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Un retrato coral de Luis González de Alba

Luis González de Alba (LGdeA) decidió quitarse la vida en su casa, en Guadalajara, no otro día sino el 2 de octubre del 2016.

Luis González de Alba (LGdeA) decidió quitarse la vida en su casa, en Guadalajara, no otro día sino el 2 de octubre del 2016. Sobre la pantalla de la lámpara del buró había dejado una playera que tenía estampadas estas palabras en griego: “No espero nada, no temo nada, soy libre”, un verso de Nikos Kazantzakis que se tornó en su epitafio.

Coordinado por Rogelio Villarreal, Luis González de Alba. Un hombre libre (Ed. Tedium Vitae, 2018) reúne 42 textos-homenaje sobre el líder del movimiento estudiantil de 1968, autor de obras centrales como Los días y los años, activista y protagonista de movimientos gay en México, divulgador científico y crítico furibundo de varios personajes de la izquierda mexicana.

Que el libro sea coral resulta acertado: el propio LGdeA fue, por lo menos, multifacético. De este volumen se pueden destacar varios ejes, pero conviene prestar atención a tres en especial.

Lo primero es 1968. Raúl Trejo Delarbre recuerda que LGdeA, lejos de la versión buenos vs malos, privilegió siempre el matiz: a él, en lo particular, los soldados que lo habían detenido aquella tarde le dieron fruta y le prestaron una cobija; además, sostuvo siempre, no hubo dirigentes estudiantiles desaparecidos esa tarde, sino después; y, lo que es más, dijo que aquel movimiento en su origen no era popular, sino de demandas específicas. “Hemos dejado crecer el mito. Creo que nos gusta”, recuerda que escribió un LGdeA a quien, por precisiones como éstas, alejadas del relato monolítico, se le critica tanto.

Claro que también se menciona el desencuentro LGdeA-Poniatowska: lo que pasó es que, casi 30 años después haber sacado ella La noche de Tlatelolco, él le pidió hacer precisiones en el testimonio que le había dado. La historia, es famosa, terminó en un hondísimo rompimiento. José Woldenberg explica por qué LGdeA solicitó esos cambios: “Se rebeló contra todo tipo de distorsiones, medias verdades, mitificaciones”.

Lo segundo es su acerba crítica a ciertos políticos de izquierda. LGdeA siempre fue de izquierda; pero se distanció de lo que encontraba imperdonable: el advenimiento de tantos priistas al PRD: “PRID”, le decía él.

Por sus impresentables palabras contra los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa (“se niegan a ver las evidencias, porque eso implica volver a la milpa, al trabajo”) se le tachó de derechoso. No lo era. Pero en definitiva tampoco era un defensor de la izquierda mexicana de los últimos lustros.

Lo tercero es su activismo gay. Por un lado, abrió El Taller y El Vaquero: primeros bares exclusivos para hombres gay en la Ciudad de México. Por otro, fue pilar para crear la Fundación Mexicana para la Lucha contra el Sida, AC.

Una sociedad tan conservadora como la mexicana no le perdonó su homosexualidad abierta, gozosa, libre: “Verlo y escucharlo presumir de que sus venidas eran tan abundantes que chorreaban de semen las vestiduras y el parabrisas del coche cuando se la jalaban no era lo que otros esperarían de un célebre y carismático líder del 68”, recuerda Rogelio Villarreal.

En un país acostumbrado a personajes supuestamente monolíticos, dizque sin titubeos, de verdades (y mentiras) de piedra, alguien como LGdeA, gozosamente gay, con claroscuros, alejado de las poses, adicto a la precisión, no tuvo un espacio bien definido.

Jesús Silva-Herzog Márquez sintetiza que en un país “acostumbrado a envolver la mínima discrepancia en algodones, Luis González de Alba llamó pan al pan y caca a la caca”.

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