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El lugar donde vivimos cambia el riesgo de demencia
Un estudio internacional revela que los factores de riesgo de la demencia varían según el contexto país: en México, la baja escolaridad, la hipertensión y los problemas de visión no atendidos encabezan el perfil nacional.
Mujer con demencia senil.
En México, prevenir la demencia no se limita a hacer ejercicio o cuidar la alimentación, de acuerdo con un estudio internacional liderado por investigadores de The University of Southern California (USC) y publicado en la revista The Lancet Healthy Longevity, la baja escolaridad, la hipertensión arterial y los problemas de visión no atendidos encabezan los factores de riesgo modificables más prevalentes en la población del país.
El análisis, que evaluó a más de 214,000 adultos mayores en 14 países y regiones con datos recopilados entre 2009 y 2023 por el equipo del Gateway to Global Aging Data, demuestra que no existe un mapa único ni universal para la prevención del deterioro cognitivo. Mientras que gran parte de la evidencia científica acumulada proviene de naciones de ingresos altos, la forma en que los factores de riesgo se combinan varía significativamente según el entorno socioeconómico y las condiciones de vida de cada población.
Un perfil de riesgo acumulado desde la infancia
Los investigadores examinaron 12 factores modificables identificados sobre demencia —como la pérdida auditiva, la depresión, el tabaquismo, la inactividad física y el aislamiento social— para identificar su prevalencia y concentración en cada país.
En México, la baja escolaridad ocupa un lugar central dentro del perfil epidemiológico, compartiendo un patrón similar al de Brasil y China. Sin embargo, en el caso mexicano, esta desventaja inicial —experimentada desde etapas tempranas— se combina en la vejez con una alta frecuencia de enfermedades cardiometabólicas e insuficiencias sensoriales no corregidas.
Mientras que en México destacan la baja escolaridad, la hipertensión, el deterioro visual, el tabaquismo y la obesidad; en Brasil resaltan la baja escolaridad, la inactividad física, la visión deficiente y la hipertensión. Por su parte, en China sobresalen la baja escolaridad, el tabaquismo, la hipertensión y la depresión; en contraste con Estados Unidos, cuyo perfil está dominado por la hipertensión, el tabaquismo, el colesterol elevado y la obesidad.
Datos de la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (ENASEM) 2021 ilustran el alcance local de estas condiciones: 43.3% de las personas de 53 años o más reportó un diagnóstico previo de hipertensión, 25.6% de diabetes y la obesidad alcanzó al 30.1% de las mujeres y al 23.3% de los hombres. Aunque presentar estas condiciones no implica un diagnóstico seguro de demencia, sí refleja un entorno de alta vulnerabilidad para la salud cerebral.
La prevención, asunto educativo y social, no solo clínico
En entrevista para El Economista, Emma Nichols, investigadora del Centro de Investigación Económica y Social del Instituto Schaeffer de USC y autora principal del estudio, enfatizó que abordar la demencia requiere un cambio profundo de paradigma.
"El riesgo de presentar estos problemas en etapas avanzadas no está predeterminado. Son factores que se experimentan a lo largo de la vida, y las personas pueden influir en su reducción, aunque también es importante reconocer la manera en que factores sociales más amplios contribuyen a configurarlo", señaló Nichols.
Al ser consultada sobre las modificaciones prioritarias que requeriría el Programa Nacional de Salud Pública de México, la especialista destacó que, aunque el programa contempla inversiones clave para fortalecer el sistema sanitario, las intervenciones no pueden restringirse a la consulta médica durante la vejez, por lo que se requiere política educativa e infantil, pues el riesgo de demencia está determinado por los entornos sociales. Atender la baja escolaridad exige implementar políticas que permitan a niñas, niños y jóvenes permanecer más tiempo en la escuela y elevar la calidad educativa.
Por otro lado, un diagnóstico oportuno y acceso a tratamiento, para promover revisiones periódicas de la presión arterial y la glucosa, desarrollando programas comunitarios de detección y campañas que faciliten el acceso continuo a medicamentos para la hipertensión y la diabetes.
Por último, la atención a la salud sensorial, con respuestas comunitarias para la detección de problemas visuales y auditivos, asegurando el acceso a anteojos correctivos y dispositivos de apoyo.
La sobrecarga cognitiva y el deterioro sensorial
Sobre por qué las fallas en los sentidos incrementan el riesgo en la vejez, Nichols detalló los mecanismos biológicos y conductuales detrás de esta relación. Cuando una persona vive con pérdida de audición o visión no tratada, el cerebro se ve obligado a realizar un esfuerzo adicional para interpretar información incompleta, lo que deja menos recursos disponibles para otras tareas cognitivas.
Además, el deterioro sensorial desencadena un efecto dominó: reduce los estímulos del entorno, provoca que las personas salgan menos de casa, disminuyan su actividad física y se aíslen socialmente. Estos factores, sumados al mayor riesgo de sufrir depresión, soledad y pérdida de independencia, terminan por acelerar el deterioro cognitivo.
El peligro de extrapolar evidencia
Históricamente, la mayor parte de la evidencia científica sobre demencia proviene de países de ingresos altos. De acuerdo con Nichols, extrapolar estos hallazgos a naciones de ingresos medios y bajos ha ocultado las necesidades reales de países como México y Brasil, donde el orden de importancia de los factores de riesgo cambia de forma drástica.
"Los resultados sugieren que México y Brasil se encuentran entre los países con una mayor presencia simultánea de varios factores de riesgo. Esto indica que los programas concentrados en un solo factor probablemente no serán suficientes en estos contextos", advirtió Nichols.
Uno de los principales retos del estudio fue armonizar la información recopilada durante más de 14 años (2009-2023) en 14 países con realidades epidemiológicas heterogéneas. Para ello, el equipo recurrió a los datos de la Red Internacional de Estudios de Salud y Jubilación (Gateway to Global Aging Data), logrando estandarizar las mediciones sin comprometer su validez.
Un mensaje sin alarmar
Ante las elevadas cifras de hipertensión y diabetes reportadas por la ENASEM, Nichols subrayó la importancia de transmitir el mensaje sin generar pánico entre quienes ya viven con estas condiciones y recordó que tener un riesgo elevado no es un diagnóstico inevitable y nunca es demasiado tarde para adoptar medidas preventivas. Agregó que el control médico reduce complicaciones y que mantenerse activo física y mentalmente, llevar una alimentación saludable y cuidar la salud cardiovascular y sensorial contribuyen directamente a proteger la función cerebral.
Por último, recordó que el riesgo no depende únicamente de decisiones individuales. Está condicionado por el acceso a servicios de salud, ingresos, educación y la disponibilidad de recursos en cada comunidad, por lo que las políticas públicas deben transformar los factores estructurales del entorno.
Los resultados se publicaron en The Lancet Healthy Longevity.