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Un hombre honrado
En estas fechas mi padre cumple 80 y tantos años; Como muchos otros exiliados, no regresó a España sino a la muerte de Franco, y ello para escupir su tumba.
En estas fechas mi padre cumple 80 y tantos años. No sabemos el día ni la cifra exacta porque mi abuela, que vivió más de 100, primero se quitaba la edad y luego, ya anciana, se la aumentaba. Y porque el acta de nacimiento de papá se perdió en la guerra civil española y después han aparecido varias. Por eso tampoco conocemos bien a bien cuáles son sus nombres. Él creía que se llamaba Juan Antonio Alberto Nicanor. Tras la confusión de documentos eso cambió. En todo caso se firma Antonio Fernández Losada; mi madre lo llama Antonio; la única hermana que le sobrevive, Tono; sus hijas e hijos, papá; los amigos, Güero.
De lo que sí tenemos certeza es que nació en Lobaces, un caserío de Orense, Galicia, que, según investigué, puede deber su nombre a que por allí merodeaba Manuel Blanco Romasanta, hombre-lobo y asesino que fue condenado al garrote vil en 1853, indultado a cadena perpetua por la Reina Isabel II, la de los tristes destinos , y que, a la postre, escapara (el hombre-lobo, no la Reina) de prisión sin dejar rastro.
Más tarde papá vivió en Manzaneda y, mientras mi abuelo se convertía en jefe de un grupo numeroso de carabineros antifranquistas, gran parte de la familia tuvo que huir a un campo de concentración en Francia y, de ahí, a México, en donde por cierto mi padre pensó que los mexicanos eran enanos, pues a los primeros que vio desde el barco fue a un montón de niños con pantalón largo y sombrero, en tanto que en España, en ese entonces, los niños usaban siempre pantalón corto y, si acaso, boina.
De Veracruz se vinieron a la ciudad de México, estudió en los colegios que los propios republicanos españoles erigieron en este país el Madrid, el Vives, el Hispano-mexicano , de joven trabajó en una fábrica de calcetines en la que conoció a mi madre, se casaron y cuentan que su boda duró tres días con sus noches, siendo una gigantesca mancha de mole en el vestido de la novia la única prueba tangible de aquel bacanal.
Mi padre se convirtió en vendedor de medicinas, de esos que van de consultorio en consultorio, de farmacia en farmacia, mientras nacían mis tres hermanas, mi hermano, yo mismo, y siguió vendiendo medicinas (ya como gerente de un laboratorio) hasta el día de su jubilación, trabajo que le sirvió para pagarnos escuelas privadas, estudios universitarios y, en mi caso, donar una colegiatura mensual a la UNAM en mi época de estudiante de Filosofía. También le alcanzaba el salario para la renta del departamento en el que vivíamos, la anualidad del Club Asturiano y ahorrar para la vejez. Y si bien en casa nunca hubo lujos y yo sólo recuerdo un viaje en familia a Acapulco, nunca nos faltó algo verdaderamente importante.
Como muchos otros exiliados no regresó a España sino a la muerte de Franco, y ello para escupir su tumba. Luego, él y mi madre irían de vacaciones varias veces a visitar a mi hermana mayor que radicó algunos años en Madrid y Canarias, pero una vez que ésta volvió a México se acabaron esos viajes, pues, en realidad, supongo que papá se sentía incómodo en ese país que dejó de ser su país y que le trastornó la infancia y la vida.
Si tuviera que definirlo diría que es un hombre honrado, incapaz de robarse un centavo partido a la mitad o de ofrecer un soborno para un beneficio personal; trabajador y de costumbres fijas, quesque liberal pero más estricto que un sargento, de izquierdas, de una sola mujer, que no le importa ganar sino que todos se diviertan, gustador del bien colectivo, del futbol y del dominó; introvertido, bebedor social y amiguero a su manera.
El sábado, por ejemplo, la familia y los amigos celebramos su cumpleaños con una gran paella, empanadas gallegas, tortillas españolas, jamones, vinos y tartas, con un gaitero y un tamborilero, y lo que más me gustó de esa fiesta es que cualquiera, conocido o desconocido, podía llegar a la mesa, comer, beber y bailar con alguna de mis sobrinas una muñeira, y ello por el simple hecho de que todo debe de ser para todos, más si la vida ha sido generosa.
He querido hablar de mi padre porque bien puede ser el arquetipo de muchos exiliados españoles, argentinos y chilenos que, desde su llegada a México hasta la fecha, algunos con sus conocimientos, algunos con su trabajo, han enriquecido y forman parte de lo mejor de este país, y estoy seguro que más de un lector, ya como emigrante, ya como hijo, nieto o bisnieto, se sentirá identificado.