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Celebrando 100 años de Augusto Monterroso
Augusto Monterroso, escritor. Foto EE: Cortesía FIL
Nada más Tito. Todos quienes lo quisimos lo llamábamos así. En corto. No para disminuirlo o para hacer homenaje a su brevedad al escribir, ni para señalar su corta estatura. Solamente porque era cercano. Sencillo. Amable y divertido. Y porque toda la vida prefirió burlarse de sí mismo antes que subirse al pedestal de su grandeza literaria. (Solía decir convencido que si Rubén Darío hubiera medido un metro noventa, la poesía en castellano estaría aún en Núñez de Arce y que la Musa se hallaba más a sus anchas en un cuerpo pequeño).
Sin embargo, Augusto Monterroso, nacido hace 100 años, el 21 de diciembre de 1921, es de los más grandes escritores de la literatura hispanoamericana contemporánea. Mexicano, sin duda. Aunque haya visto la primera luz en Tegucigalpa, pasado la niñez y juventud en Guatemala y los primeros años de su exilio en Bolivia y Chile. Mexicano, porque llegó a nuestro país en 1956 para establecerse definitivamente, y porque aquí encontró el amor definitivo y escribió y publicó toda su obra literaria.
Sin aspavientos, sin millones de páginas escritas, sin un estilo abundante en metáforas, aliteraciones o disfraces cuajados de filigranas retóricas, Monterroso es un clásico (no niegue usted, lector querido, las muchas veces que ha escuchado que su cuento, “El dinosaurio” es el más breve del mundo porque solamente dice así: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”). Y es que todo lo que salió de la pluma de Monterroso fue la palabra exacta. Textos a los que nunca les sobraba ni les faltaba nada, con un sentido del humor- todo ingenio y feroz inteligencia- aderezados con la precisa dosis de melancolía.
Hay que leer sus libros – que se van como agua- para después darse cuenta que, hasta ese momento, uno sabe muy poco del mundo, de los libros, de los escritores, de las ovejas y las moscas, por qué vivir tiene sentido y por qué hay que reírse del sentido de la vida. (Fíjese, lector querido en algunos de los aforismos que su personaje, Eduardo Torres, consigna en el libro “Lo demás es silencio”, definiciones como “La nostalgia está a la vuelta de la esquina” o “Los enanos tienen un sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista” o “Al amigo que se aleja ábrele pronto la puerta” o bien micro genialidades como “Te conozco mascarita”, donde Tito escribe: “El humor y la timidez generalmente se dan juntos. Tú no eres la excepción. El humor es una máscara y la timidez otra. No dejes que te quiten las dos al mismo tiempo”.
Monterroso nunca creyó que fuera ni un maestro, ni un literato extraordinario al cual había que seguir y adorar. A menudo decía que no tenía ni idea de cómo escribir un cuento o un ensayo -después de sus fantásticos cuentos y sus irrepetibles ensayos- pero era evidente que sabía de los peligros de escribir y mostrar lo que escribía: “Si el texto es largo- decía- te van a pedir que lo acortes; si es breve, que sea más largo; si es divertido, que nunca les provoques una lágrima; si los dejó satisfechos, que ya escribas el siguiente. Y cuando ya no escribas nada, los mejores se preguntarán por qué desperdicias fama y talento; y los peores que la pluma no te daba para tanto”.
En un español perfecto y sin detenerse por exigencias o deseos ajenos, Monterroso escribió no más de 600 páginas, sin llegar a la docena de volúmenes. Su primer libro, de 1959, se llamó “Obras Completas (y otros cuentos)”, le siguieron “La oveja negra y demás fábulas”, “Movimiento Perpetuo”, “Lo demás es silencio”, “La palabra mágica”, “La letra E”, “La Vaca”, “Viaje al centro de la fábula”, “Los buscadores de oro” y “Pájaros de Hispanoamérica”.
En 1970, Monterroso ganó el Premio Magda Donato y en 1975 el Premio Xavier Villaurrutia. En 1988 se le entregó la Condecoración del Águila Azteca, por su aporte a la cultura de México y fue galardonado con el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances en 1996. Recibió su último reconocimiento en el 2000, cuando fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras por toda su trayectoria literaria. Tito abandonó este mundo el 7 de febrero de 2003.
Breves pero grandiosas, sus obras, transforman la opinión que todo lector tiene sobre los asuntos que toca. Nos enseñan de fábulas o los cuentos, nos advierten de Borges y de Góngora, aconsejan sobre cómo escribir y leer una traducción y hasta nos acompañan a visitar al Bien, al Mal y al Mono que quería ser escritor satírico, solamente por citar algunas muestras. Más siempre, ya cerrado cualquiera de sus libros, lo único que se nos antojará será seguir leyéndolo. Estaremos seguros, como lo estamos hoy, que han quedado eternamente sus palabras y cada vez que despertemos, todavía estarán aquí.