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La fuerza del lenguaje pueril de Donald Trump
La autora realiza un análisis sobre la forma en la que los medios trataron la agresión del presidente sobre El Salvador, Haití y África.
Desde la ocasión en la que el presidente Harry Truman se refirió al general MacArthur como un “estúpido, hijo de p...”, hasta el vulgar desaire del vicepresidente Richard Cheney al senador demócrata Patrick J. Leahy, el lenguaje obsceno de los políticos se ha filtrado a la esfera pública a lo largo del tiempo. Sin embargo, el presidente Trump y los integrantes de su administración han ido demasiado lejos.
¿Cómo olvidar cuando Anthony Scaramucci acusó Stephen K. Bannon de ser capaz de contorsionarse para complacerse sexualmente (acusándolo con esta sórdida metáfora de servir antes a sus intereses personales que al país)? ¿O los alardes de Trump sobre su mala conducta sexual que fueron filtrados durante su campaña presidencial?
Sin embargo, aun con estos antecedentes, la escandalosa palabra que utilizó el presidente para describir a los países pobres (“mierda”, para ser precisos) ha logrado generar conmoción a nivel internacional, haciendo dudar a los medios de comunicación sobre cómo abordar su mensaje. El problema no es el lenguaje en absoluto, por muy desagradable que éste sea. Lo que en realidad importa es el verdadero significado de las palabras de Trump y la enorme responsabilidad que tienen los periodistas al transmitir su significado con exactitud y buen tacto.
Durante las primeras horas de la cobertura sobre la frase lamentable de Trump, algunos medios respondieron adecuadamente frente al desafío. Lisa Mascaro, de Los Angeles Times, abordó el caso dando contexto: “Aunque con un tono más crudo y burdo que sus anteriores declaraciones públicas, los comentarios del presidente fueron consistentes con la posición tradicional (de Trump) de que Estados Unidos debería cambiar su política de inmigración con los países en desarrollo, y en cambio, centrarse en una selección cuidadosa de inmigrantes educados, provenientes principalmente de Europa”. Mascaro agregó que Trump “frecuentemente ha personificado a los musulmanes como terroristas y comenzó su campaña presidencial llamando violadores a los inmigrantes mexicanos”.
Por la tarde, algunos presentadores de noticias abordaron el tema con un enfoque mucho más directo. Don Lemon de CNN declaró rotundamente: “El presidente de los Estados Unidos es racista”. Su colega Anderson Cooper también asumió ese enfoque: las palabras de Trump no tenían sólo “una connotación racista”, sino fueron llanamente racistas. David Leonhardt del New York Times escribió un buen artículo de opinión titulado “Sólo dilo: Trump es racista”.
Si los países no son “cloacas”, ¿por qué salen de ellos?
Sin embargo, como era de esperarse, los medios que tradicionalmente apoyan a Trump respondieron en dos sentidos (ambos atroces): en primer lugar, señalaron que países como Haití son realmente pobres y problemáticos, lo que implica que el presidente tiene razón al desacreditarlos.
Tomi Lahren de Fox, con su habitual superficialidad, expresó: “Si estos países no son cloacas, ¿por qué sus ciudadanos no permanecen allí? Seamos honestos. Digámoslo como es”. (Su tuit provocó que el jefe de la oficina de The Washington Post en África, Kevin Sieff, acertadamente destacara que casi 9 millones de estadounidenses viven en el extranjero y que Andrew Kaczynski de CNN le preguntara: “¿Por qué vives / trabajas en California / NYC en vez de tu lugar de origen, Dakota del Sur?”).
A través de un segundo argumento, postularon que el racismo de Trump sería bien recibido por su base política, lo que de alguna manera lo hacía aceptable. La presentadora de Fox Jesse Watters rindió homenaje a quienes distinguió como los “hombres y mujeres olvidados” de Estados Unidos, quienes seguramente estarían de acuerdo. (para desesperar a cualquiera que quiera olvidar a estos fanáticos extremistas, dadas las incesantes aproximaciones de los medios a la lealtad trumpiana).
Las palabras de Trump provocaron un alboroto descomunal, mismo que seguramente será olvidado una vez que la siguiente pesadilla mediática lo remplace. ¿Podemos aprender algo de esto? Tal vez.
El grueso de los medios abordó la palabra obscena con profesionalidad: si el presidente lo dice, es noticia. Difundiéndolo casi literalmente o en algunos casos de forma ligeramente velada. Otros acertaron en ir más allá del profundo impacto de la palabra y exploraron la connotación racista —sí, racista— detrás de la palabra.
Reflexión deontológica
¿Deberían los medios de comunicación usar esa palabra en las notas periodísticas del presidente de los Estados Unidos? Sólo cuando esté absolutamente justificado. Lo cual claramente es el caso.
Un debate similar surgió el año pasado sobre el uso de la palabra “mentira” para referirse a las falacias constantes de Trump. Una vez más, no es una palabra que uno quiera usar a la ligera, pero es cierto que en ocasiones es necesaria. En este caso la palabra “mierda” no sólo se utilizó cuando se hacía alguna referencia al presidente, también fue necesario vincularla cuando se describían las reacciones de senadores.
“Ratifico cada palabra que dije sobre lo que se dijo y lo que sucedió”, insistió el senador demócrata Richard Durbin el pasado martes.
Durbin reveló que el jueves sostuvo una llamada telefónica con Trump a las 10:15 de la mañana. En ella, escuchó con buen ánimo al presidente e, inclusive, Trump le confesó que tenía placer por el acuerdo al que habían llegado los republicanos con los demócratas en materia migratoria y de seguridad: salvar a los dreamers a cambio de destinar presupuesto a la seguridad fronteriza; es decir, la construcción de una parte del muro en la frontera con México.
Trump, según Durbin, lo citó en la Casa Blanca la tarde del mismo jueves junto a Lindsey Graham. Al llegar al Despacho Oval, todo fue diferente. Trump enojado, furioso y rodeado de gente antiinmigrante.
No hubo acuerdo. Por el contrario, Trump reaccionó violentamente contra países como El Salvador, Haití y contra África.
Es decir, consideremos a los senadores republicanos que dijeron que no recordaban si escucharon a Trump usar esas atroces palabras durante la reunión a la que asistieron o inclusive que negaban que las dijera. Éstos son los casos en los que se ajusta la consigna “llámalo por su nombre”.
Por otra parte, es necesario mejorar otro problema que suele ocurrir en el ámbito mediático: el familiar ciclo de la pérdida de control (conmoción–reacción–insulto–réplica) tiene que terminar
Aquellos periodistas que proporcionaron un contexto útil ayudaron de inmediato. También lo hicieron los comentaristas y escritores de opinión que esgrimieron argumentos lógicos, basados en principios. No obstante, esta reacción dista mucho de ser universal.
¿Contexto, claridad, razón? Necesitamos mucho más que esto.
¿Disculpar el racismo por motivos políticos? ¿Justificar el menosprecio hacia ciertas personas porque sus países están en problemas? ¿Formular argumentos cínicos para alentar los peores instintos de su audiencia?
Las figuras mediáticas que hacen eso —hay muchas de éstas— arrojan gasolina sobre las llamas. Usando la poco elocuente palabra del presidente de la Cámara de Representantes, Paul D. Ryan. Llamar las cosas por su nombre: es vil.
Manejo de crisis
Después de que la noticia corrió como pólvora por todo el mundo, los asesores del presidente trataron de levantar los destrozos del presidente en el ámbitos de la diplomacia y la confianza.
La presidencia decidió rendir homenaje a Martin Luther King el pasado 15 de enero, fecha de su aniversario de nacimiento.
Un día después, Trump reveló que su deseo es que lleguen a Estados Unidos inmigrantes de “todas partes”.
“Queremos que vengan de todas partes, de todas partes”, dijo Trump. El mandatario respondió a preguntas de la prensa luego de reunirse con el presidente de Kazajistán, Nursultan Nazarbayev, en la Casa Blanca.
Conclusión: en términos generales, los medios han respondido a la altura de las circunstancias. Lo que diga el presidente de Estados Unidos es noticia.
erp