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Arte e Ideas

Lectura 3:00 min

Todo fuera como eso: Lectura de primavera

Ya lo dijo Eliot: abril es cruel. Dolores del Río, Resortes e Isaac Asimov murieron en pleno mes primaveral.

Lo que sea. Abril supone ser soleado, las jacarandas retrasaron su partida y todavía tiñen de azul plúmbago las copas de los árboles. El sol brilla hasta el cansancio.

Todo parece feliz. Como una promesa. Sin embargo, T.S. Eliot tenía razón: abril es el mes más cruel. Mucho sol, muy entusiasmada la primavera, pero en el calendario hay más muertos que vivos. En abril, aunque nació María Félix, también pasó a mejor vida Dolores del Río.

Murieron Blas Galindo, Luis Cabrera, Nicolás Bravo y Resortes. Y luego nos dijeron que habíamos de deshacernos de una hora, adelantar relojes y acostumbrarnos, otra vez, a amanecer de noche.

Nada de exequias, el llanto no hace juego con el clima. Mejor leer un libro de alguno de los ya muertos. Divertido, algo lejano, si es posible. Uno de Isaac Asimov, por ejemplo, que murió en Nueva York a seis días de haber comenzado el mes de abril. Escritor nacionalizado estadounidense de ascendencia judía, nació en 1912 en la entonces República Socialista Soviética de Bielorrusia. Era un genio.

Estudió Bioquímica y después, para salirse un poco del rigor científico -nosotros, iletrados, queremos suponer- decidió dedicarse a escribir. Fue un autor exitoso, excepcionalmente prolífico y sus obras fueron de ciencia ficción, Historia y por supuesto de divulgación científica. Muchos se enamoraron de la ciencia por los libros de Asimov.

En ellos explica complicados conceptos siguiendo una línea histórica, remontándose lo más posible a los tiempos en que la ciencia en cuestión se encontraba en una etapa elemental. Brinda nacionalidad, fechas de nacimiento y muerte de los científicos que menciona, datos curiosos y hasta etimologías de impronunciables palabras técnicas. Todo ello para despertar la curiosidad. Para convertir en suave el arduo camino de la ciencia.

Pero en todos lados se cuecen habas. Cuentan que en 1976, con motivo de la celebración del Bicentenario de la Independencia de Estados Unidos (¡Ajá!: nosotros no somos ni los únicos ni los primeros) Isaac Asimov recibió el encargo de escribir un cuento al respecto. El único requisito era el título: debía llamarse El hombre bicentenario . En el relato contó la historia de Andrew un robot comprado en el año 2005 por una familia común y corriente.

Mientras desarrollaba simultáneamente sus enormes capacidades de robot y sentimientos cuasi humanos, Andrew se iba ganando al lector y a todos los personajes. Una de sus ventajas como robot era la de no envejecer. Por ello el relato transcurría en un periodo de 200 años. El cuento, por supuesto, fue un éxito rotundo. Posteriormente se convertiría en una novela titulada "The Positronic Man" y hasta en una célebre y palomera película protagonizada por Robin Williams.

Todo fuera como eso, piense usted, como seguro lo pensó Asimov. Ante las circunstancias, no hay nada mejor en este abril ensombrecido por el sol que leer un texto que nos recuerde otra vez la postura que siempre ha tenido la humanidad al verse superada por sus propias creaciones.

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