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Arte e Ideas

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La razón de un nuevo siglo

A comienzos del siglo XX, los cronistas se volvieron cada vez más críticos. Todo era vanguardia, todo era progreso.

Un buen día los poetas mexicanos ya no murieron de amor. Ya no perdieron la vida por los ideales políticos o la falta de higiene. Solamente el tedio, el ocio y la melancolía abrevaban en los canales abiertos del desahogo literario. Ya estaban hartos de París y no querían volver. Ni para celebrar las exequias de lo perdido en el exilio. Comenzaba el siglo XX

Pero los cronistas se volvieron cada vez más críticos. Todo era vanguardia, todo era progreso. Victoriano ?Salado Álvarez escribe en la prensa un ensayo titulado Papel de la poesía en el período industrial, donde parece vaticinar la aparición de los estridentistas que habrían de celebrar junto al intocable mole de guajolote, la invención de las máquinas, y dice que la escritura que se desprende de tal estado de las cosas está regida por ellas y hay que acostumbrarse. Un poco chocado por la fría velocidad no considera que la poesía esté reñida con recorrer 4,000 millas en tres días, que basten 50 centavos para adquirir una fotografía o que se elaboren 10,000 camisas en el tiempo en que antes se confeccionaba solamente una.

Para Luis G. Urbina, el cinematógrafo, de reciente aparición, es el triunfo de la escritura modernista sobre la crónica nacionalista. Para Ángel de Campo la mágica reproducción del cine es perfecto pretexto para comparar, por ejemplo, las ciudades que aparecen en la pantalla con la propia ciudad de México. (Y no siempre salimos ganando).

En su crónica, Va a comenzar la tanda , publicada en El Imparcial en 1906, Urbina escribe un diálogo imaginario entre espectadores saliendo de del cine:

¡Allá los porteros barren con cepillo! Y no como usted, con el cuerpo, como cuando la arrastra su marido. ¡Recorcho Timoteo! ¿Ya vio con qué prontitud cogieron al ratero? ¡Válgame si en el extranjis respetan a los gendarmes! A la primera guantada dobló el ratero. Y no se ve ni a un briago tirado en la calle. No se suben los burros a la banqueta. No juegan al arma blanca frente a las cantinas. Y los trenes no arrancan hasta que las señoras se suben. Y ni un sólo carretón con barricas. Ni perros sueltos metiendo zancadillas. ¿Cuándo habrá en México un cochero como ese, gordo y con pelerina como las catrinas? .

Estaban los reclamones, los enojados, los dulces y los amargos, Pero habían llegado otros. Una minoría selecta, ávida de salud intelectual, con ganas de romper todo lo vetusto, lo que se oyera positivista o lanzara el tufo rancio de las viejas teorías científicas y no fuera estudiante de la Escuela Nacional Preparatoria. Aquel grupo de jóvenes no estaba para eso. En los corredores de su escuela discutían a Schöpenhauer y sus ironías se referían a los estudios de metafísica comentados por Kant; leían en voz alta las críticas inteligentísimas de Taine; las historias de Menéndez Pelayo, el Oscar Wilde de las Intentions y el De Profundis. Aturdían y alegraban sus orejas de filisteos científicos con Nietzsche, porque era otro rebelde que había extraído voces elocuentes del alma griega en su libro Origen de la tragedia y porque se daban cuenta que Zarathustra les planteaba un problema estético importantísimo y todavía virgen de la significación de la música. Y aquello los ponía risueños y felices. La Crítica de la razón pura podía convertirse en el libro del día cualquier día de la semana y poco a poco disminuía la lectura de nuestros episodios nacionales y aumentaban los lectores de Eucken, Boutroux, Bergson, Poincaré, William James y Wundt.

Quedaba ya claro que si aquellos jóvenes tenían algún problema era el hambre de conocimiento. Todavía más claro que eran un grupo o mejor dicho, un cenáculo que debía tener un nombre que los distinguiera y éste tenía que ser clásico. Y porque muy bien dijeron Platón y Aristóteles: El ignorante afirma y el sabio reflexiona y duda , decidieron llamarse El Ateneo de la Juventud.

Y la cosa iba en serio del todo kantiana, ordenada y cartesiana. Su fundación oficial fue el 28 de octubre de 1909 y el proyecto de estatutos fue redactado por Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña, Jesús Acevedo y José Vasconcelos. Se estipuló que el objeto de la asociación sería trabajar en pro de la cultura intelectual y artística de México, celebrando reuniones públicas con lectura a trabajos literarios, científicos o filosóficos y organizando discusiones sobre temas escogidos de interés. Los socios serían fundadores, concurrentes, correspondientes y honorarios. La duración de la sociedad sería indefinida, y no podría disolverse sino por acuerdo de la mayoría.

El Ateneo llegó a contar con más de 60 miembros, destacando el grupo de los cuatro fundadores Vasconcelos, Caso, Henríquez Ureña y Reyes. Pero muchos otros músicos, filósofos, artistas y escritores, forjadores de la literatura mexicana del siglo XX hubo en sus filas. Así los enumeró y catalogó Vasconcelos: Julio Torri, humorista hondo y un extraño vidente ; Enrique González Martínez, filósofo que sabe concordar la idea con la música y el metro ; Martín Luis Guzmán, espíritu claro y vigoroso que pronto habrá de definirse con inconfundible relieve , Diego Rivera, que ha dejado de pintar a la manera clásica en la que ya era maestro, por amor de modernos sentidos esotéricos de la figura y el volumen ; Roberto Montenegro, que desarrolla en sus cuadros la incitación de la lujuria femenina, en medio de misterios y sombras que apaciguan la sensualidad ; Manuel Ponce, que compone una música que tiende a formar una escuela mexicana ; Julián Carrillo, que se prepara a continuar la obra educadora del insigne maestro Meneses ; Isidro Fabela, sentido cuentista narrador de costumbres y amores campestres y Mariano Silva y Aceves, el latinista, que por culto a la perfección apenas osa escribir . Y la lista era todavía más grande.

El Ateneo de la Juventud cambió de nombre al Ateneo de México porque ya no eran jóvenes, ¡tenían 23 años! , llegó a decir Vasconcelos. Después del derrumbe de la dictadura porfirista, el grupo se incorporó al régimen de Madero y muchos de sus integrantes perseveraron en su arte. Su disolución llegó en 1914. Pero ya se veían en ellos a los investigadores, los narradores, los cronistas y a los poetas del mañana que vendrían.

Sobre ellos dijo Alfonso Reyes: Habían aprendido ya las dos superiores leyes del oficio: conocer todos los libros, probar todas las emociones.

Hoy los días son negros. No importa: a su tiempo lucirá el sol, y al amanecer del día siguiente hallaréis que los panales estaban rebosantes de miel, porque las abejas habían trabajado toda la noche .

Él mismo y los ateneístas fueron origen y desarrollo no sólo de toda la cultura mexicana del siglo pasado, también protagonistas de todas las rupturas y forjadores de otras tradiciones. Años después, Reyes resumiría con un pensamiento ateneísta el carácter y devenir de México:

Pueblo joven en su formación definitiva, la dimensión del dolor nos otorgó algo como una cuarta dimensión en la experiencia y en la conducta. Pueblo viejo en sus vetustas e insondables tradiciones étnicas, el mestizaje hizo entre nosotros la función de una juventud reverdecida, así como el habernos acercado sólo, desde hace pocos siglos, al banquete de la civilización occidental.

Por supuesto y como siempre, ?Alfonso Reyes tenía toda la razón.

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