrado en Ciencia Política (CIDE). Se ha desempeñado como consultor en comunicación política y asuntos internacionales.

Temas relacionados

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí

Últimas noticias

Noticias Recomendadas