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Norah Jones: perdiendo la virginidad
Desde su debut con Come Away with Me, Norah se ganó a la crítica y al público. Sí, indudablemente es capaz de hace giras mundiales y llena recintos lo mismo en Dallas que en Tokio y este viernes se presentará en el Auditorio Nacional.
Un calificativo que no le queda a Norah Jones: poderosa. La hija del mítico maestro de la cítara Ravi Shankar (tan legendario que el jazzista Jonh Coltrane, él mismo un icono musical, le puso Ravi a su hijo) no heredó de su padre la virtud de ser una fuerza de la naturaleza.
Sí, ha vendido millones de discos. Sí, desde su debut con Come Away with Me, Norah se ganó a la crítica y al público. Sí, indudablemente es capaz de hace giras mundiales y llena recintos lo mismo en Dallas que en Tokio.
Pero durante los primeros años de su trayectoria, la Jones se distinguió por crear música que, si se me permite la comparación, es el equivalente jazzero del Martini de manzana: dulce, artificial, satisfactoria y nada más. Música para oír en el elevador sin sentir que uno está oyendo música de elevador. Un remedo de sofisticación.
Parece que la estoy tundiendo. Todo lo contrario: la gracia del jazz suave y popero de la joven Norah Jones era precisamente ésa, ser suave y pop, sin otro objetivo que reflejar los prístinos sentimientos de una muchachita que, muy hija de una celebridad y muy nacida en Nueva York, pero criada en un pueblito suburbano de Texas donde era el clarinete de la banda de su prepa y cantaba en la iglesia. Tan lejos de la fama como podría estarlo la hija de un cartero.
Cierto, a veces a la niña le daba por entrarle a las canciones de Hank Williams y de Willie Nelson (algo así como que Belinda cantara unas de Cuco Sánchez). La cosa es que repasando su primeros discos uno siente que está oyendo un relajante, e inofensivo, chorrito de agua.
Sin embargo, entre tanta dulzura, el arroyito Jones escondía algunos remolinos. Por ejemplo, la seducción tortuosa con la que interpreta Ive Got to See Yo Again , canción de su primer disco que narra la historia de amor mudo que un parroquiano profesa por una stripper. Algo se anunciaba por ahí. Quizá si alguien le daba unos whiskys y la hacía sufrir un poquito
Y así fue. Después de una fea ruptura amorosa con su bajista y novio de toda la vida, Lee Alexander, a Norah Jones le dio por cambiar, por ser menos dulce y perfecta. Hace un año sorprendió al mundo lanzando The Fall, un disco potentísimo con una producción más completa, un sonido que se mueve más hacia el rock que hacia el jazz y una aspereza que no tenía ninguno de sus discos previos. Hay guitarras nada tímidas y una batería que no teme volverse protagónica. Hay letras duras y sinceras. Hay, ahora sí, poder.
Pero lo más notorio es el cambio en su voz. Ya no es un alegre susurro, sino un quebranto emocional. Las claves para entender su caída están en frases como: Youve ruined me now/ Though I liked it, Im ruined now . En otra perla declara: Si pudiera tocarme a solas como tú me tocas, entonces no te necesitaría . No hay más remedio que creerle: hay dolor auténtico ahí. La niña se hizo adulta.
Por eso no hay mejor momento para ver a Norah Jones en vivo que este viernes en el Auditorio Nacional, cuando viene a interpretar The Fall delante de una audiencia ansiosa de verla sangrar por primera vez.
Auditorio Nacional
Reforma y Campo Marte, Bosque de Chapultepec.
Viernes 5 de noviembre, 8:30 de la noche.
Boletos: $250-$900