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Un museo subterráneo dedicado al Juego de Pelota y a Ehécatl
En el sótano del Hotel Catedral, arqueólogos del INAH, adscritos al PAU–Museo del Templo Mayor, trabajaron desde 2009 en el rescate de templos y espacios sagrados que se creían perdidos para siempre y que revelan la cosmogonía y los rituales del imperio mexica.
El arqueólogo Raúl Barrera Rodríguez y la arqueóloga Lorena Vázquez Vallin muestran y explican el Gran Juego de Pelota.
Bajo el asfalto y los edificios históricos de la Ciudad de México se resguarda el corazón del antiguo recinto sagrado de Tenochtitlan.
Desde 1978, año en que emerge del subsuelo el monolito de la diosa lunar Coyolxauhqui y con ello se emprende uno de los proyectos arqueológicos más deslumbrantes del siglo XX, encabezado por el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, el recinto sagrado no ha dejado de revelar quiénes eran y cuál era la cosmovisión de los mexicas.
En los últimos veinte años, el Programa de Arqueología Urbana (PAU) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha descubierto al interior de algunos inmuebles alineados sobre la calle de República de Guatemala vestigios del Calmécac, donde se educaban los nobles de la urbe mexica; un templo dedicado al dios del viento, Ehécatl; el enigmático Gran Juego de Pelota, y los restos del Huei Tzompantli y su torre de cráneos, elementos todos que dan cuenta de la naturaleza ritual de la vida al interior del recinto sagrado; y todo, al pie de la misma acera.
El Economista recorre el sótano del Hotel Catedral, hoy convertido en un museo subterráneo, donde se localizaron el Gran Juego de Pelota y el Templo de Ehécatl, de la mano de los arqueólogos Raúl Barrera Rodríguez y Lorena Vázquez Vallin, director e investigadora del PAU, respectivamente.
Esta ventana arqueológica, escenario de más de un siglo de exploraciones, está situada en la calle República de Guatemala 16, justo detrás de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México y en el subsuelo del denominado hotel, donde el equipo de especialistas del INAH trabaja desde 2009 en el rescate de templos y espacios rituales que se creían perdidos para siempre.
En lo que fuera el estacionamiento del hotel, los arqueólogos descubrieron, los restos de un basamento rectangular con un cuerpo circular de dos niveles, vestigios de un templo que los mexicas habrían edificado en honor al dios del viento, alineado geográficamente al adoratorio de Tláloc, dios de la lluvia.
Raúl Barrera explica que el edificio original estaba conformado por la plataforma que debió medir 34 metros de longitud, y soportaba una estructura circular de cuatro niveles. Remataba en un techo cónico de paja, simulando el crótalo de una serpiente enroscada que descendía al templo que, a su vez, era la representación del dios Ehécatl-Quetzalcóatl.
“Estos templos corresponden al Posclásico Tardío (1200 – 1521 d.C.) y estaban generalmente orientados hacia donde sale el sol", precisa el arqueólogo.
El teotlachco: una puerta al inframundo
Durante una segunda temporada, los arqueólogos detectaron los restos del principal juego de pelota de Tenochtitlan, el mismo donde los tlatoanis mexicas Axayácatl y Moctezuma II midieron su destreza frente a los gobernantes de Texcoco y Xochimilco, dice la arqueóloga Lorena Vázquez.
"En el 2014 se hace una segunda temporada de excavaciones donde ahora los trabajos se enfocan en el área de la fachada y entrada de este predio y en este espacio hacia el lado sur se detecta la plataforma que delimitaba al norte la cancha del Juego de Pelota, o Teotlachco, al interior del antiguo recinto sagrado de Tenochtitlan. La plataforma presenta tres etapas constructivas e incluye una banqueta de 1.90 metros, cuatro escalones y un pórtico de 9 metros de ancho para espectadores", explica la arqueóloga.
Uno de los hallazgos más sorprendentes que realizaron los arqueólogos al excavar el Juego de Pelota fue una ofrenda con restos óseos humanos asociada al rito prehispánico.
"Esto es resultado de un ritual que al parecer buscaba la renovación de los ciclos vitales". explica la arqueóloga.
Vázquez Vallin resume que para los mexicas la cancha del Juego de Pelota representaba un portal al inframundo; la ofrenda simbolizaba la renovación de los ciclos vitales y de los astros, usando la sangre del cuello como elemento fértil.
francisco.deanda@eleconomista.mx