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Arte e Ideas

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Una fiesta para el libro

Este martes, 23 de abril, se conmemora el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor.

En un mundo ideal, tal y como se lo imaginó Jorge Luis Borges, el paraíso sería una biblioteca. Los árboles y las flores puros libros, los animales hablarían sólo palabras y los frutos prohibidos los ejemplares situados en el anaquel más alto o los volúmenes únicos, ejemplares cuya lectura no puede hacerse aprisa, porque cambian la vida rápida e irremediablemente.

Pero tal mundo no existe. Apenas hay un día —justamente mañana— que celebra al libro en todas las latitudes conocidas. Y como cualquier día celebrado en el calendario, habría que hacer una fiesta. No una de sarao, baile y bebida, sino de lectura.

Aunque según las estadísticas todavía hay pocos lectores —sería horrible repetir que los mexicanos ya casi alcanzamos a leer dos libros al año—, sobre escritores, libros y temas hay mucho de qué hablar: las librerías nunca son suficientes y los precios son muy altos pero los libros —todavía creemos— tienen la afortunada necedad de siempre cruzarse en el camino de uno. Son amigos que nunca decepcionan; siempre están disponibles porque nunca están ocupados y pueden llegar a ser gobierno de los hombres y maestros para el porvenir. Pero para conseguir todos sus goces y bendiciones hay que poner manos, ojos y oídos a la obra; decidir entrar a la fiesta; animarse a tomar uno, abrirlo y perseverar, poco a poco, una palabra cada vez, párrafo por párrafo y así con todas las páginas hasta llegar a la palabra Fin (o en su defecto hasta la última de las frases).

Si la empresa le parece ardua, el libro muy ancho y leer ya no le suena a festejo, piense que aunque es cierto que existen enormes libros que requieren toda una vida, también hay otros: siempre se puede leer a Augusto Monterroso, breve y dos veces bueno, la Historia de cronopios y de famas de Julio Cortázar, los cuentos de Jorge Ibargüengoitia, los sonetos de Sor Juana y los relatos de Juan Rulfo. Ya verá como después —si quiere el año entra— podrá decir que ya leyó Rayuela y La divina comedia, no le da nada de miedo leer a Chejov ni a García Márquez, y que, por haber leído sus libros, siente que está llegando al Paraíso.

Pero antes de abordar la celebración de mañana, el Día Mundial del Libro, quizá deberá saber dónde empezó todo. La autoría del festejo tiene varias versiones: la primera, que la idea de dedicar un día al libro fue una propuesta original de la Unión Internacional de Editores de España y que la iniciativa fue presentada a la UNESCO —que tiene la manía de celebrarlo todo—, y que por ello, en 1995, la Conferencia General de este organismo aprobó, por unanimidad, proclamar el 23 de abril como la fecha perfecta. Se acordó, entonces, difundir al libro como un “valioso instrumento de intercambio del saber, una herramienta de apertura hacia uno mismo y los demás, y un arma insuperable para el conocimiento de otros pensamientos”. Y por supuesto que tenían razón.

Otra de las versiones es que, quizá buscando razones para celebrar —o a lo mejor sin siquiera buscarlas— algún observador se dio cuenta que el mismo día del mismo año, el 23 de abril de 1616, murieron los dos más grandes literatos de Occidente: Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Después, se unió a la lista el fallecimiento del Inca Garcilaso de la Vega, la fecha del nacimiento de Vladimir Nabokov, la muerte de Alejo Carpentier en 1980 y la del escritor español Joseph Pla, el 23 de abril del año siguiente. Ya eran demasiadas coincidencias para un mismo día. Y después —porque si de inventar un día mundial se trata todo debe confluir ahí— la UNESCO dio su venia, su bendición oficial y su cooperación para fomentar la lectura, celebrar a libros y escritores y, de paso, proteger la propiedad intelectual por medio del derecho de autor. Fue así como el 23 de abril, además de número, ya tuvo nombre y apellido, y hoy se le nombró como el Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor.

Se trata, en principio y finalmente, de rendir un homenaje universal a los libros y autores en esta fecha, alentando a todos, y en particular a los niños y jóvenes, a descubrir el placer de la lectura y a valorar las irremplazables contribuciones de aquellos que, a través de los libros, han impulsado el progreso social y cultural de la humanidad. Aunque esencialmente el objetivo también es alentar a los autores y artistas a velar por la alfabetización y cuidar que formatos accesibles lleguen a más mujeres y hombres, porque los libros son también herramientas poderosas para erradicar la pobreza y construir la paz.

Escritores, editores, impresores y lectores han ido creciendo juntos, los libros vistiéndose de 1,000 formas y celebrando 1,000 efemérides, junto con mucho placer y también harta controversia. Algunos, incluso, han tomado el hecho de no leer como un manifiesto. Creen que es perder el tiempo. Aburrido. Como un somnífero para combatir el insomnio o un elegante sombrero, que sólo sirve para presumir y calentar la cabeza. Pero reconsidere. Le juro que si usted no pudiera leer, si no supiera, la vida será incómoda y hasta peligrosa. Porque leer es algo así como el barandal en los balcones.

Piense: la lectura es a la inteligencia lo que el ejercicio es al cuerpo, mediante ella nos hacemos contemporáneos de todos los hombres y ciudadanos de todos los países y leer, finalmente, es ir al encuentro de algo que está a punto de ser y aún nadie sabe qué será. Usted, ¿se atreve?

Cada quien piensa en los libros de diferente manera. Para Bioy Casares eran los responsables de su gusto por la vida; para Benjamín Franklin la única riqueza posible; para Emerson, lo que hacía la fortuna de un hombre; para Kafka, el hacha que quiebra el mar helado dentro de nosotros; para Emily Dickinson la mejor nave para viajar lejos, y para los árabes un jardín que se lleva en el bolsillo. Y con ellos todo y nada: pueden ser fuerza, valor, alimento, antorcha del pensamiento, manantial del amor como escribió Rubén Darío, pero también peligrosos, como dijo Mao Tse Tung, porque nos dan consejos que no se atreverían a darnos nuestros amigos y uno solo uno de ellos puede cambiar el destino de un alma.

Aunque no nos alcance la corta vida para todos los libros y lecturas, lector querido, celebre usted desde hoy y luego toda la vida. Ni siquiera se angustie si en este momento no está leyendo nada. Piense —como dijo André Gide— que, al final, libros y personas se encuentran.

@CeKuhne

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