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Arte e Ideas

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Marcapasos: La conspiración de Benjamín Argumedo

¿Qué significa entonces que el pasado 15 de septiembre alguien haya tenido la ocurrencia de inmortalizar en una estatua de 20 metros de altura a Benjamín Argumedo, el León de la Laguna?

Los mexicanos somos optimistas. Por eso preferimos pensar en teorías conspiratorias por encima de cualquier explicación sencilla, carente de tramas sofisticadas y que le otorgue a los conspiradores una inteligencia de ajedrecista ruso capaz de mover los hilos del destino nacional.

No creemos que nuestros ancestros -llámense mayas, teotihuacanos o mexicas- fueran capaces de levantar pirámides sin la ayuda de extraterrestres; que Paz haya ganado el Nobel al margen del cabildeo de Salinas que, sobra decirlo, aún es el mayor conspirador vivo del país; por eso tampoco creemos en el asesino solitario de Colosio; en el Cardenal Posadas muerto por encontrarse a la hora y en el sitio equivocados; en el suicidio de la luchadora social Digna Ochoa; en la fuga del Chapo sin la bendición de la pareja presidencial; en la falla técnica del avión de Mouriño; en la epidemia AH1N1 o en la Miss Universo 2010, galardonada con tal título no por su belleza y talento, sino por un arreglo entre Trump y los hacedores de las fiestas bicentenarias.

Pero, ¿a qué se debe esta febril imaginación del mexicano que hace del escepticismo una montaña de afirmaciones inciertas? A que la historia de México está llena de traiciones que, si bien son el origen de cualquier conspiración, no son una conspiración en sí. Pues cuando conspiramos, y el ejemplo de adelantar el inicio de la Independencia de 1810 es elocuente, no faltan los traidores que, salidos del interior del movimiento, nos denuncian.

¿Por qué, por ejemplo, los pueblos ribereños del otrora lago de Texcoco les permitieron a los mexicas asentarse en un islote que no era más que una nopalera agreste? Para que las serpientes mataran a esa tribu nómada, guerrera, idólatra, sanguinaria y caníbal -sí, nuestros ancestros. Sin embargo, los mexicas se alimentaron de dichos ofidios y sus venenos para convertirse en hombres-águila, cuyas miradas lograrían someter al mundo entonces conocido y no sólo a los traidores que les ofrecieron lo que, a la postre, se convertiría en la gran Tenochtitlan.

¿Por qué la Malinche traicionó a su pueblo convirtiéndose en intérprete y amante de Cortés? Porque antes su padre, cacique mexica de la región que hoy se conoce como Coatzacoalcos -otrora territorio olmeca- la regaló a un cacique maya, que a su vez la regaló a Cortés, que a su vez -luego de servirse de sus conocimientos y hacerle un hijo- la casó con uno de sus hombres.

¿Qué es lo que piensa un mexicano medianamente ilustrado acerca de Moctezuma II, de los conquistadores, de la inquisición novohispana, de Agustín de Iturbide, Santa Anna, de los conservadores que impusieron a Maximiliano, de Porfirio Díaz, Manuel Gómez, Victoriano Huerta, Maximino Ávila Camacho (hermano incómodo de Manuel), Alemán, Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo, de los Salinas, Zedillo y de la peor de todas, y por mucho, la señora Sahagún? ¿Cómo no pensar en traiciones a la patria? ¿Cómo no pensar en teorías de la conspiración?

¿Qué significa entonces que el pasado 15 de septiembre alguien haya tenido la ocurrencia de inmortalizar en una estatua de veinte metros de altura a Benjamín Argumedo, el León de la Laguna, un asesino de lesa humanidad al ordenar en 1911 la masacre de 300 chinos en el norte del país, enemigo de Villa, Zapata y Madero, y que reconoció como legítimo el golpe de Estado de Victoriano Huerta? ¿Traición a los festejos? ¿Conspiración contra o de Calderón? ¿O simple ignorancia y estupidez?

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