Lectura 7:00 min
Federico Gamboa y las letras del Porfiriato
A finales del siglo XIX, los inventos aparecían con una rapidez tal que la asimilación ?no podía ser inmediata.
Desde finales del siglo XIX, México?tenía un anhelo: llegar a la centuria siguiente. La Duquesa de Job, de ?Gutiérrez Nájera, como si en su caminar fuera arrastrando tras de sí las loas, leyendas y poemas para los héroes que habían restaurado la República, llegaba a una encrucijada: la del progreso y el orden, contra el tedio del exceso y el hastío. Los inventos aparecían con una rapidez tal que la asimilación no podía ser inmediata, y periodistas y escritores usaban su capacidad visionaria para dibujar, a golpes de palabra, una sociedad ideal para el futuro. Los inventores eran los héroes de la modernidad. Y los llamados modernistas publicaban sus mejores obras y editaban sus más célebres revistas y la estética y la poética comenzaban a desvanecerse lentamente.
En 1894, a solamente seis años del final anunciado y el futuro prometido, aparece publicada en el libro En Turanía, una declaración de principios del cuentista Ciro B. Ceballos que habría de ser como un manifiesto para los escritores: Emancípese de la dictadura literaria de Ignacio Altamirano, prescinda definitivamente de esa automacia relegando al olvido el decálogo poco conceptuoso de ese grande hombre, de ese ilustre optimista que como todos sus coevos en su patriótico anhelo de crear una literatura nacional, alentó indebidamente, estableciendo un precedente inmoral, las ambiciones de muchos malos aficionados a las letras que hubieran alcanzado celebridad vendiendo alhajuelas de dublé o muñecas de porcelana que escalando con aparatos ortopédicos las alturas del monte Himneto .
Una época terminaba con ese párrafo. A cambio de tal nacionalismo, Ceballos ofrecía el decadentismo, la exaltación del bohemio, la glorificación del exceso. Pasó seis meses en la cárcel de Belem y desde ahí se dedicó a atacar al porfirismo a los poderes gubernativos en que privan los soldadones, los ambiciosos advenedizos y los cómitres de la política de la especulación fiduciaria que debido a su estultez supina han obstruccionado el desarrollo entero del país . El infierno carcelario pues, había dado origen al insulto preciso y a la literaria administración de la ponzoña. Pero el panorama muy pronto iba a cambiar: la otra dictadura terminaría más pronto que tarde y más trágicamente de lo que se esperaba. Por ello los escritores y los temas que vendrían nunca volverían a ser iguales.
Tal fue el caso de Federico Gamboa, diplomático y escritor más y mejor conocido por el éxito cinematográfico de su novela Santa que por cualquiera de sus otros textos. Nacido el 22 de diciembre de 1864 en la ciudad de México fue un hombre que buscó hacer de esa época de bonanza el fin y el medio de su vida. Creía que ser un escritor en el porfiriato era algo más que una casualidad: era inevitablemente su sino; una sonrisa de la fortuna que lo llevaría, no sólo a diferentes países sino también a lograr un éxito rotundo en el mundo de las letras. Como muchos de sus contemporáneos primero se inscribió en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, sin saber que muy pronto le cambiaría la suerte. En su libro Impresiones y recuerdos, Gamboa cuenta:
De mala gana y sin ningún aliciente, me preparaba yo para el examen de cuarto año de derecho, al que había yo llegado gracias al deseo de mi padre de verme con alguna carrera; pero con los descalabros en las calificaciones anuales, no me seducía calcularme de notario o abogado y de ahí mi escaso empeño en obtenerlo. Y me preparaba sin ningún aliciente porque había yo quedado huérfano y ya no tenía que obedecer ni a quién dar gusto, podía yo seguir mis impulsos propios, tan malos y tan románticos como los de cualquier muchacho de mi edad. La escuela y mi humilde empleo se disputaban mi tiempo y destruían, cada cual a su manera, mis ideas sobre el mundo y sus pobladores. (...)Tímidos instintos literarios asomaban en mi interior y me alegraban el pecho; me veía periodista, novelista, autor dramático, historiador, poeta, sabio y seguía con envidioso mirar a los literatos en ejercicio. En este estado de ánimo Alfredo Volante, que por entonces escribía de vez en cuando en El Diario del Hogar, me trastornó con sus proposiciones:
-¿Quieres ganarte unos cuantos pesos?
- Eso no se pregunta. ¿Cómo y dónde?
- Traduciendo del inglés para ?El Diario del Hogar, ¿te conviene?.
¡Yo en un periódico! Con tal de formar parte de una redacción constituida, no digo traducciones de artículos serios, habría aceptado traducir avisos.
Y fue así como el joven Federico se dirigió a la imprenta situada en la calle de Betlemitas y San Andrés. Un lugar emblemático, no sólo en el desarrollo de sus tímidos instintos literarios sino también en la historia del periodismo mexicano. Después de hacer unas cuantas traducciones, don Filomeno Mata, dueño del negocio y periodista consumado de instintos poderosos le ofreció la corrección de El Foro, periódico de legislación y jurisprudencia. Todo resultó tan bien que Gamboa, al cabo de un tiempo, tuvo su propia columna que tituló Desde mi mesa, en el Diario del Hogar, firmada con el seudónimo de La Corcadiere, y mucho tiempo libre para convertir sus borradores en tres novelas y una obra de teatro y para decidirse a probar suerte en el servicio exterior mexicano. Tan bien le fue en los exámenes correspondientes y en su desempeño diplomático que ya para octubre de 1888 era Segundo Secretario y muy pronto Jefe de la sección de Cancillería en la Secretaría de Relaciones Exteriores en 1896. Hacia el final del gobierno de Porfirio Díaz fue encargado de despacho de la Secretaría de Relaciones Exteriores o y uno de los organizadores de los festejos del centenario de la Independencia de México en 1910. Fue nombrado todavía por Díaz, Ministro plenipotenciario de México en Bélgica y los Países Bajos pero su carrera en la diplomacia terminaría al aceptar el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores que le ofreció Victoriano Huerta. A los 44 días de su encargo y después de haber escrito que el gobierno de Madero no pido haber sido peor pero la traición que lo echó abajo incalificable y negra decide lanzarse como candidato a la presidencia por el Partido Católico Nacional el 26 de octubre de 1913. Los vencedores en esos comicios fueron Victoriano Huerta y Aureliano Blanquet. Gamboa, señalado como un escritor de novelas inmorales y enemigo jurado tanto de los huertistas como de los maderistas y, en consecuencia, también desdeñado por los gobiernos que vendrían después. Su novela Santa descrita en palabras del narrado como la historia vulgar de las muchachas pobres que nacen en el campo y que en el campo se crían en el aire libre, entre brisas y flores; ignorantes, castas y fuertes; al cuidado de la tierra, y con ilusiones tan puras, dentro de sus duros pechos de zagala, como las violetas que, a escondidas, crecen a orillas del río ...hasta que aparece un chulo que la arranca la inocencia, fue publicada en 1903 y vendió más de 60 mil ejemplares.
Gamboa, enfermo y retirado, murió en 1939, con una magra pensión por sus 25 años de diplomático. Naturalista me quedo o realista o lo que sea, escribió en sus últimos años respondiendo a una crítica. Pero soy hombre de letras, más que nada. Esa es mi profesión y mi mejor oficio .