Buscar
Arte e Ideas

Lectura 4:00 min

Salir de la ciudad

Mi neuropsiquiatra me recomienda salir de la ciudad...

Mi neuropsiquiatra me recomienda salir de la ciudad.

Hace calor, mucho calor, y falta oxígeno. Son las 12 y el tráfico del Periférico hace lento mi ahogo.

Debo usar la Supervía Poniente, me digo. Pero no sé si está terminada, ni dónde tomarla ni cuánto cuesta. Tampoco sé si la merezco. ¿Debo pasar por encima de los seres embotellados? ¿Algunos tenemos más prisa que otros?

Acelero hasta alcanzar la velocidad de 20 kilómetros por hora, avanzando atrás de miles de automovilistas que, de seguro, preferirían estar en otra parte.

Algunas horas después, estoy en algo que se supone es una carretera, aunque sea difícil de distinguir, pues la urbanización de la ciudad de México llega casi a los estados con los que colinda.

Gasolineras, restaurantes, Oxxos, centros comerciales, tiendas departamentales…

Una desviación promete una vía corta a mi destino. No sé si soy digno de tomarla. Me sigo por la libre, que es derecho de la humanidad, aunque lleno de peligros.

Vislumbro al fin un poco de bosque, un presagio de campo, lo que se opone a la ciudad. Inserto el MP3 con música de Vivaldi y me dispongo a respirar. Su Doble concierto para oboe y fagot me parece un alarde ontológico casi perfecto.

Lloro, no sé si por la melodía o por las imágenes que se suceden afuera del auto: los últimos 20 kilómetros de carretera son de mallas ciclónicas que mantienen enjaulado lo que queda de bosque, eso que ahora se llama propiedad privada; rejas que no resguardan, sino que prometen futuros desarrollos inmobiliarios de gran magnitud; rejas y un montón de tiendas de conveniencia, así les dicen a los Oxxos, 7Eleven, Exxtra y demás.

Valle de Bravo, mi destino, es un pueblo mágico o de esa manera lo promueven. Así me lo anuncia el empedrado que, de repente, sustituye al pavimento lleno de baches. La moto que me rebasa, rompiendo la barrera del sonido, me impide escuchar la parte final del concierto.

En la frontera entre Santa María Ahuacatlán y Valle de Bravo, junto al legendario ahuehuete que para el insigne Joaquín Arcadio Pagaza era un pino, y frente a la pila seca, allí donde se fundó el pueblo, me encuentro un Subway.

Allí paro el coche, lo apago y detengo el tráfico denso de un poblado otrora sin coches.

¿Para esto salí? Pienso en mi neuropsiquiatra. ¿Para encontrar lo mismo que en cualquier otra parte? ¿Habrá otra posibilidad? ¿Ése es nuestro destino: comer, por ejemplo, lo mismo en todas partes, aunque sea horrible, de mala calidad y caro?

En aras de eso que llaman progreso y que nadie puede definir ni explicar, cuando la descripción precisa está en Puerto Progreso, Yucatán, que cuenta con el muelle más largo del país porque lo construían y construían con la esperanza de alcanzar aguas profundas que nunca llegaron.

Me subo al auto y me voy de Valle de Bravo por el otro lado, por otra de las cuatro carreteras que unen a este pueblo de 50,000 habitantes con Toluca y mi alarma es mayor: una malla ciclónica separa a una gran porción de bosque de la carretera sin respetar siquiera el derecho de vía de los peatones.

El gobierno federal está a punto de liberar varias decenas de millones de pesos para fomentar el turismo en Valle de Bravo. La idea es cambiar los usos de suelo y densificar las zonas boscosas, agrandar la megalópolis y exportar un estilo de vida no propio del lugar y del que no les preguntaron a los vallesanos si les gustaba.

El expresidente Zedillo tachó de retrógradas a los que se oponían a la globalización y, tal vez, tenía razón. Hasta ahora lo único que se ha globalizado con éxito es la estupidez.

CODA

Hoy a las 5 de la tarde, en la Librería Rosario Castellanos, presento el cuentario Matrioska, de la escritora argentina Gilda Manso, publicado por Educación y Cultura.

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí

Últimas noticias

Noticias Recomendadas