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Opinión

Lectura 3:00 min

El cártel negro

El libro nos relata algo más novedoso: los procesos que han surgido para saquear a la paraestatal y, de manera indirecta, a la sociedad mexicana.

Los conductores del matutino radiofónico entrevistaban a la periodista Ana Lilia Pérez con motivo de su reciente libro El cártel negro. El tema: cómo el crimen organizado se ha infiltrado en el negocio petrolero. Me impresionó el reportaje y procedí a adquirir la publicación. Una lectura rápida dictó las líneas que siguen.

En términos generales, el libro habla de dos cosas. Por un lado, de las prácticas irregulares que han ocurrido en Petróleos Mexicanos (Pemex) desde hace décadas y de las cuales todos estamos informados. Por otro lado, se nos habla de algo más novedoso: de los procedimientos que han surgido en tiempos recientes para saquear a la paraestatal e indirectamente a la sociedad mexicana. Es por esta última razón que se recomienda la lectura de la obra comentada.

Por años, la opinión pública ha estado informada del contratismo que campea en Pemex. Los contratistas se mochan o se ponen a mano con los distintos funcionarios de la paraestatal o con los líderes sindicales del gremio o con ambos para que las empresas que dirigen se vean favorecidas en las compras que realiza la entidad de insumos o de servicios externos.

En tiempos recientes se suscitó un escándalo cuando el público se enteró de la práctica usual en las estaciones de venta de gasolina de vender litros de 900 o 950 mililitros.

Por Ana Lilia Pérez nos enteramos de que en ese sector hay muchas otras prácticas saqueadoras. Quizá la más conocida se refiera a la ordeña de ductos de combustible que se ha vuelto muy dañina: el quebranto se estima en casi 16,000 millones de pesos anuales. Y a ello cabe agregar lo que en la jerga petrolera se llama huachicoleo y que no es otra cosa que la ordeña de los transportes que trasladan combustibles.

Los ordeñadores e incluso las bandas de narcotraficantes han encontrado una fórmula idónea para lavar las ganancias que les generan sus negocios ilícitos: la propiedad y manejo de estaciones de gasolina. Y a lo anterior cabe agregar los robos de todo tipo que se perpetran contra la empresa en sus instalaciones.

Dice claramente la autora que muchas de estas prácticas irregulares serían irrealizables o tendrían una magnitud mucho menor si no fuera por la colusión de funcionarios y empleados de la paraestatal.

A lo anterior, yo agregaría algo igualmente importante: el gran problema de la impunidad. A nadie se le consigna, todos los perpetradores se salen con la suya. ¿Hasta cuándo?

bdonatello@eleconomista.com.mx

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