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AMLO, cadenero del antro de la historia
Entre otras, una de las razones por las que voté por Andrés Manuel López Obrador el 1 de julio del 2018, fue porque tenía confianza de que, tal como lo había prometido en su campaña, iba a encarcelar a los corruptos, entre ellos al expresidente Peña Nieto y a su pandilla de depredadores de la nación. Por desgracia no ha sido así. Y por lo que López Obrador dijo el pasado jueves no será.
Después de que el lunes dogmatizara que aquellos diputados opositores a la 4T que votaron en contra de la reforma eléctrica eran traidores a la Patria. Después de que el martes estigmatizara a los mismos como réprobos acreedores al infierno de la historia; dos días después, el Señor de Palacio, con su poder infinito, canonizó en el altar patriótico al líder inmoral de éstos: Enrique Peña Nieto.
No me pregunten cómo porque no puedo explicarlo. No puedo esclarecer cómo en el transcurso de tan sólo dos días, el Señor que quita y pone, el Varón que dice quién y cómo, dio un giro de 180 grados: En la misma mañana en la que declaró “nosotros venimos de un movimiento popular, yo soy simpatizante de Hidalgo, de Morelos, de Juárez, de Villa y Zapata, y de los Flores Magón y de Madero y de Lázaro Cárdenas”, en esa misma homilía matinal en la que también elogió al expresidente Adolfo López Mateos —leyó parte de su mensaje de cuando nacionalizó la industria eléctrica— manifestó tenerle “consideración y respeto” al expresidente Peña Nieto (¡cómo!) “porque a diferencia de Calderón y de Fox y de otros no se metió en la elección” (en la del 2018).
Como el tabasqueño ha repetido más de una vez que “su pecho no es bodega” se soltó contando: “Tengo información de que los machuchones, los que se sentían los dueños de México, lo buscaron (a Peña Nieto) para que se juntaran, como ahora, en contra mía durante la campaña. Primero le fueron a ofrecer de que ellos se encargaban de hacer a un lado a Meade y que el candidato único —esa labor que después hizo Claudio X González— fuera Anaya para que, si se juntaban todos —y en eso participaba Fox y todos, Salinas— en contra mía podían impedir de nuevo que yo ganara la presidencia, y tengo información que no aceptó el presidente Peña”. Y nada más por eso, por realizar una de sus obligaciones, por cumplir con uno de los mandatos a los que lo obligaba la Constitución que juró cumplir y hacer cumplir se ganó el respeto y consideración de su sucesor del cual esperábamos todo lo contrario, es decir, que sin afán de venganza —que no es lo suyo— aplicara la justicia contra la corrupción unos de cuyos máximos exponentes históricos han sido Peña Nieto y su pandilla.
De esa pandilla el único que está encerrado es Emilio Lozoya. También está la mujer a la que Peña un día le dijo que no se preocupara: Rosario Robles. Si bien Rosario no es, exactamente, de la pandilla, está encerrada para que se sepa que en el gobierno de López Obrador se actúa con equidad de género.
Después de los nombres heroicos que el presidente pronunciara el jueves, por agregar —no a la lista, pero si a la charla— el de Enrique Peña Nieto, se me figuró el cadenero del antro de la historia aquel que determina quién entra y quién no: “Tú, el del copete, no deberías de entrar por ser neoliberal y corrupto, pero me caes bien porque me diste la propina de reconocer que 30 millones de electores votaron por mí”.
Punto final
Si AMLO quiere gratificar a Peña Nieto por haber respetado los 30 millones de votos que obtuvo, sé de un lugar que recién se desocupó para que ahí le hagan un monumento, ¿qué tal la Glorieta de la Palma?