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Opinión

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Antes y después de Ibargüengoitia

Hace 38 años la ciudad de México era como un mundo raro. Más calma y lenta - lejos de la actual condición de megalópolis- era un territorio lleno de posibilidades simples. Si la idea era hacer ejercicio, se podía correr en Chapultepec o en cualquier parque o camellón; para curar la cruda, encontrar desde pancita hasta caldo de Indianillas casi en cada esquina, y si se trataba de comer afuera los domingos todavía se podía una torta de Armando, o unas enchiladas de pavo de Los Guajolotes.

Vuelta era la revista cultural más vendida en los puestos de revistas y las librerías más importantes de la ciudad eran Gandhi -solamente una en Miguel Ángel de Quevedo- y El Parnaso que estaba justo en el centro de la plaza de Coyoacán y hoy ya descansa en paz.  El dólar costaba 162 viejos pesos y la imagen de Justo Sierra había sustituido a la de Sor Juana en un billete que entonces era de dos mil.  Se acababa de inaugurar el teatro del Polyforum Cultural Siqueiros, a los pies de un inútil para huéspedes Hotel de México.

Era 1983 y los muy negros y solemnes discos LP – hoy reaparecidos como triunfantes vinilos- habían perdido diámetro, importancia y densidad para volverse “compactos” (CD’s). Había aparecido el primer teléfono celular, que pesaba casi un kilo, (sin contar los mil quinientos gramos de la pila para cargarlos) que provocaba contracturas al que lo traía colgado al hombro y el pasmo reverencial de quienes lo contemplaban.

Todo lo bueno, culturalmente hablando, parecía juntarse al mismo tiempo y en el mismo lugar: Juan Rulfo había ganado el premio Príncipe de Asturias, Augusto Monterroso publicado La palabra mágica y Julio Cortázar: “Los autonautas de la cosmopista”. El mundo de la literatura era pura fiesta y el trauma del fuego en la Cineteca Nacional estaba a punto de convertirse en humo. Parecía que el año iba a terminar sin más escollo o drama y solo había que esperar la Navidad. Sin embargo, no fue así. El 27 de noviembre de 1983 un accidente aéreo acabó con la vida de Jorge Ibargüengoitia.

Escritor de múltiples registros, autor de novela, relato, teatro, crónica periodística y cuento infantil, era también personaje favorito. Tal vez por su estilo irónico, mordaz, crítico y divertido. Tan inteligente en sus composiciones que acabaría influyendo a muchos de los escritores mexicanos nacidos a mediados del siglo XX.

Originario de Guanajuato, su vida comenzó con una significativa coincidencia: Ibargüengoitia nació en el mismo año en que murió Álvaro Obregón y las circunstancias de tal magnicidio lo inspiraron, años después, para escribir “El atentado” una obra de teatro que, entre otras cosas marcó el abandono de sus aspiraciones como dramaturgo. (Durante mucho tiempo reconocería que tenía "facilidad para el diálogo, pero incapacidad para establecerlo con la gente del teatro”).

Una vez abandonado el teatro, le dio por escribir novelas, muchas de ellas de inspiración histórica nacional. El Atentado había sido el principio. Después vendrían Los relámpagos de agosto, considerada como un reverso de la novela de la Revolución y donde un ficticio general, José Guadalupe Arroyo, siempre está tomando las decisiones equivocadas. Aleccionadora y divertida, con tal obra se ganó el premio de novela Casa de las Américas en 1964.

Y siguió escribiendo. Vendrían “Los pasos de López”, un cambio de siglo y de guerra, donde Ibargüengoitia desmitifica la gesta heroica de la Independencia y abarca parte desde el encuentro casual entre el cura Periñón y el teniente Matías Chandón para planear la guerra libertaria, hasta el día en que el primero resuelve firmar su abjuración con el nombre de “López”. Y estaba hablando nada menos que de la vida del cura Miguel Hidalgo.

Con un humor implacable, paródico y anti solemne, sin traicionar la cronología, ni los hechos históricos conocidos, Ibargüengoitia borró del panorama las figuras monolíticas que se pasaron a la eternidad diciendo las mismas frases.

Ya sabía- y lo escribió en sus columnas- que no se puede contar la historia nacional a través de una enchilada y que “si la historia que se enseña es aburrida no es por culpa de los acontecimientos, que son variados e interesantes, sino porque a los que la confeccionaron no les interesaba tanto presentar el pasado sino justificar el presente.”

A finales de 1983 estaba trabajando en una novela que, tentativamente, iba a llamarse “Isabel cantaba” cuando le llegó la invitación para un encuentro de escritores en Colombia. Dudó en asistir pues no quería interrumpir su trabajo. Sin embargo, cuando llegó la hora de tomar una decisión, hizo sus maletas y emprendió camino. A las ocho de la mañana del domingo 27 de noviembre de 1983, apenas descendiendo, destrozado el vuelo 081 de Avianca México-Bogotá, nos enteramos, con horror, que Jorge Ibargüengoitia era uno de nuestros muertos.

Más de treinta años han pasado y faltan cinco días para que la memoria vuelva a lamentar la fecha exacta. Para leerlo y reflexionar todavía tenemos tiempo.

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