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Arte e Ideas

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Gustavo Marcovich, premio nacional ?de novela breve

Sólo en 2013, este autor de arranque tardío ha ganado tres certámenes literarios.

De niños, a finales de la década de los 70, Gustavo Marcovich y yo hicimos un viaje a Cuetzalan con 500 pesos entre ambos, una lata de atún y dos bolillos.

En el autobús México-Puebla no nos podíamos comer el atún porque no llevábamos abrelatas. Intentamos abrirla con la barra en la que se descansan los pies, pero sólo logramos que los demás pasajeros se rieran. Gustavo le pidió entonces al chofer su navaja.

Todos los conductores cargan una Victorinox dijo.

Luego colocó la lata en medio del pasillo y, de certera cuchillada, abrió una ranura de la que saltó un chorro de aceite sobre tres filas de viajeros que dejaron de reír, por lo que devolvió la navaja y guardamos silencio hasta llegar a la central camionera.

Una vez en Puebla nos metimos en una cantina para comer unas cemitas. Aquí, un borracho se subió a nuestra mesa a cantar y, dada su gracia, huimos en un camión guajolotero que se detenía en cada pueblo para subir a decenas de personas con sus marranitos, gallinas, perros, costales de maíz, frijol, etcétera, en un traslado de varias horas.

Llegamos a Cuetzalan de noche y nos recibió el presidente municipal que, tras darnos la bienvenida, nos quiso meter en la cárcel, pues según nos explicaron llevaba ebrio varios días. Lo abandonamos hablando solo, yo me encontré a una amiga y, mientras entablábamos un encuentro de tercer tipo en su hotel, Gustavo se fue a buscar otras fiestas.

A medianoche lo encontré bebiendo en la plaza con un grupo de cuetzalenses y, al acabarse el mezcal, uno que se dijo chilango y reportero del Unomásuno comentó que él sabía en donde conseguir más alcohol.

Caminamos, pues, a una pulquería cerrada. El periodista tocó la puerta de madera varias veces. Cuando por fin le contestaron, suplicó:

Doña Chonita, soy Emiliano, véndame dos litritos del que tenga.

Ante la negativa de la doña, el reportero insistía:

Ándele, no sea malita, le prometo que sólo yo entro, le pago y, ahora sí, la dejamos descansar.

Pero en el momento en que se abrió la puerta, de entre la tierra se levantaron alrededor de diez zombis empulcados que, más la comitiva de Emiliano, en cuestión de segundos llenaron la pulquería, y doña Chonita no los pudo echar sino a las tres o cuatro de la madrugada.

De allí, dado que Gustavo y yo no teníamos hospedaje, Emiliano nos invitó a dormir a su habitación de hotel. Sin embargo, no recordaba el número de cuarto y empezó a gritar:

¡Maribel, Maribel, ábreme!

Una mano salió de entre las sombras, jaló al reportero, lo metió a una habitación y no supimos más de él. Decidimos dormir en la plaza y, cuando el frío calaba, en el kiosco. Al despertar, nos bañamos en el río, desayunamos los panes, tomamos el sol para recalentar nuestros cuerpos ateridos, nos regalaron café en grano y naranjas, y conseguí que los papás de mi amiga nos dieran un aventón a México.

El caso es que ese viaje al parecer absurdo, que inició cuando Gustavo y yo teníamos 13 años, se ha prolongado hasta la fecha en algo parecido a los capítulos de The Twilight Zone (La dimensión desconocida), tanto que Marcovich se volvió escritor, tardío, pero escritor de un humor sutil y ácido, y sólo en 2013 ha ganado tres certámenes literarios, el más reciente el Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo, con Responsables en este momento, de la que Susana Pagano, parte del jurado, dice: Demuestra una gran variedad de recursos narrativos (…); sin moralismos y con ironía, la obra arroja una crítica acérrima a los aparatos de seguridad mexicanos .

marcial@ficticia.com

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