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La última esperanza es una reforma energética profunda
El año empezó con mucha ilusión, con una muy buena expectativa por la nueva administración y con la esperanza de que los cambios estructurales finalmente se llevarían a cabo.
El Pacto por México contribuía a este optimismo asimismo, los temas en la agenda presidencial lo han hecho en los últimos 15 años; la gran diferencia era ese sentimiento y positivismo que nos hacía pensar que esta vez sí trascenderíamos.
Las decepciones comenzaron con el enfriamiento de la economía global y todos los países, incluyendo a Estados Unidos que es quien determina nuestro crecimiento, comenzaron a bajar sus expectativas y proyecciones, hasta el punto de convertirse en una constante la continua baja de expectativas, dándose los pronósticos pesimistas.
En México, aunque las noticias eran malas, seguíamos contentos e ilusionados porque nuestras reformas estructurales nos darían la posibilidad de ir en contra del ciclo global.
Todo esto se derrumba y se desvanece por completo cuando se presenta la reforma fiscal en una versión poco creíble, incluso me atrevo a llamarle absurda, porque en su primer versión se atrevían a gravar la educación, misma que el Estado proporciona con mucha deficiencia, así como, por otro lado, los créditos hipotecarios, negándole así a la clase baja, media y media alta la posibilidad de adquirir un inmueble.
Finalmente, salió una versión menos agresiva, pero muy distante de lo que pretendía ser una reforma fiscal integral; quienes ya aportamos, pagamos más, los que nunca han pagado siguen sin pagar.
A este desencanto se suma el hecho de que sólo vamos a crecer 1.3% en este año y que tanto las cifras económicas como las de inversión son todas menos buenas de lo que pensábamos a principio del año.
Ya está una reforma financiera, muy probablemente saldrá la reforma política, que seguramente traerá beneficios, aunque no estructurales; tampoco van a detonar crecimientos espectaculares.
Queda una sola esperanza: que la reforma energética sea profunda y transformadora, si ésta también fracasa, la decepción y el desencanto con México pueden poner en riesgo al siguiente año y quizá, al sexenio completo.
Se suma a la necesidad de hacer las cosas bien el que Irán se incorpore a la oferta petrolera, ahora que le han levantado el castigo por los siguientes seis meses. Si Irán y este pacto funcionan, su producción se podría duplicar y la consecuencia natural sería que los precios del petróleo bajarán tanto que hasta los ingresos de la Federación se verán comprometidos; esto nos obliga a hacer todavía mejor la reforma energética.
*El autor de la columna es Director General de Somoza, Musi y Asociados. Puedes seguirlo en Twitter: @SomozaMusi
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