Lectura 4:00 min
¿Para qué rayos estudiar en la universidad?
En México, más de la mitad de los profesionistas trabaja en una ocupación distinta a su campo de estudio, una desvinculación considerablemente mayor al promedio de los países de la OCDE.
En México, más de la mitad de los profesionistas trabaja en una ocupación distinta a su campo de estudio.
Antes de cualquier cosa, vale la pena hacer un disclaimer: soy un fiel creyente de los beneficios no sólo de la educación superior sino también de la educación permanente en sus diferentes formatos a lo largo de la vida adulta. Pero a la luz de varios datos actuales, no está de más cuestionarnos si vale la pena estudiar una carrera universitaria.
Es cierto que en el último tiempo muchos han hecho énfasis en que el mercado laboral y las nuevas tecnologías han avanzado mucho más rápido que los planes de estudio de educación superior, lo que ha puesto en una encrucijada profesional a muchos jóvenes. Pero la realidad es que esta brecha sólo se ha acrecentado, porque no es nueva.
Te puede interesar
En la actualidad lo vemos como un fenómeno asociado a la masificación de las herramientas de inteligencia artificial generativa. De hecho, los datos ya comienzan a confirmar una nueva realidad al respecto.
La OIT reconoce que los jóvenes son los más afectados por el avance de la IA, incluso retoma el reporte de una reducción de al menos 16% en los empleos de entrada para menores de 25 años que documentó la Universidad de Stanford. En tanto, el Foro Económico Mundial estima que 37% de las personas en dicho rango de edad está en puestos con exposición media y alta a estas tecnologías.
Bajo este escenario, no sería extraño que surgiera la pregunta: ¿para qué estudiar si al graduarse de ciertas carreras de la universidad ya no existen los puestos que tradicionalmente ocupaban los recién egresados?
Pero la realidad es que hemos aprendido a vivir con este fenómeno durante varias décadas.
Hace unos días, el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) publicó el informe Compara Carreras 2026, en el que incluyó por primera vez una medición respecto a la desvinculación entre profesión y trabajo en el país, lo que permite arrojar luz sobre esta realidad.
En México, el 54% de las y los profesionistas trabaja en una ocupación no relacionada con su campo de estudio. Pero no es un fenómeno exclusivo de las personas jóvenes, pues esta misma proporción se mantiene en niveles similares en todos los grupos etarios, así como entre hombres y mujeres. Es decir, pudiera ser señal de un problema estructural del mercado.
Y aunque esta realidad no se vive únicamente en México, el nivel sí es mayor que en otras economías. El promedio de desvinculación carrera-empleo entre los países de la OCDE es de 39 por ciento. Los países mejor posicionados en esta medición son Finlandia (23%), Alemania (26%) y Austria (28%).
Esto no siempre implica algo negativo, aclara el IMCO, pues los profesionistas pueden trasladar sus conocimientos y habilidades a otros sectores, ampliando sus oportunidades laborales.
El desafío real se presenta cuando las personas en esta situación ocupan puestos que requieren un nivel educativo menor al que poseen. Y “en México, la mayoría de los profesionistas que no ejercen su carrera trabajan en ocupaciones que no requieren una licenciatura”, se destaca en el reporte. Algunas de las actividades más comunes son apoyo administrativo, ventas y comercio, lo que sí puede llegar a tener un impacto en el nivel salarial al que se puede aspirar en este contexto.
A pesar de este fenómeno, y contra todo pronóstico, estudiar una carrera universitaria es muy rentable. Las personas con estudios profesionales ganan en promedio 74% más que aquéllas que concluyeron solamente la preparatoria. Esto también se observa entre quienes no ejercen su carrera, con salarios 61% superiores.
Además, el nivel de informalidad entre quienes cuentan con estudios de educación superior es de 26%, frente al 49% que se observa entre las personas trabajadoras que concluyeron únicamente el bachillerato.
Todos estos datos reflejan que la desvinculación entre profesión y trabajo es real, pero no podemos responsabilizar únicamente a la IA de ello. Todo apunta a un problema más grande que hemos arrastrado por décadas y que refleja, entre otras cosas, la falta de conexión entre la formación universitaria y las necesidades reales del mercado laboral en cada etapa.
Entonces, ¿para qué estudiar en la universidad? Porque, incluso bajo estas condiciones, hacerlo sigue siendo rentable y representa una ventaja importante para acceder a mejores ingresos y empleos formales. Ese beneficio podría ser aún mayor si los jóvenes contaran con una mejor orientación vocacional y las universidades tuvieran una vinculación más estrecha con lo que realmente demanda el mundo del trabajo.