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“La cultura no está en las prioridades del Presidente”, dice Francisco Martín Moreno
En su libro Ladrón de esperanzas, dice Francisco Martín Moreno, todos los personajes están basados en las figuras políticas que protagonizaron la transición gubernamental
Foto EE: Daniel Sánchez
“La cultura no está en las prioridades del Presidente”, reflexiona el escritor y periodista Francisco Martín Moreno a propósito de la publicación de su nuevo libro Ladrón de esperanzas, la primera entrega de una trilogía de novela política, un paralelismo ficcionado, profundamente crítico, con el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador.
Agrega que “la cultura es tan importante que la comparo con las raíces de un árbol: tiene que bajar profundamente en el suelo para que se construya una cultura muy arraigada, muy sólida. Pero si no es así y las raíces no son profundas, el árbol se cae en el primer ventarrón”.
En Ladrón de esperanzas, dice, todos los personajes están basados en las figuras políticas que protagonizaron la transición gubernamental, pero decidió cambiar los nombres para hacer posible el desarrollo de su ficción. Sin embargo, cada uno es cabalmente identificable.
Los ciudadanos, hartos de la ineptitud, la corrupción y la impunidad de los políticos mexicanos, han elegido al candidato Antonio M. Lugo Olea (AMLO), seducidos por sus compromisos adquiridos en campaña para acabar con la pobreza, la marginación y la injusticia. Ahora son testigos de un periodo de transición presidencial bastante largo, cinco meses en los que el presidente todavía en turno, Ernesto Pasos Narro (EPN), parece ausente, mientras que el electo ya tiene tomado el sartén por el mango.
“¿Qué suerte correrán los mexicanos que creyeron con fe ciega en la magia mística de sus palabras?”, cuestiona el libro en su contraportada.
Ficción en tiempo real
“Ladrón de esperanzas es una novela redactada en tiempo real, en tiempo presente”, explica el autor de 25 libros y cinco veces ganador del Premio Nacional de Periodismo. “Pero lo más atractivo fue hacer una novela periodística y recurrir por primera vez en mi carrera como escritor al periodismo de ficción”.
Uno de los momentos clave de la novela, apunta, es cuando ambos gobiernos, entrante y saliente, deciden hacer un pacto de impunidad. EPN se compromete a dejarle el camino limpio para la Presidencia a cambio de la promesa de que no lo encarcelará ni a él, ni a los secretarios de Estado, ni a los gobernantes del partido en el poder.
En otro momento de la novela, Martín Moreno relata cuando un personaje se cuela a la habitación de EPN, en Los Pinos, y lo amedrenta, porque, explica, “le hace las preguntas que todos hubiéramos querido hacerle a Peña Nieto: le pregunta si no le da pena haber robado tanto dinero en un país donde 50 millones de mexicanos están sepultados en la pobreza”. Sin embargo, relata el autor, EPN “le hace ver que nadie en México tiene calidad moral para reclamar porque es una sociedad podrida”.
Al autor le interesaba poner a dialogar a la mayor cantidad de voces posible y no solo las de los políticos involucrados —como el secretario de Gobernación, Antonio Villagaray— sino a “los chairos” y a “los fifís”, pero también a personajes que son el contrapeso del gobierno de AMLO, como un periodista llamado Martinillo, quien hace crítica de la cancelación de la construcción de un nuevo aeropuerto para la ciudad, denuncia que se hayan diferido las rondas petroleras y no se queda callado acerca de la cuestionable construcción de una refinería en Dos Bocas.
Sin embargo, asegura el escritor, “no quise que mi novela fuera una crítica para AMLO”. Explica que más bien le interesaba mostrar a la sociedad mexicana como testigo en primera fila de los primeros días de estos nuevos modos de gobernar, los errores y las ineficacias del nuevo gobierno; un tema en el que, adelanta, se ampliará en la segunda entrega que llevará por título “La felicidad de la inconsciencia”.
Generar un contrapeso
Fuera de la ficción y de vuelta en la vida pública, el autor opina que es esencial la generación de un contrapeso social y mediático ante un aparato estatal que tiene el dominio de las cámaras y “trata de apoderarse del Poder Judicial”. Hace hincapié en la importancia de las redes sociales para este cometido.
“El que no da su opinión en las redes sociales o en la prensa, perdió el derecho a quejarse sobre lo que pueda pasar en nuestro país. La sociedad mexicana está ávida de explicaciones. El presidente ejerce el monopolio mediático de este país. Fija la agenda en la mañana y el resto del día son los medios que tienen que trabajar en relación con lo dicho en la mañana. Pero también tiene el monopolio electrónico, el de las redes sociales. Nosotros (la sociedad) deberíamos crear una respuesta intensa, válida, sólida, eficiente, y no lo hemos hecho”, reflexiona.
ricardo.quiroga@eleconomista.mx