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El mayor riesgo en tus inversiones no está en el mercado, sino en ti (Parte 1 de 2)
Joan Lanzagorta | Patrimonio
La psicología del inversionista es un tema que siempre me ha fascinado y que en ocasiones he tocado en este espacio. Es apasionante cómo la gran mayoría de la gente, incluso la que está muy bien informada, toma sus decisiones de inversión desde la emoción y no desde la razón.
Eso es algo que no ha evolucionado y que se repite constantemente a lo largo de los diferentes ciclos. El miedo, la codicia, el pánico y la euforia son las mismas fuerzas que provocaron la burbuja de los tulipanes en el siglo XVII, el estallido de las “punto com” a principios de este siglo, la crisis financiera de 2008 o la increíble subida en los precios del oro y la plata que hemos visto recientemente.
Lo que sí ha cambiado, mucho, es el entorno, el ecosistema que nos rodea. La enorme cantidad de información y desinformación a la que tenemos acceso y las herramientas de inteligencia artificial que no están diseñadas para ayudarnos a pensar, sino a reaccionar. La gente no ha perdido aún la capacidad de análisis, pero sí la voluntad de usarla. Es demasiado fácil obtener respuestas sin cuestionarlas.
La razón fundamental es un fenómeno bien estudiado por la psicología conductual llamado "descuento hiperbólico" y es la base de todo el problema. En términos sencillos, nuestro cerebro le da un valor desproporcionado a la recompensa inmediata frente a la recompensa lejana. La posibilidad de ganar un 10% la semana que viene (la recompensa inmediata) tiene un poder de atracción mucho más grande que el de construir una rentabilidad sólida y constante durante 10 años (la recompensa lejana). Este sesgo es el motor de la búsqueda de la inmediatez.
Añade a eso las redes sociales y el acceso a la información. Los influencers explotan a la perfección nuestra pereza mental. ¿Por qué la gente los sigue con tanta devoción, sin cuestionar ni siquiera su formación o incluso sabiendo que son un fraude? La respuesta está en una combinación de sesgos que la psicología financiera ha demostrado ampliamente. Aunque alguna vez he hablado de ellos, vale la pena repasarlos:
1 - El sesgo de confirmación
Buscamos activamente aquella información que apoya nuestras creencias e ignoramos o desacreditamos la que las contradice. Por ejemplo, si crees que una criptomoneda es el futuro, seguirás a quienes predicen su crecimiento y silenciarás a los que señalan sus problemas. En otras palabras, las redes sociales y los influencers te dan la confirmación que deseas, no el análisis que necesitas.
2 - La prueba social
Somos seres sociales y tenemos una tendencia innata a imitar las acciones de los demás, especialmente en situaciones de incertidumbre, asumiendo que "ellos deben saber más" que nosotros.
Por ejemplo, imagina que estás buscando dónde comer en un barrio que no conoces. Te encuentras dos restaurantes: el primero está casi vacío y el segundo tiene una fila enorme en la puerta.
Es fácil pensar, de manera instintiva, que la comida debe estar mejor en el segundo. Aunque en realidad no tienes ninguna prueba objetiva sobre la calidad.
3 - El sesgo de anclaje
El primer precio que vemos para un activo tiende a convertirse en el punto de referencia para todas nuestras decisiones futuras, sin importar si ese precio era racional o no.
Por ejemplo, hace poco el oro superó la barrera psicológica de los 5,000 dólares la onza. Por lo general, esa cifra se graba en nuestra mente, y cualquier precio por debajo parece "barato" y cualquier precio por encima parece "caro", independientemente de su valor real. Esto nos lleva a tomar decisiones irracionales basadas en números que no deberían importar.
4 - La aversión a la pérdida
El dolor de perder $100 es psicológicamente dos veces más poderoso que el placer de ganar $100. Este sesgo nos convierte en inversionistas terriblemente conservadores en las ganancias y temerariamente imprudentes en las pérdidas. En otras palabras, vendemos pronto para asegurar una ganancia pequeña y mantenemos una pérdida enorme esperando que se "recupere", cuando lo racional sería cortarla.
Un estudio de Harvard Business School concluyó que el 80% de los inversionistas individuales actúan por inercia y por imitación, no por un proceso deductivo.
El resultado de todo esto es un coctel perfecto para el desastre. Delegamos nuestro criterio en figuras que venden recetas fáciles porque el sistema nos ha entrenado para preferir el atajo al esfuerzo.
Así es la psicología del inversionista promedio, pero no tiene por qué ser la tuya. Actuamos con base en sentimientos porque nos han enseñado a hacerlo. Buena parte del éxito no consiste en ser más inteligente que el mercado, sino en tener disciplina en la toma de decisiones. De eso hablaré en la siguiente entrega.