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La historia de una mujer en llamas
La película de Pablo Larraín, que estrena este viernes en salas, muestra una visión liberadora de las nuevas generaciones, dijo la actriz Mariana di Girolamo.
Mariana di Girolamo, actriz. Foto: Cortesía
Los detonadores de vida de Ema difícilmente compaginan con aquellos que se cruzan en su vida. Sin embargo, su capacidad hipnótica es aún más poderosa e inevitable para aquellos en los que pone la mirada, con quienes decide conversar, porque no hay cruces sobre los que no tenga control. Tal parece que hay algo en ella que todos hubieran querido ser. Tanto la aman como le temen.
Su motricidad es la materia prima de esta bailarina de danza contemporánea residente de Valparaíso, Chile. Gastón, su esposo 20 años mayor, es un reconocido coreógrafo, director de la compañía para la que ella baila. A ambos los unió una vida dedicada a lo corpóreo y sus libertades, pero ahora los separa una afronta: el deseo frustrado de formar una familia.
Polo, un niño que habían adoptado a pesar de todas las trabas del sistema de adopción, les fue arrebatado tras un percance incendiario. Ese fracaso se vuelve la causa del impasse entre Ema y Gastón y el inicio del periplo interno de Ema para paliar su deseo de maternidad. Pero no está sola. Sus compañeras de baile, aquellas que comparten el cuerpo con Ema en el escenario, en lo colectivo y en la intimidad, le ayudarán a trazar esta historia de sorpresas que no cesan hasta el último instante.
Se trata de la más reciente película del aclamado cineasta chileno Pablo Larraín, protagonizada por la actriz chilena Mariana de Girolamo (Ema) y el mexicano Gael García Bernal (Gastón), quien se ha convertido en el fetiche del realizador.
Mariana di Girolamo estuvo en la Ciudad de México en vísperas del estreno de la cinta y conversó con El Economista sobre los desafíos de encarnar a Ema y los planteamientos de la cinta dirigida y coescrita por Larraín.
“La construcción interna de Ema, cómo se relaciona con el mundo, con Valparaíso, con el resto de los personajes, fue algo que trabajamos en el rodaje, en el presente. Fue un trabajo de no mucho pero muy efectivo diálogo con el director. Pablo es más bien silencioso, que da pocas directrices pero muy acertadas que te permiten encontrar el camino”, compartió Di Girolamo.
A veces limítrofe, ígnea y desestigmatizada, en ocasiones reblandecida, dulce y castigada por aquellos que prefieren abstraerse de sus efervescencias, Ema es la personificación de alguien a quien todos hemos admirado, quizás amado, envidiado y condenado por temor. Sin embargo, el personaje es muy distinto a la personalidad de la actriz que lo encarna. Esos cruces no hicieron más que enriquecer el filme.
“Trabajé su fuego interno, también su templanza, su fuerza, su seducción. Entendí el poder hipnótico que tiene el personaje, cómo el resto de los personajes van cayendo embobados ante esta mujer en llamas. Pero hay varias cosas que todavía no sé de ella. Nunca pretendí entenderla, Pablo tampoco; pretendimos aprender de ella, observarla, a Ema y a su generación. Yo fui educada a la manera católica, tengo todavía arraigados los miedos y las culpas. Y a Ema la amo y le temo también”, reconoció.
Definió a Ema como un enigma, una serpiente, un personaje que encarna la quema de lo viejo para dar paso a las nuevas maneras de pensamiento, de las relaciones humanas, de los vínculos afectivos, de la sexualidad.
“Una se pregunta cómo una mujer como Ema quiere ser madre. Podemos ver en estas generaciones que la maternidad no es una opción. Ella ve la maternidad de una manera tan liberadora porque quizás es una rebelde, y ser madre hoy en día es el acto más rebelde que una puede hacer como mujer”, reflexionó Mariana di Girolamo.
ricardo.quiroga@eleconomista.mx
kg