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Opinión

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Doscientos y todavía contando

La historia congeló a Guillermo Prieto justo como aparece en las monografías que todavía se compran en la papelería.

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La historia congeló a Guillermo Prieto justo como aparece en las monografías que todavía se compran en la papelería. Como un regordete cincuentón en una pose heroica: cubriendo con su cuerpo a Benito Juárez de mediocre pelotón de fusilamiento mientras pronuncia su frase más recordada: “¡Los valientes no asesinan!”.

La imagen permanece en los antiguos libros de texto gratuito y todavía en el relieve que se conserva en el Palacio de Gobierno de Guadalajara, sitio de aquel acontecimiento. Durante mucho tiempo, Don Guillermo vivió de aquella mediana gloria. Una especie de héroe nacional de reparto, contrapunteando siempre la actuación del protagónico. Pero la fortuna, decía Gracián, cualquiera se cansa de llevar siempre a un mismo hombre sobre las espaldas. Y hubo de llegar el tiempo del reconocimiento y otras justicias. Porque Guillermo Prieto dijo sus más ilustres frases por escrito y emprendió su lucha más loable – terca, divertida y obsesiva- a favor de la palabra, la patria y la memoria.

Nacido hace casi doscientos años 10 de febrero de 1818, en el número 5 de la Calle Portal de Tejada, no muy lejos de Salto del Agua, Prieto llegó a un México donde la agricultura estaba arrasada, la minería desplomada, la independencia pendiente y el país a punto de conformar su Historia. Pasó su infancia en el Molino del Rey, del cual su padre era administrador y vivió toda su infancia entre la salud del aire fresco, los pastores, las comidas de barbacoa y las caminatas sobre el acueducto. Difícil que, con sólo 4 años, tuviera presente el triunfo de la independencia, la proclamación como emperador de Iturbide y su estrepitosa caída diez meses después.

De su niñez– nos ha contado por escrito en Memorias de mis tiempos- recuerda el balcón de Portal de Tejada, casa de sus abuelos, desde donde observaba a una increíble cantidad de personajes y aprendió una notable colección de majaderías.  Cuenta que una sola vez, estuvo con Vicente Guerrero, habló con él de papalotes y de trompos, adoró sus maneras amables con “aquel talento que hacía olvidar su ignorancia” y cómo, ante sus ojos infantiles, este caudillo del sur tuvo dimensiones de coloso.

Pero la infancia, como siempre, terminó pronto y de manera dolorosa. Su padre murió, su madre se volvió loca de dolor, la herencia desapareció y Guillermo quedó solo, primero a cargo de dos ancianas, antiguas empleadas de su madre y después nada más a cargo de su ingenio. Como escuela – de ahí la delicia de sus crónicas-  tuvo la calle, los chismes de las banquetas, las curiosidades de las plazas, los decires de cada personaje en distintas esquinas. Cuenta Prieto en Memorias de mis tiempos -uno de los dos o tres grandes libros mexicanos del siglo XIX, según Carlos Monsiváis- que gracias a una melodramática y temeraria entrevista con Andrés Quilatan Roo, en esos momentos Ministro de Justicia de Santa Anna, pasó del desempleo a trabajador en aduanas y de iletrado a ser alumno del Colegio de San Juan de Letrán.

Todo mejoró bajo la protección de su maestro –que también era poeta- porque estudiaba matemáticas, inglés y gramática por las mañanas y tenía tiempo de escaparse a la calle a comerse unas fritangas y a platicar con los muchachos en las tardes. En la aduana convive con músicos, toreros, empresarios y dependientes y a veces se da una vuelta a tomar clases de Historia en el Colegio de Jesús con su amigo Manuel Payno.

En 1833 apareció su primera composición firmada, colgada de los pórticos de todas las iglesias. Eran versos por encargo, alusivos a la epidemia de cólera que azotaba la ciudad y de la cual se había curado su hermano casi milagrosamente, “un sonetazo para chuparse los dedos”, escribe Prieto feliz, sin falsa modestia.

Escribir, la verdadera vocación y el mejor oficio de Guillermo Prieto, sería una tarea constante, una necesidad inaplazable, su mejor arma política y la manera perfecta para opinar, registrar e intervenir en las convicciones y costumbres de sus tiempos.

Literariamente tuvo, ahora sí, un papel protagónico importante. Al lado de Manuel Tonat y de los hermanos José María y Juan Lacunza, fundó en 1836 la Academia de Letrán, inaugurada una tarde en el cuarto de los hermanos Lacunza -con degustación de piña azucarada incluida- debido a lo corto del presupuesto. Por ahí pasaron todos los literatos relevantes de aquel tiempo: Manuel Carpio, José Joaquín Pesado. Ignacio Ramírez, Eulalio María Ortega… El presidente vitalicio fue, por supuesto, Don Andrés Quintana Roo.

Pero fue el trabajo periodístico lo más constante en su quehacer literario. En el periódico El siglo XIX escribió por más de 53 años su columna semanal en prosa y verso “Los San Lunes de Don Fidel” donde comentaba los sucesos políticos, sociales y religiosos y se hizo de un buen número de fanáticos.

Colaboró también con El Monitor Republicano y, con Ignacio Ramírez fundó, en 1845, el diario satírico Don Simplicio que un año más tarde, por órdenes del gobierno tuvo que suspender su publicación por ver a sus redactores encarcelados y amenazados. Sin embargo, Prieto siguió escribiendo prosa y poesía y coleccionando seudónimos variopintos: Tío Soplatesa, Pollino, Fray Simplicio; Don Toribio, Tío Camorra, Fidel y Zancadilla.  Todo ello, por supuesto, a la par de su labor política. Parecía increíble, pero resultaba que el autor de El Romance de la Migajita era el Ministro de Hacienda

Sin importar guerras o invasiones o cuál nación había decidido intervenirnos, Prieto publicaba dondequiera que estuviese, ya fuera en algún periódico, hoja, volante o folleto siempre y cuando contribuyera a la causa de la República. No olvidaba el buen humor por muy serio que fuera el compromiso.

Cuentan que cuando Prieto estuvo encargado del Diario Oficial en Paso del Norte, como miembro del gabinete del gobierno de Juárez en Chihuahua, se divertía mandándole recados cifrados de perdón a Francisco Zarco. Refugiado en Durango, Zarco, en cuanto recibía el diario, se apresuraba a “refritear” las notas elaboradas por su amigo Prieto para publicarlas en el periódico que él mismo hacía. “Si tú me perdonas”- le escribió Zarco-. “Yo te perdono-contestó Prieto, para consternación del poeta y diversión de los liberales- que hayas escrito que la bandera de Francia lleva una flor de lis”.

Y es que hacer escarnio al enemigo también fue una de sus habilidades. En El Monarca, una publicación menor, en desvergonzada alusión a Maximiliano, dio a conocer la virulenta sátira que se hizo famosa: “Ya vino el Güerito, me alegro infinito, ¡ay, hija!, Te pido por yerno un francés”. Inserto en el gusto de la gente, durante la Guerra de los Tres Años, su canción “Los cangrejos” fue el himno que cantaban a diario los miembros del ejército liberal. Adoptado para otras muchas tropelías extranjeras a la letra decía en su coro: “Cangrejos, al combate, cangrejos, al compás; / un paso pa' delante, doscientos para atrás.”

Esgrimiendo siempre ideas liberales, Prieto, además de escribirlo todo, fue secretario particular de Valentín Gómez Farías y Anastasio Bustamante; ministro de Hacienda con Mariano Arista, Juan Álvarez, y Benito Juárez; diputado quince veces y, al final, ministro de Relaciones Exteriores en el gabinete de José María Iglesias.

Cuentan que en 1890 el periódico La República convocó a un concurso para reconocer al poeta más popular. Prieto ganó y fue declarado por Altamirano “el poeta mexicano por excelencia, el poeta de la patria.” Es por eso que, a 200 años de su nacimiento, todavía puede leerse como lo lee usted ahora mismo lector querido, junto a las noticias del periódico de hoy.

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