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Arte e Ideas

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La Cueva de las Manitas documenta el arte rupestre y la domesticación del maíz

La arqueóloga Nelly Robles García compartió los hallazgos en la Cueva de las Manitas en Oaxaca, en una conferencia celebrada en El Colegio Nacional, dentro del ciclo La arqueología hoy, que coordina el doctor Leonardo López Luján, director del Proyecto Arqueológico del Templo Mayor.

Doctora Nelly Robles en El Colegio Nacional.foto: Francisco de Anda

En 2018, la UNESCO declaró el Valle de Tehuacán–Cuicatlán, en Oaxaca y Puebla, como Patrimonio Mundial en la categoría de Bien Mixto, es decir, como un "hábitat originario de Mesoamérica" y por las manifestaciones culturales de origen ancestral que dan cuenta de la impronta que dejaron a su paso diversos grupos humanos desde hace por lo menos 8,000 años.

Una de las razones por las que este extenso territorio de casi 500,000 hectáreas fue inscrito en la referida lista es la “Cueva de las Manitas”, un abrigo rocoso enclavado en la parte oaxaqueña conocida como La Cañada, que resguarda pinturas rupestres de hace más de 5 mil años, “una de las primeras manifestaciones culturales creadas durante el periodo Arcaico”, y donde un equipo encabezado por la arqueóloga Nelly Robles García, del Centro INAH Oaxaca, investiga el origen y simbolismo de las mismas, y realiza excavaciones para documentar la génesis de la domesticación del maíz.

Así lo refirió la investigadora en la charla denominada “¿Cómo y cuándo comenzamos a comer maíz? La Cueva de las Manitas en Oaxaca”, que compartió el pasado jueves 27 de agosto en el Aula Mayor de El Colegio Nacional, dentro del ciclo La arqueología hoy, que coordina el doctor Leonardo López Luján, colegiado y director del Proyecto Arqueológico del Templo Mayor.

Los arqueólogos Leonardo López Luján y Nelly Robles García.foto: Francisco de Anda

Casi al principio de la conversación, la doctora Nelly Robles reconoció la intervención del arquitecto Francisco Javier López Morales, quien fuera durante muchos años director de Patrimonio Mundial del INAH y representante de México ante el Comité de Patrimonio Mundial de la UNESCO. “La UNESCO nos puso un reto muy interesante, que era definir en qué categoría podría quedar inscrita una extensión tan grande de territorio, que abarcaba un reserva natural y un itinerario cultural con sitios arqueológicos y una cueva con pinturas rupestres. Y entonces trabajamos con varios expertos, sobre todo con nuestro querido amigo Pancho López, y así se creó la categoría de Bien Mixto, que considera la presencia de elementos culturales y naturales de valor excepcional”, detalló la arqueóloga.

Desde 2022 a la fecha, son varias las temporadas de campo y de estudio de gabinete o laboratorio a las que se han aventurado los integrantes del equipo convocado por Robles García, algunos incluso procedentes de universidades del extranjero como las de Florencia, Colorado o Harvard, cuya labor se realiza básicamente en tres vertientes, la documentación de las pinturas rupestres presentes a lo largo y ancho de la cueva, así como el diseño de medidas para su conservación; las excavaciones propiamente arqueológicas para determinar para qué se usaba la cueva y a través cuánto tiempo; y, en tercer lugar, y no menos importante, el trabajo con la comunidad, para sensibilizar y capacitar sobre la importancia de salvaguardar el sitio para las futuras generaciones, expone la especialista.

A pesar de que la cueva se encuentra a una caminata de 50 minutos  a un kilómetro de distancia  del poblado de Santiago Dominguillo, con menos de 200 habitantes, en el municipio de Cuicatlán, puerta de entrada a la región de La Cañada, “hasta hace unas décadas la población no conocía la cueva, no sabían que tenían esta joya”, dice la doctora Nelly Robles, “hasta que un custodio del INAH la descubrió”.

“Entonces, un trabajo muy importante que hacemos”, agrega, “a la par de la arqueología y la conservación, es el trabajo con la comunidad. Realizamos talleres y reuniones para sensibilizar acerca de la importancia de su patrimonio, primero para que lo reconozcan y se apropien de él, y luego para que sea la propia comunidad la que vele por su conservación. Yo no concibo un trabajo integral si no es de la mano con las comunidades, y así lo he hecho en todos los proyectos que he dirigido en Oaxaca”, dice la arqueóloga, al encomiar el modelo mexicano que integra trabajo arqueológico, conservación y vínculo comunitario. “Solo así, un sitio puede ser valorado, respetado y conservado”, dijo.

La Cueva de las Manitas, todo un ecosistema

La Cueva de las Manitas, cómo ya se dijo, es un abrigo rocoso que tiene 37 metros de boca, 18 metros de profundidad, y alturas que van de 3.5 a 8 metros, cuya formación tardó millones de años y que fue refugio y zona de descanso temporal de distintos grupos humanos a lo largo de más 5,600 años, por lo menos, de acuerdo con las evidencias arqueológicas registradas por los especialistas.

Robles García refiere que estos grupos, al pasar temporadas en la cueva, dejaron su huella imprimiendo manos en los muros, en positivo y en negativo, “como quien escribe ‘Aquí estuvo Juanito’”. Esas figuras son las que saltan a la vista ante cualquiera que visite la cueva por primera vez. Y aunque algunas huellas pueden parecer colocadas de manera arbitraria y caprichosa, como el pie de un bebé impreso en una roca, la mayoría de ellas acompañan un relato creacional y un testimonio de organización social. “Dejaron un patrón y, con él, un mensaje”, sostuvo.

Aspecto de la boca de la Cueva de las Manitas.foto: Francisco de Anda

Pueden verse por ejemplo representaciones del Sol y la Luna en lo alto de la bóveda circundados de pequeños copos de arcilla que simulan las estrellas; también un “árbol de la vida” formado por una cactácea de cuyos brazos penden pequeños seres humanos; dos serpientes en lucha, un felino en actitud rampante, un “danzante” que se asemeja al líder de la tribu, que desde punto de vista antropológico, es “la representación de un liderazgo temprano”, y todas esas escenas están acompañadas por figuras de manos en movimiento, que al igual que los otros elementos, fueron pintados con pigmentos naturales, refiere la arqueóloga.

Añade que hasta el momento tienen registro de cuatro capas de pintura de diferentes temporalidades y se trabaja en laboratorio para determinar la naturaleza precisa de los pigmentos y su procedencia. Actualmente, uno de los retos es diseñar un plan de conservación integral usando técnicas de última generación como la nanotecnología, encabezado por la especialista Lilia Rivero Weber.

La doctora Robles García afirma que luego de varias temporadas de trabajo al interior de la cueva y en su entorno, con un equipo en el que figuran arqueólogos, antropólogos, restauradores, biólogos, geólogos, fotógrafos, dibujantes, etnobotánicos de distintas instituciones como la UNAM, la ENAH y la Conanp, se han “vuelto documentadores de arte rupestre”. Pero en la cueva no solo hay pinturas primigenias, sino también evidencias de domesticación de plantas que abrieron el camino hacia la sedentarización de los grupos de cazadores recolectores en la región hace varios milenios, entre ellas el maíz.

Vestigios de domesticación del maíz.FOTO NELLY ROBLES

“Naturalmente, la cueva es también refugio de abejas, avispas, murciélagos, zorros, y hasta un jaguar”, dice Nelly Robles, para luego enumerar los hallazgos que han dejado perplejo al equipo y que son vestigios de actividades humanas muy remotas, que constituyeron lo que ella llama “la primera industria de supervivencia” en un medio natural inhóspito caracterizado por la aridez y las altas temperaturas.

Al interior de la cueva se han encontrado restos de maguey; semillas, pedúnculos y cáscaras de calabaza; herramientas de piedra (muy primitivas); vainas de guaje, restos de chile, mazorcas de maíz prehistórico, restos de algodón de pochete, que usaban como almohadillas; cientos de ejemplares de cascabela thevetia o venenillo; hasta fogones y restos de arquitectura temprana.

Otros hallazgos relevantes.FOTO: NELLY ROBLES

“Descubrimos que el maguey lo usaron para elaborar las brochas y los pinceles con los que realizaron las pinturas, pero también encontramos restos masticados y secos, lo que nos hace suponer que lo usaban también como alimento, como fuente de fibra y azúcares, de energía, y las espinas, para coser y para perforarse o sangrarse”.

Estos hallazgos apuntan a la constitución de una dieta y confirman que en un extenso corredor que va desde los Valles Centrales de Oaxaca hasta La Cañada se produjo casi al mismo un proceso de domesticación del maíz en un periodo que abarca 8,000 a 6,000 años antes del presente. “Fue una época muy larga de experimentación”. Refiere.

Usaron el maguey para fabricar brochas.FOTO: NELLY ROBLES

Los retos del estudio y la conservación

La conservación y el estudio de la Cueva de las Manitas enfrentan diversos retos de carácter técnico, ambiental, social y económico:

  • Fragilidad extrema de los materiales: A diferencia de otros sitios donde se trabaja con piedra, en esta cueva se recuperan materiales orgánicos sumamente frágiles que corren el riesgo de perderse o desmoronarse con facilidad. Esto exige un nivel de protección y cuidado muy superior al habitual.
  • Desproporción en los tiempos de procesamiento: Unas pocas horas de recolección de campo producen una enorme cantidad de materiales que requieren un arduo trabajo de procesamiento. Como referencia, la arqueóloga menciona que una sola semana de trabajo arqueológico regular puede traducirse en cinco meses de labor en el laboratorio.
  • Condiciones extremas y riesgos del ecosistema: El trabajo se realiza en condiciones ambientales extremas. Además, la cueva es el refugio de diversas especies que forman parte del ecosistema. El ruido dentro de la cueva puede alterar a la fauna; y poner en riesgo al equipo.
  • Limitaciones presupuestarias y tecnológicas: El proyecto opera con recursos financieros muy limitados y una falta de equipos tecnológicos sofisticados o presupuesto suficiente.
  • Complejidad social y política: Los investigadores deben desarrollar su labor sorteando dinámicas y problemáticas complejas en el plano social y político de la región.

Si deseas conocer más acerca de la domesticación del maíz puede consultar el número regular 199 de la revista Arqueología Mexicana.

Es editor de la sección Arte, Ideas y Gente en El Economista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y maestro en Filosofía Social, por el ITESO. Especialista en periodismo de arte, arqueología, antropología, educación, patrimonio cultural, religiones y responsabilidad social. Colaboró anteriormente en Público-Milenio Jalisco; Radio Universidad de Guadalajara; Noroeste, de Culiacán; y Radio Metrópoli, en Guadalajara.

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