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Magia a la luz de la Luna explora un sueño infantil
El mago engaña. En su escenario es como un sacerdote que sabe que Dios ha muerto.
Woody Allen siempre quiso ser mago. O no, me corrijo: de niño Woody Allen quiso ser mago. Ensayaba decenas de trucos y llegó incluso a presentarse en centros vacacionales de adolescentes, esos centros vacacionales de Nueva York llenos de viejitos judíos que seguramente veían al jovencito Woody con la misma condescendencia con la que veían a sus nietos. Dice Alan Lomax, el biógrafo oficial de Allen, que Woody no era nada malo, que de hecho consideró con seriedad dedicarse a la magia profesionalmente.
Que alguien tan neurótico como Woody Allen se dedicara a un pasatiempo tan inocente como la magia no deja de ser irónico y también adorable... pero la ironía se pierde, se matiza (¿una ironía matizada?) si examinamos de cerca la labor de un mago. El mago engaña, el mago sabe que lo que hace es un mero truco, ilusión óptica. Los hechizos se quedan en la audiencia, el mago en su escenario es como un sacerdote que sabe que Dios ha muerto.
Magia a la luz de la Luna, la más reciente película de Allen, es una obra muy personal, aunque no lo parezca. Con el cine de Woody pasa que hay grandes óperas, piezas de autor, y otras que son pura diversión, Woody en el recreo.
Magia a la luz de la Luna parecería de las segundas, una especie de alivio cómico después de la intensidad emotiva de Jazmín azul (que sería una de esas piezas de autor ; además de mago, Woody siempre quiso ser escritor de piezas dramáticas súper serias). Pero en realidad es una exploración muy íntima de ese viejo sueño infantil y de la ironía de que el mago es el más escéptico.
Stanley (Colin Firth) es mago. Se presenta vestido de chino en centros nocturnos de esos magníficos que había en los años 20. La mitad del tiempo está haciendo trucos, la otra mitad está desenmascarando videntes y otros fraudes esotéricos. Stanley es el tipo de persona que no sabe a quién despreciar más: los autores de fraudes sobrenaturales o la gente ingenua que les cree. No es un tipo fácil, ese Stanley. De niño veía las estrellas y se sentía intimidado por el inmenso vacío en el que existe la raza humana. Más allá de la muerte no hay nada, la magia no existe, la estrellas son bolas de gas quemándose que estallaron hace miles de años.
¿Saben quién ve las estrellas y ve romance? Sophie (Emma Stone). Sophie sí es magia, es capaz de ver más allá de lo evidente y puede hablar con los espíritus. Un amigo pide la ayuda de Stanley para desenmascarar a Sophie, que se ha vuelto íntima de una familia millonaria. El asunto es que los trucos de Sophie no parecen tales: o es una mentirosa de leyenda o, simplemente, tiene poderes que demuestran que, quizá, el vacío existencial no es tal, que quizá sí hay algo más allá en lo trascendente.
Cuando él y Sophie se conocen, la alarma de farsantes de Stanley enloquece. Pero, ay, cada vez lo sorprende más descubriendo detalles secretos de su vida. ¿Será que el acre mago Stanley está empezando a creer?
¿Será que vale la pena creer en la magia, en el amor, aun cuando sepamos que es todo un truco? Dentro de Magia a la luz de la Luna hay esa gran pregunta. Debemos aceptar la incertidumbre de nuestra condición y encontrarle la gracia al chiste.
Aunque Magia a la luz de la Luna no sea la mejor cinta de Woody Allen sí es una de las más bonitas. Tan bonita como ver a un niño descubrir la lluvia o como saber de un cínico que se enamora sin remedio y se llena de esperanza. Eso es pura magia.