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Opinión

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Crónica de un plan para ganar la paz

El abrazo de Acatempan abrió cauce al Plan de Iguala en 1821.

Habían pasado más de diez años y parecía que la guerra no iba a acabarse nunca. Comenzaba el año de 1821 y el movimiento insurgente, ya comandado por Vicente Guerrero, poco a poco tomaba el control. El ejército enemigo, los realistas, a cargo de Agustín de Iturbide, afinaba estrategias para acabar con ellos. Mientras tanto, los enfrentamientos entre ambas tropas subían de intensidad y tono. Parecía que la campaña que había ordenado el virrey Apodaca para recuperar el sur del territorio y acabar con Vicente Guerrero había empezado muy mal, con la derrota de Zapotepec, donde las bajas habían sido terribles. La inferioridad militar de los insurgentes ya no parecía ser factor de triunfo. Tampoco el hecho de que Iturbide estuviera resentido y planeara vencer a toda costa. Sin embargo, ambos sabían que los enfrentamientos serían cada vez más sangrientos y difíciles, que el pueblo ya estaba harto y dolido, y que la balanza se había inclinado a favor de la independencia.

Cuentan que las ideas libertarias de la Ilustración, el rechazo al absolutismo y los movimientos emancipadores que comenzaron a surgir en el mundo entero no eran extraños ni para Guerrero, ni para Iturbide. Y que –como si se tratara de un milagro– ambos, inspirados por ello, decidieron transmitir la idea de que todos envainaran sus espadas con honor para lograr que los que habían sido adversarios se vieran como hermanos, lucharan por la unión y reconocieran sus vínculos indisolubles. Estaban convencidos que había llegado el tiempo de la paz, y pensaron que la mejor estrategia era pactar una alianza. Hacer un plan. (Sonaba muy bonito, ¿no es verdad, lector querido?). Nomás faltaba acordar y negociar las condiciones.

Y entonces comenzó el papeleo:

La primera contribución de Vicente Guerrero al plan fue por escrito, en cartas que le mandó a Iturbide para acordar el acercamiento y una tregua, En la misiva fechada el 20 de enero de 1821 puede leerse lo siguiente:

“Cuando agonizaba España, cuando oprimida hasta el extremo por un enemigo poderoso, estaba próxima a perderse para siempre; cuando más necesitaba de nuestros auxilios para su regeneración, entonces ustedes descubrieron todo el daño y oprobio con que siempre alimentaron a los americanos; entonces declara su desmesurado orgullo y tiranía; entonces reprochan con ultraje nuestras humildes y justas representaciones; entonces se burlan de nosotros y no se nos concede la igualdad de representación, ni se quiere dejar de conocernos con la infame nota de “colonos”. Horroriza una conducta como ésta, tan contraria al derecho natural, divino y de gentes. Por ello, estrechados entre la ignominia y la muerte, preferimos ésta última, y gritamos: independencia. Soy del sentir que lo expuesto es bastante para que usted conozca mi resolución y la justicia en que me fundo, sin necesidad de mandar a nadie a discurrir sobre ninguna propuesta. Porque nuestra única divisa es libertad, independencia o muerte. Si este sistema fuese aceptado por usted, confirmaremos nuestras relaciones y combinaremos planes. En caso contrario no volveré a recibir contestación suya, ni verá más letra mía”.

Iturbide leyó la carta y aceptó complacido. El pacto fue sellado en entrevista presencial, en un episodio conocido históricamente como “el abrazo de Acatempan”. Después de aquel encuentro, realizado el 10 de febrero de 1821, convinieron en tres objetivos principales para el plan: establecer la Independencia de México, declarar la religión católica como única y absoluta y asentar la unión de todos los individuos, declarando la igualdad entre americanos, españoles, africanos, asiáticos y todos quienes hubieran nacido o vivieran en nuestro territorio. Después, Guerrero cedió el mando a Iturbide para encabezar el cierre del movimiento y proclamar oficialmente el plan.

Atesorado en la Historia como Plan de Iguala o Plan de las Tres Garantías, el documento se compuso de una proclama inicial, 24 “bases sólidas” numeradas y una proclama final. Agustín de Iturbide, decidió que el 24 de febrero, sería la fecha ideal para dar a conocerlo y el lugar, Iguala. Presidiendo la ceremonia, en su discurso dijo así:

“No teniendo enemigos que batir, confiemos en el Dios de los ejércitos, que lo es también de la paz, que cuantos componemos este cuerpo de fuerzas combinadas de europeos y americanos, de disidentes y realistas, seremos unos nuevos protectores, unos simples espectadores de la obra grande que hoy he trazado, y que retocarán y perfeccionarán los padres de la patria. Asombrad á las naciones de la culta Europa; vean que la América Septentrional se emancipó sin derramar una sola gota de sangre. En el transporte de nuestro júbilo decid: ¡Viva la religión santa que profesamos! ¡Viva la América Septentrional, independiente de todas las naciones del globo! ¡Viva la unión que hizo nuestra felicidad!“.

Firmado y rubricado por Agustín de Iturbide –como bien lo atestigua su versión impresa– el Plan de Iguala también propuso la creación del Ejército de Las Tres Garantías que velaría por la quietud y conservaría la paz e independencia de la nueva nación mexicana, independiente de todas las naciones del globo.

Puede usted celebrar el plan desde hoy mismo, lector querido. Tiene toda la semana para pensarlo.

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