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Vivos para contarlo
150 aniversario luctuoso de Benito Juárez.
Juárez con la Muerte y un coyote, de Francisco Toledo. Foto EE: Especial
Parecería que Benito Juárez nunca se quitó su levita negra. Incólume, resistente, siempre de una pieza, ni el Sol en el desierto de Chihuahua, ni los cálidos vapores en Veracruz, ni siquiera la furia –que lo calienta todo– lograron atraparlo en mangas de camisa. Y si no fue así, no importa. Nadie que viva hoy es un testigo. Pero la memoria se rescribe a sí misma con recuerdos propios y ajenos, los ingredientes de las ideologías en el poder, y se sazona según la sabiduría o la ignorancia reinante. Por ello, la figura del político oaxaqueño se ha reinventado una y otra vez. Libros, pinturas, fotografías y dibujos han pintado muchas veces su retrato. Crónicas, testimonios, biografías, artículos y toda la fama por escrito que ha llegado hasta nuestro tiempo, describen su imagen de una manera u otra. Algunas veces con odioso e injusto desprecio, otras, con insuperable y exagerada admiración. Pero a pesar de todos los elogios y todas las inquinas ¿cómo no considerar héroe a un zapoteco que se convirtió en presidente, acabó con un imperio, expulsó a los invasores, nos devolvió la soberanía, y mientras huía de sus enemigos –en su carruaje negro– escribía las bases de las leyes del Estado mexicano? ¿Cómo no conmemorar su muerte? ¿Cómo no guardar en la memoria que, justamente hoy, se cumplen 150 años y estamos vivos para contarlo? ¿Cómo no escribir de Benito Juárez?
Cuentan que aquella mañana de 1872, se oyeron los cañonazos y el periódico El Federalista confirmó la noticia: el presidente Benito Juárez había muerto, la noche del 18 de julio, en su domicilio, marcado con el número 1 de la calle de Moneda. Aquella había sido la única residencia familiar en donde por un breve tiempo había podido convivir con su mujer y sus hijos y para ello había decidido acondicionar el espacio que, dentro del Palacio Nacional y en la época colonial, había estado destinado a las caballerizas de Hernán Cortés. El diario también afirmaba que el presidente había empezado a sentirse enfermo desde la mañana del día 17 pero que había atendido con puntualidad, todos los asuntos de la Presidencia, al medio día había hecho “comida de dieta” e incluso había paseado por la tarde, como era su costumbre, con su hija Manuela y su yerno Pedro Santacilia. Sin embargo, no quiso ir al teatro y se retiró a las diez.
Después se sabría que intentó dormir, pero no pudo. Su hijo Benito, con el que compartía recámara, advirtiendo que los malestares de su padre avanzaban intentó avisar a sus hermanas pero el presidente se lo impidió. Al día siguiente, contra su costumbre, Juárez no se levantó a la seis de la mañana, avisó que no iría a su despacho, dio órdenes de que no se divulgara su mal y sólo se dijera que tenía un ataque reumático en una pierna. Pero su hijo Benito, mirando que las dolencias eran continuas, decidió ir hasta Popotla a buscar al médico de cabecera de su padre, el doctor Ignacio Alvarado.
Cuenta Fernando Benítez en su libro “Un indio zapoteco llamado Benito Juárez”:
“A las once de la mañana, luego de una relativa mejoría, le vino un ataque repentino. El doctor ordenó que le trajeran una bandeja de agua hirviente; con pinzas empapó un lienzo y se lo aplicó a la altura del corazón a don Benito. Al sentir el intenso dolor de la quemadura, Juárez se incorporó y le dijo al doctor: “me está usted quemando”. Alvarado le respondió: “es intencional, así lo necesita usted. Como resultado, el presidente mejoró ligeramente. Al mediodía cuando su familia pasó al comedor, don Benito le relató al doctor algunos recuerdos de su infancia. Era un modo de conjurar a la muerte, enfrentándola a la vida naciente. (…) Una hora más tarde se repitió el ataque y el médico volvió a aplicar el paño de agua hirviente. Juárez se tendió en la cama, se abrió la camisa y esperó impasible el terrible tratamiento.”
Aliviado otra vez por un breve periodo, a las siete de la noche decidió retirarse y pidió que nadie lo molestara. A las ocho el dolor en el pecho empezó a desarrollarse con una fuerza extraordinaria y el doctor Alvarado ya no pudo controlarlo. Pedro Santacilia, mandó llamar a los doctores Lucio y Barreda. Pero ni inyecciones, ni pociones, ni tanta sabiduría, habrían de servir de nada.
Se supo que, acostado en su cama de latón, con el águila republicana adornando su cabecera, el presidente Juárez, antes de las once, mandó llamar a un criado llamado Camilo, a quien estimaba mucho, oriundo de la sierra de Ixtlán, y le dijo que le comprimiera con la mano el lugar en donde sentía el intenso dolor. Que Camilo obedeció, pero no podía contener las lágrimas. Que momentos antes de morir justo a las once y veinticinco minutos se recostó sobre el lado izquierdo, descansó la cabeza sobre su mano, no volvió a hacer movimiento alguno, y a las once y media en punto, sin agonía ni exclamación alguna, exhaló el último suspiro…Que el doctor Alvarado dijo una sola palabra: —“¡Acabó!"