Buscar
Opinión

Lectura 5:00 min

Desde la levedad hasta la consistencia

“El escritor italiano Italo Calvino, de 62 años, murió a las 3:30 horas de la madrugada de ayer en el hospital de Siena en el que había sido ingresado el pasado día 6 de septiembre. Calvino se sintió repentinamente indispuesto cuando se encontraba en su casa de campo de Roccamore, en el litoral de Grosseto, y fue ingresado en estado de coma a consecuencia de una hemorragia cerebral. Una operación posterior que duró seis horas fue superada por el paciente, aunque en los días posteriores los partes médicos señalaron la gravedad de su estado. Hace tres días había entrado en coma irreversible tras sufrir un segundo ataque cerebral que anuló las posibilidades de recuperación”.

Leyendo tal desgracia amaneció el mundo aquel 20 de septiembre de 1985. Y ningún periódico ofreció consuelo alguno. Precisiones, sí. Muchas hasta inventándose un estilo: “El diagnóstico es una hemiplejia en el lado izquierdo del cuerpo. Irreversible y en ese lado izquierdo habitaba una parte del autor”.

Aparecieron insólitos papeles. Mejores, amorosos y componiendo historias. A la manera de investigación puntual, de íntima amistad y citando títulos de sus obras: “Noche del 18 al 19 de septiembre de 1985. Hospital Universitario Santa Maria alle Scotte de Siena. El enfermo ya camina por Laudomia, la ciudad de los muertos. “Soy una lámpara encendida”, advierte desconcertando a los que lo escuchan. Balbucea posibles argumentos novelescos, llama a personajes de ficción, parece escribir en el aire de su habitación de moribundo. Es Italo Calvino, que pasea definitivamente por la última, o quizás la primera, de las ciudades invisibles”.

Pocas semblanzas. Casi ninguna biografía para los que, sin saberlo, sufrían también de la desgracia de no haberlo leído. Algunas líneas que explicaran que Italo Calvino, hijo de un ingeniero agrónomo, había nacido el 15 de octubre de 1923 –ya casi estaremos celebrando su centenario–, habitado en San Remo la mayor parte de su infancia y quiso educarse en Turín, pero que, tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial –durante la cual luchó como partisano contra el fascismo– había abandonado la academia para dedicarse a las letras.

Pocos dijeron que, en su primera novela, “Los senderos de los nidos de araña”, relató su experiencia en la resistencia y que no paró de escribir libros maravillosos hasta convertirse en uno de los principales narradores italianos del siglo XX.

Será que muchos no se adentraron en el pesar de su muerte, porque cuando Calvino murió aquel 19 de septiembre, internet no era una red accesible, no existían las computadoras personales, la distancia era larga, los formatos digitales inaccesibles y para leer obras de su autoría como “Si una noche de invierno un viajero”, “El vizconde demediado”, “El barón rampante”, “El caballero inexistente”, “Las cosmocómicas”, “El castillo de los destinos cruzados” o “Las ciudades invisibles”, se hubiera requerido invertir en el más precioso tiempo y tal vez abandonarlo todo.

Calvino, porque además de divertido gozaba de una feroz inteligencia, estaba persuadido de que “el nuevo milenio sería tecnológico, que los tiempos de lectura se irían reduciendo y que la imagen visual se impondría hegemónica sobre la letra impresa”. No era psíquico, ni mentalista ni nigromante, mas lo consignó todo con palabras.

Un año antes de morir, en junio de 1984, la Universidad de Harvard invitó oficialmente a Calvino a ocupar la cátedra The Charles Eliot Norton Poetry Lectures, donde debía hablar de toda forma de comunicación artística con formato y contenido totalmente libre. Ilusionado, comenzó a escribir una serie de ponencias con puntos que consideró fundamentales para la construcción de todo aquello que se quisiera crear y transmitir, contenido que después quedaría reunido en un libro esencial que se publicaría en 1988: Seis propuestas para el próximo milenio.

Las propuestas resultaron ser lecciones. No simples palabras ni nombres de un archivo: Levedad, Rapidez, Exactitud, Visibilidad y Multiplicidad. Sin embargo, hasta hoy, puras verdades son, lector querido.

Como bien explica Karelia Vázquez en su artículo “El milenio de Calvino”, publicado hace dos años, también haciendo un homenaje a la muerte del escritor, Calvino halla en todas sus propuestas una suerte de epifanías: “propone limpiar la escritura de las adherencias de la pesadez del mundo (Levedad); rompió una lanza a favor de las formas breves y exaltó la digresión como una estrategia de concisión dentro de narraciones largas (Rapidez); instó a utilizar la ciencia y las bellas artes como paradigmas de simetría y precisión en el lenguaje (Exactitud); tendió puentes entre el imaginario y las imágenes, para concederle a lo visual un estatuto literario (Visibilidad), e hizo hincapié en la epopeya enciclopédica que deberían asumir los escritores del futuro, conscientes del saber adquirido y conscientes del saber del que estarán excluidos (Multiplicidad)”.

Aquí estamos y así estamos, aunque no nos demos cuenta. Piense usted, lector querido en las redes sociales, blogs, series y docuseries, minificción, microensayos, novelas fragmentarias, guiones largos de corto alcance y todas las formas analógicas y digitales que hoy se multiplican. Pregúntese también si no es que falta una, porque dijimos seis. Y tendrá usted razón porque Calvino pensaba redactar la última propuesta en el campus de Harvard, más no se halló nunca, no existe borrador y se habría titulado Consistencia. 

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí

Últimas noticias

Noticias Recomendadas