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Arte e Ideas

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Rojo, el teatro como mercancía

Rojo aborda al polémico pintor Mark Rothko en un lapso de su vida que va de 1958 a 1960 y que el escritor John Logan ubica como totalidad extensiva de este drama.

Han bastado pocos elementos para publicitar una obra de teatro que ha sido multipremiada en Londres y en Estados Unidos. En la cabeza del cartel, la palabra rojo escrita con letras negras sobre una textura roja que sugiere un lienzo; abajo, los rostros de los actores: Alfonso Dosal y Víctor Trujillo. No hace falta más. La obra ha tenido buena acogida por el público que quiere ver al payaso convertido en el gran actor que parece ser.

Rojo aborda al polémico pintor Mark Rothko en un lapso de su vida que va de 1958 a 1960 y que el escritor John Logan ubica como totalidad extensiva de este drama.

Era un reto conseguir a un actor que diera el ancho para interpretar a un individuo atormentado, un actor que fuera capaz de sorprender en su interpretación; sin embargo, las razones mercantiles y no tanto el arte fueron las que privaron en la elección del protagonista, lo cual, bien entendido, es una contradicción porque esta obra es un hueco, una ironía, ya que en el fondo una de las vetas severas del texto critica el momento en que los valores mercantilistas secuestraron al arte en tanto oficio y producto.

Si bien la anécdota de la obra plantea el momento en el cual Rothko es comisionado para pintar una serie de murales para el lujoso restaurante Four Seasons de Nueva York, comisión que lo haría millonario. Si bien finalmente el pintor rechazó el proyecto, dándole así una victoria, quizás más bien una última oportunidad al arte, a pesar de todo eso, la propuesta de fondo de este montaje no transmite, ni en el diálogo con el público ni en la manera de promoverse, las propuestas de fondo del texto: la no evolución del arte, las dinámicas entre discípulos y maestros, los valores estéticos y relacionales de un mundo que terminó, y la dialéctica de lo inteligible. Este último, quizá, sí tiene resonancia en la publicidad: el rojo es negro. Ahora bien, mientras el público acuda con los ojos y oídos bien abiertos podrá discernir lo fundamental de esta obra teatral de gran propuesta ética y estética. Una pieza que invita a la revaloración de las tradiciones no para copiarlas, sino para problematizarlas sin caer en el vano olvido o el vituperio encendido con el que los hijos suelen rechazar o renegar de sus padres.

Ahora bien, al mencionar el aspecto publicitario lo que intentamos hacer es torcerle un tanto el cuello al símbolo de fondo de esta propuesta: el imperio del color y su identificación misma como una sustancia abstracta. ¿Qué es el rojo?, se pregunta el personaje central. Porque los colores son como la vida misma: encuadran y detallan, pero son también signos de la subjetividad más palpitante. No creemos que el diseño publicitario es malo. Al contrario, nos parece bastante sobrio. Pero es también tomar la trampa que propone el texto para ponérsela al itinerario mercantilizado de esta obra.

Porque si identifica los nodos en los cuales el arte cambió su significación social y su relación con el consumidor, convirtiéndose en un objeto masivo, este montaje representa los mismos disvalores que critica la obra en sus contenidos. De tal manera que no se necesitó más que el rostro de Trujillo para vender. No hubo mayor imaginación ni abstracción porque ésa hoy ya no importa.

El texto de Logan es de una sutilidad tal que hace pasar liebre por gato.

aflores@eleconomista.com.mx

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